Por Marina Tapia.
Frente al sonido persistente de la lluvia, frente a la manifestación de los elementos en la ventana una se pregunta: dentro de este engranaje amplio y maravilloso ¿quién soy?, ¿lato en consonancia con mi naturaleza?, ¿vibro acorde a lo que guardo en mi interior?, ¿tengo siempre presente que pertenezco a un todo? Y es gustoso buscar estas respuestas dialogando secretamente con Mary Oliver, llegar a nuestro propio camino de su mano, seguirla imaginariamente en sus incursiones al bosque, estar atenta a la mirada de esta gran autora, de esta persona que fue fiel a su empuje sustancial. A través de tres de sus libros que han venido acompañándome en este periodo, Horas de invierno, La escritura indómita, y Vita Longa, voy aprendiendo otra manera de mirar el entorno.
Ser un eslabón de una cadena, ser parte de algo más extenso en vez de ejecutoras siempre: al hombre y a la mujer nos viene bien no ser el centro, nos viene bien sentirnos colectividad. Mary nos recuerda: «Ningún poema trata sobre uno −o algunos− de nosotros, sino sobre todos nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie».
Esta lluvia copiosa que no deja de caer en Granada, pone el foco en las imponentes fuerzas primordiales de nuestro planeta, abre un espacio de reflexión, crea recintos nuevos en los que afirmar con Oliver: «En las vastas esferas de lo eterno, todo lo material y lo temporal languidecerá, incluida la presencia del ser humano. En este universo se nos conceden dos regalos, la capacidad de amar y la capacidad de hacer preguntas, que son, a un tiempo, las llamas que nos calientan y las llamas que nos abrasan». Y al recitar estas frases soy parte, con ella y con todas las que me acompañan, de un sonido arcano, de una música antigua pero nueva, de un olor a tiempo, de la plasticidad de los elementos que hilvanan −a la vez− el pensamiento y el agua que percibimos. Cuando se sale del habitáculo íntimo, y se amplía la visión hacia otras esferas, la contemplación suele brindarnos respuestas.
La lluvia en los secanos es una bendición, tiene aura de milagro y de necesidad. Callo para unirme a los conciertos de las nubes, acompaso mi escucha a la maravilla de un solo sonido repetido (ploc ploc) una y mil veces sobre la tierra. Agua con fuerza de expresión. Agua meditabunda, agua-diana disparando con su arco sobre nuestros sentidos y, también, a esa región interna. Escribo junto a Mary Oliver, mi latir se une al suyo celebrando los elementos indomables:
«Camino y percibo. Soy sensual para ser espiritual. Lo evalúo todo sin diseccionar nada», «el ser humano que no conoce la naturaleza, que no camina bajo las hojas como bajo su propio techo, es parcial y está herido», «bajo los árboles, por las pálidas laderas de arena, camino en un vínculo creciente con el éxtasis, que celebro con palabras. Veo y amo con locura lo manifiesto».
Martillemos con ella, a un mismo compás, el clavo en la madera para la construcción de la casa del lenguaje (ella vivió la experiencia de construir enteramente una casa con sus manos, ella indagó en los propósitos de la poesía). Aprendamos de su impulso. Salgamos cada día a recorrer el mundo del que somos parte, dispuestas a dejarnos deslumbrar por lo pequeño y escondido, aquello que guarda señales y sutiles mensajes, contemplemos el salto de una rana, el sonido particular de un ave, las estrellas al aire libre; y repensemos la escritura, liberémosla del dictado del yo:
«En el acto de escribir el poema soy obediente y sumisa. En la medida de lo posible, dejo de lado el ego y la vanidad, incluso la intención. Escucho. Lo que oigo es casi una voz, casi un idioma. Es un segundo océano, alzándose, cantándole al oído, o muy dentro del oído, susurrando en esos recovecos en los que no eres tanto tú misma como parte de una única comunidad indivisible». «Escribir poesía −para mí, al menos− es una manera de dedicar alabanzas al mundo. Plantéatelos así, como pequeños aleluyas». «De esto no cabe duda: el trabajo creativo exige una lealtad tan absoluta como la lealtad del agua a la fuerza de la gravedad».
Y así como el agua desemboca en los ríos y en los lagos, y se une a otros flujos distantes, así, las que la leemos, sacamos fuerzas para vivir siguiendo nuestra propia corriente. En todos sus escritos buscaremos la médula, el órgano que late, el cartílago y la sustancia, lo esencial de cada componente de los seres del mundo. Ella, mujer asilvestrada, mujer con disciplina en la escritura, entregada a sus ideales, amante del silencio: «A lo extraordinario le gustan los espacios abiertos. Le gusta una mente concentrada. Le gusta la soledad», ella dejará huellas imborrables.
Toda escritora necesita maestras, modelos, guías y pilares. Durante muchos años nos han faltado referentes, tuvimos que levantar nuestra genealogía, y ni la historia ni el canon literario quisieron incluirlas. Hoy celebramos encontrarnos con su legado.
Leer a Mary Oliver es volver a la tierra en busca de nosotras.
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Marina Tapia (Valparaíso, Chile. 1975). Es poeta, artista plástica y divulgadora cultural. Desde el año 2000 reside en España y desde 2013 en Granada. Ha publicado los libros 50 Mujeres desnudas (Amargord), El relámpago en la habitación (Nazarí), Marjales de interior (Aguaclara), Jardín imposible (Ayto. de Baena), El deleite (Ayto. Vélez Málaga), Corteza (El Envés), Un kilim de palabras (El sastre de Apollinaire), Bosque y silencio (Ayto. Aguilar de Campoo), Islario (Amargord) y Piedra que mengua (Ayto. de Lodosa). Ha coordinado El pájaro azul. Homenaje a Rubén Darío (Artificios).

