Cosechadora universal
John Darnielle
Traducción de Javier Calvo
Aristas Martínez
Badajoz, 2026
314 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Uno aprende a guardar imágenes de seres queridos para sentir el testimonio de que estuvieron ahí, para asegurarse de que fueron importantes y con la esperanza de que ocupen el hueco que dejaron al marcharse. Pero esto puede llegar al paroxismo cuando lo que hacemos es buscar a seres queridos, porque un día desaparecieron sin abandonar este mundo. Dado que tampoco sabemos los motivos de su desaparición, la herida no parece que vaya a resultar fácil de cerrar. Pero puede motivar lo bastante como para emprender una búsqueda que tiene mucho de narración, de construcción de un relato que, como en este caso, tiene lugar en tres diferentes décadas. La narradora tendrá una motivación suprema para elaborar esta obra, que aparenta estar narrada desde la omnisciencia pero que, nos hace sospechar de vez en cuando, es una novela construida por alguien que está investigando. Esta estrategia le da mucha verosimilitud a la ficción, a la que cabe añadir la aportación de los picos de intriga, bien dosificados, y la relación de vidas cotidianas, o casi cotidianas, que ocupan buena parte del espacio sin que el interés de la lectura decaiga.
La primera parte nos llevará al tiempo en que alquilábamos películas VHS en los videoclubes y a un lugar donde la gente siente afición por la pesca. Estamos a finales de los noventa en una localidad de seis mil habitantes, un poco apartada de las leyes que rigen en Chicago o Baltimore. Y el protagonista de estas páginas tiene veintidós años, una edad en la que hay que arrojarse al vacío de hacerse mayor, y vive con su padre tras la desaparición de su madre, años atrás. Este muchacho emprende una investigación sin medios, entre los vecinos, cuando descubre que algunas de las cintas están adulteradas por trozos de vídeos domésticos grabados sobre la película original.
En la segunda parte seguimos a una pareja con una hija, que tienen una vida de presupuesto ajustado. Sentimos ciertos problemas de comunicación entre ellos, entre los tres miembros de la familia. Pero ella, la madre, comienza a asistir a oficios religiosos como medio de compensar la crisis que le embriaga. Esto ocurre años antes de la historia que aparece en la parte anterior. En la tercera, se plantea un relato coral, en el que varias personas normales dan la sensación de tener vidas normales, en un tiempo más contemporáneo al de la escritura de la novela. Una familia encontrara videocasetes con grabaciones antiguas, grabaciones de la calle, de algo que aparentemente no es nada. ¿Cómo dar coherencia narrativa a todo esto? Joh Darnielle (Bloomington, Indiana, 1967) posee mucho talento, es un buen narrador, como ya había demostrado en La casa del diablo, y se vale de esa facilidad para no enunciar frases vacías, estructurando la novela en capítulos más bien cortos. Pero a medida que uno va adentrándose en la lectura, irá descubriendo el valor que cobra un personaje secundario, que se construye en hilo que cose la narración. No queremos desvelar nada más sobre este personaje. La sensación que transmite Darnielle es que su preocupación es describir, a través de unas situaciones extrañamente especiales y con su dosis de angustia, cómo es la vida en un lugar aislado, a pesar de las carreteras. Hay algo que permanece a lo largo de las décadas, y ese algo, esa definición de cotidiano, es lo que le preocupa, porque considera que es lo que talla a los personajes y, posiblemente, a las personas que habiten en tantos territorios americanos que se asemejen a esta localidad. Cosechadora universal es una novela que no decepciona, como no decepcionan las personas que quieren ajustar cuentas sin molestar a nadie. Un libro que merece la pena leer.


