Horacio Otheguy Riveira.

Una corriente alterna de tragicomedia y sátira. Prodigioso Dostoievski que atraviesa las angustias amorosas personales a lomos de la voluptuosa atracción por el juego, consolida una novela de ritmo fascinante con momentos magistrales de humor y desazón, desnudando variopintas situaciones con la búsqueda febril de dinero, de allí la atemporalidad de su planteamiento y su estilo, en el marco común de los grandes novelistas del siglo XIX.

Su voz, con rasgos tan definidos en El jugador como en su brioso repertorio de obras maestras (Crimen y castigo, El idiota, Humillados y ofendidos o la última, Los hermanos Karamázov), circula aquí en una primera persona de irresistible compulsión en la búsqueda del amor de una joven veleidosa entre gente variopinta, todos atrapados por la necesidad de encontrar salida a su calamitosa necesidad. Todos menos un francés y un inglés adinerados, vistos por Dostoievski desde la buhardilla de un ruso lleno de prejuicios.

Divertida y mordaz, exhibe un marco en el que la fascinación por el ganar y perder aspirando a ganar nunca pierde garra dramática entre ironías, sofocos y un hermoso pie descalzo que se besa: aletazo erótico en toda una trama cargada de dolor, rabia y sensualidad.

 

El traductor de la versión de Alianza Editorial escribe un prólogo muy interesante:

A fines de agosto de 1863, Fiódor Dostoyevski, en viaje por la Europa Occidental, se detuvo cuatro días en Wiesbaden con objeto de probar fortuna en la ruleta. Ganó al principio unos 10.000 francos y, según confesión propia, hubiera debido contentarse con esa ganancia y alejarse cuanto antes de la ciudad. Pero una tentación irresistible le arrastró de nuevo al casino y a la pérdida de la mitad de lo ganado el día anterior. Así empezó la pasión por el juego que había de atormentarle el resto de su vida.

Ese mismo verano Dostoyevski hubo de habérselas con otra pasión, de índole diferente, pero igualmente torturante: la que sintió por Apolinaria (Polina) Prokófievna Súslova, su compañera de viaje en tal ocasión. Fue una excursión de dos meses, jalonada por arrebatos de sensualidad, fases de hastío, humillaciones, reproches, rupturas y reconciliaciones.

A decir verdad, resulta difícil deslindar lo que hubo de amor y odio en ambas pasiones. Dostoyevski habla indistintamente de la «poesía del juego» y el «infierno de la ruleta», y, a juzgar por testimonio escrito de ambas partes, la pareja protagonizó alternativamente la poesía y el infierno del amor. La pasión amorosa y la pasión por el juego se dan en forma complementaria en Dostoyevski durante ese verano. Cuando una flaquea, se robustece la otra. Diríase que lo que el escritor persigue es ante todo el escalofrío del riesgo, la angustia aneja a jugarse el todo por el todo en el tapete verde o en el corazón de una mujer.

Tres años después de su viaje con Polina Súslova, y como eco de la honda huella que dejó en su espíritu, Dostoyevski dictaba en algo menos de un mes la novela que aquí se ofrece al lector. La taquígrafa, Anna Grigórievna Snítkina, joven de veinte años, fue, pues, la primera en oír de labios del propio escritor la historia –sin duda metamorfoseada, pero auténtica en lo sustancial– de sus borrascosos amores con Polina. Y ello no deja de tener interés, ya que breves meses después Anna había de convertirse en la segunda esposa del novelista.

La novela tiene no sólo una base autobiográfica, confesional, sino también un propósito terapéutico. El novelista quiere purgar, poniéndolos de manifiesto, los humores nocivos que en su organismo había engendrado el devaneo con Polina. Palpitante todavía estaba el recuerdo de una aventura que, lejos de refinarle y ennoblecerle, le había envilecido. Y viva, como llaga enconada, seguía la memoria de la degradación aneja a su pasión por el juego». Juan López-Morillas.

El jugador (De las notas de un joven)

«[…] El francés empezó a hablar larga y rápidamente. El general quiso apoyarle, pero yo le aconsejé que leyera, por ejemplo, ciertos trozos de las Notas del general Perovski, que estuvo prisionero de los franceses en 1812. Finalmente, Maria Filíppovna habló de algo para dar otro rumbo a la conversación. El general estaba muy descontento conmigo, porque el francés y yo casi habíamos empezado a gritar. Pero a míster Astley, por lo visto, le agradó mucho mi disputa con el francés. Se levantó de la mesa y me invitó a tomar con él un vaso de vino. A la caída de la tarde, como era menester, logré hablar con Polina Aleksándrovna un cuarto de hora. Nuestra conversación tuvo lugar durante el paseo. Todos fuimos al parque del Casino. Polina se sentó en un banco frente a la fuente y dejó a Nádienka que jugara con otros niños sin alejarse mucho. Yo también solté a Misha junto a la fuente y por fin quedamos solos.

Para empezar tratamos, por supuesto, de negocios. Polina, sin más, se encolerizó cuando le entregué sólo setecientos gulden. Había estado segura de que, empeñando sus brillantes, le habría traído de París por lo menos dos mil, si no más.

–Necesito dinero –dijo–, y tengo que agenciármelo sea como sea. De lo contrario estoy perdida.

Yo empecé a preguntarle qué había sucedido durante mi ausencia.

–Nada de particular, salvo dos noticias que llegaron de Petersburgo: primero, que la abuela estaba muy mal, y dos días después que, por lo visto, estaba agonizando. Esta noticia es de Timoféi Petróvich –agregó Polina–, que es hombre de crédito. Estamos esperando la última noticia, la definitiva.

–¿Así es que aquí todos están a la expectativa? –pregunté.

–Por supuesto, todos y todo; desde hace medio año no se espera más que esto.

–¿Usted también? –inquirí.

–¡Pero si yo no tengo ningún parentesco con ella! Yo soy sólo hijastra del general. Ahora bien, sé que seguramente me recordará en su testamento.

–Tengo la impresión de que heredará usted mucho –dije con énfasis.

–Sí, me tenía afecto. ¿Pero por qué tiene usted esa impresión?

–Dígame –respondí yo con una pregunta–, ¿no está nuestro marqués iniciado en todos los secretos de la familia?

–¿Y a usted qué le va en ello? –preguntó Polina mirándome seca y severamente.

–¡Anda, porque si no me equivoco, el general ya ha conseguido que le preste dinero!

–Sus sospechas están bien fundadas.

–¡Claro! ¿Le daría dinero si no supiera lo de la abuela? ¿Notó usted a la mesa que mencionó a la abuela tres veces y la llamó «la abuelita», la baboulinka? ¡Qué relaciones tan íntimas y amistosas!

–Sí, tiene usted razón. Tan pronto como sepa que en el testamento se me deja algo, pide mi mano. ¿No es esto lo que quería usted saber?

–¿Sólo que pide su mano? Yo creía que ya la había pedido hacía tiempo

–¡Usted sabe muy bien que no! –dijo Polina, irritada–. ¿Dónde conoció usted a ese inglés? –añadió tras un minuto de silencio.

–Ya sabía yo que me preguntaría usted por él.

Le relaté mis encuentros anteriores con míster Astley durante el viaje.

–Es hombre tímido y enamoradizo y, por supuesto, ya está enamorado de usted.

–Sí, está enamorado de mí –repuso Polina.

–Y, claro, es diez veces más rico que el francés. ¿Pero es que el francés tiene de veras algo? ¿No es eso motivo de duda?

–No, no lo es. Tiene un château o algo por el estilo. Ayer, sin ir más lejos, me hablaba el general de ello, y muy positivamente. Bueno, ¿qué? ¿Está usted satisfecho?

–Yo que usted me casaría sin más con el inglés.

–¿Por qué? –preguntó Polina.

–El francés es mejor mozo, pero es un granuja, y el inglés, además de ser honrado, es diez veces más rico –dije con brusquedad.

–Sí, pero el francés es marqués y más listo –respondió ella con la mayor tranquilidad.

–¿De veras?

–Como lo oye.

A Polina le desagradaban mucho mis preguntas, y eché de ver que quería enfurecerme con el tono y la brutalidad de sus respuestas. Así se lo dije al momento.

–De veras que me divierte verle tan rabioso. Tiene que pagarme de algún modo el que le permita hacer preguntas y conjeturas parecidas.

–Es que yo, en efecto, me considero con derecho a hacer a usted toda clase de preguntas –respondí con calma–, precisamente porque estoy dispuesto a pagar por ellas lo que se pida, y porque estimo que mi vida no vale un comino ahora.

Polina rompió a reír. […]».