JOSÉ LUIS MUÑOZ
Versión remasterizada la que nos ofrece la plataforma Filmin del documental de Claude Lanzmann Shoa, sin lugar a dudas el testimonio clave del horror del nazismo que convirtió Europa en una gigantesca fosa común, casi diez horas de grabaciones y entrevistas que nos adentran en el mal absoluto que azotó el viejo continente en el pasado siglo y que, por desgracia, puede repetirse en el presente por una humanidad aquejada de desmemoria que se resiste a sacar lecciones de su historia y se obceca en repetirla.
Al contrario de otros documentales sobre ese acontecimiento atroz, Shoa no se sirve de las imágenes horrorosas de archivo de los campos de la muerte del nazismo, no hay planos de montañas de cadáveres, ni hay seres famélicos deambulando ante la cámara como muertos en vida, sino que se centra en la oralidad de sus protagonistas a los que entrevista hasta que el dolor al revivir de nuevo el pasado les bloquea a muchos de ellos: el peluquero que cortaba los cabellos a las mujeres antes de conducirlas a la cámara de gas cuando reconoce entre las víctimas a amigas de su infancia, entre otros muchos dolorosos testimonios que recoge el film.
Claude Lanzmann y su equipo viajan a una Polonia paupérrima bajo el sistema comunista (carros tirados por caballos percherones, viviendas miserables, campesinos famélicos) para hablar también con testigos presenciales de esas carnicerías que tenían lugar en los alrededores de Auschwitz, y a la Checoslovaquia de Treblinka, nombres que ya quedan indisolublemente ligados al horror del Holocausto; busca a los pocos supervivientes de los sonderkomandos, los judíos que los nazis dejaban con vida para realizar los trabajos sucios de los campos de exterminio (limpieza de las cámaras de gas, enterramiento de cadáveres, cremación) en Estados Unidos, Suiza, Israel o Polonia, y consigue los testimonios estremecedores del horror que vivieron: muchas veces las víctimas eran arrojadas vivas a los hornos crematorios.
También Lanzmann y su equipo entrevistan a algunos de los verdugos que a toda costa tratan de librarse de su responsabilidad como cooperantes en esa barbarie y se justifican ante el realizador con el mantra de la obediencia debida, aquellos que salieron indemnes de los juicios de Nuremberg que los debieran haber condenado. Algunos de esos testimonios fueron grabados con cámara oculta y, en casi todos, sale a relucir con cierto orgullo la espantosa eficacia y la rigurosa planificación de un estado que cometió el mayor asesinato masivo de la historia con una frialdad espantosa. Se exhiben documentos oficiales en los que se habla siempre con eufemismos y se elude hablar de seres humanos asesinados que son convertidos en piezas a tratar a los que se les aplica un tratamiento especial: el exterminio. Hay estadísticas de esa infame actividad criminal, ratios de eficacia empresarial, burocracia que encubre toda esa actividad homicida, críticas por asumir más piezas de las que se pueden tratar a algunos de los jefes de los campos de la muerte, o por los primeros enterramientos masivos en fosas que luego hubieron de ser desenterrados para quemar los cadáveres en los hornos porque la tierra, literalmente, levitaba por la fuerza de los gases generados por la descomposición de miles de cuerpos humanos. El nazismo fue la más espantosa de las distopias posibles y los crímenes se cometieron con la colaboración de cientos de miles de personas que dejaron a un lado su humanidad para ser cómplices del asesinato masivo.
El film de Claude Lanzmann sigue, de forma obsesiva, el trazado de las vías de esos trenes de la muerte, sus itinerarios, sus horarios, las estaciones por las que pasan; hay primeros planos de esos viejos trenes a vapor, las bielas en movimiento, el traqueteo de sus ruedas que rechinan sobre las desgastadas vías, los vagones de mercancías en los que los judíos viajaban hacinados como bestias y aún se utilizaban se convierten en imágenes siniestras. Las agencias de viajes planificaban al mismo tiempo itinerarios turísticos y los viajes de la muerte que el Reich pagaba con los bienes confiscados a los judíos que sufragaban, sin ellos saberlo, su exterminio. La cámara del cineasta francés se centra en el rostro desolado del conductor de uno de esos convoyes que iba y venía de ciudades europeas y entraba en el complejo de Auschwitz Birkenau con su cargamento humano, pero también en la indiferencia cómplice de los campesinos polacos y checos que convivían al lado de esos establecimientos del horror y terminaban acostumbrándose al ruido de los disparos, a los alaridos de horror de las víctimas, al hedor insoportable de los cientos de miles de cuerpos quemados y que testificaban que el asesinato sistemático de millones de seres humanos era de sobra conocido, incluso por los aliados que no hicieron nada por impedirlo: hubiera bastado bombardear toda la estructura ferroviaria que iba a los campos de exterminio para salvar cientos de miles de vidas humanas. Esos campesinos polacos y checos, ciertamente despiadados, eran los que a los que se dirigían al matadero los alertaban con el significativo gesto del índice rebanando el cuello para anunciarles la muerte segura que los esperaba al final del viaje.
Shoa es un alegato contra el mayor crimen cometido en la historia de la humanidad, contra los verdugos directos, los que colaboraron desde puestos burocráticos y se escudaron en la obediencia debida, los testigos presenciales que normalizaron ese horror y hasta lo justificaron con sus sentimientos antisemitas. Los judíos eran ricos. No me gustaban los judíos. Las judías sí me gustaban, porque eran guapas. Los indiferentes incapaces de ponerse en el lugar de las víctimas: Si mi vecino se corta un dedo, yo no siento su dolor, llega a decir un campesino polaco al que entrevista el documental para justificar su indiferencia ante el horror que veía a diario. Hay quienes, simplemente, se lamentaban de que aquello, el exterminio de semejantes, no se produjera de una forma más discreta porque los gritos de espanto que les llegaban a los oídos les molestaban. Cerrar los ojos, volver la cara ante la barbarie.
En el árido documental que es Shoa, sin música de fondo, en donde a veces oímos al silencio que grita, la cámara se fija en un rostro a punto de descomponerse por el dolor insoportable y lo que cuenta, cuando se recupera, nos hace visualizar secuencias de horror absoluto. El realizador, convertido en entrevistador, presiona para que el entrevistado dé testimonio de lo que hubo de vivir porque Shoa es mucho más que una película, es un documento notarial histórico de la barbarie. El film de Leinzmann, un riguroso trabajo de documentación en el que empleó once años, debería pasarse en las escuelas para abrir debates sobre lo que es capaz de hacer el ser humano cuando los valores morales se desmoronan y la empatía, esa que Elon Musk aborrece, desaparece. Los asesinos en serie del nazismo, los que no fueron ahorcados por haber colaborado en esos horrendos crímenes, esos pocos verdugos a los que, con cámara oculta, el equipo de rodaje consigue entrevistar, no son individuos marginales, no son delincuentes profesionales, no tienen un aspecto que amedrente, sino que son personas como nosotros con los que nos iríamos a tomar un café y eso resulta todavía más perturbador. Shoa no solo documenta el horror del Holocausto, sino que se convierte en un alegato demoledor y descarnado de la humanidad que lo consintió de la misma forma que ha consentido el genocidio de Gaza en directo. Gaza, precisamente, es la respuesta a la pregunta de Auschwitz.
El nunca más, ese grito que estalló al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se ha olvidado por completo y por eso resulta tan necesaria la visión de la película de Claude Lanzmann, por su rabiosa actualidad en un mundo que está a un paso de caer en el mismo horror del pasado.

