Koljós

Emmanuel Carrère

Traducción de Juan de Sola

Anagrama

Barcelona, 2025

449 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Pasamos por esta vida siendo muchas cosas, pero lo que es común, tal vez lo único que es común, es que todos somos hijos. Es posible que gracias a ello estemos sobreviviendo al colapso al que asistimos. Si nos centráramos en ser padres, en que mucha gente es padre o madre, no sería soportable vivir con la conciencia del mundo que se destruye. Otro factor común es la sensación de que el tiempo es el lugar donde la luz se ha tejido y destejido a lo largo de nuestra vida, lo cual supone que pensamos y sentimos a partir del pasado, de la memoria, donde las cosas no estuvieron tan mal, algo que recobramos con especial interés a medida que se acerca el otoño de la edad. Ahí es donde se ve Emanuel Carrère (París, 1957) que ya es consciente de que muchos trenes partieron hace tiempo hacia su destino y la vida le ha dejado, como a todos, heridas en la memoria amarilla. La más importante, la vida que compartió su madre con él, una persona que ya no está y a la que le debe un rescate, un homenaje en el que duda sobre la calidad de la discreción con que debe estar escrito. En cualquier caso, Carrère no puede dejar de ser fiel a sí mismo, a su estilo y a sus estrategias, ni siquiera cuando la época de los sentimientos es más intensa. Koljós está escrita con su energía, que es la que necesita para hacer algo de justicia a título póstumo.

Como en su obra anterior, nos encontraremos con algo de biografía, algo de historia, algo de periodismo, apuntes entrelazados que atienden a los detalles, pero que todos unidos nos hablan de algo general, de la imposibilidad de separarnos de los demás y de lo que sucede en nuestro tiempo. Descubrimos la gente excepcional que ha ido rodeando los días de su madre o los propios, o de la que ha tenido noticia y quiere representar como tal. Lo que cobra valor es su mirada, la construcción que hace a partir de lo que recibe, esa impresión que uno tiene al leerle de estar leyendo lo que le ha construido a él literariamente. Su intención es la de poner orden en el caos, porque la memoria puede ser mucho caos dado que todo está almacenado en el mismo estrato. A la hora de reflejarlo por escrito, es obligatorio ir tomando partido, dar prioridad a lo que sea en cada momento, porque no es posible hilar de otra manera este amontonamiento que son los sucesos y las angustias, esa sensación que uno tiene durante los viajes a la memoria en la que todo está sucediendo al mismo tiempo.

Estamos en un mundo en el que la clase social condiciona, en el que la madre de Carrère llegará a ser una intelectual bien considerada, una autoridad francesa en un asunto que será tan valioso para explicar el planeta como es la historia de Rusia. Pero previamente ha estado presente en las épocas duras, en esas en las que el adjetivo convulso es un eufemismo. Pero los retratos de estos periodos están construidos tras darse cuenta de qué es lo que le ha afectado a la gente y, sobre todo, en qué puede haber afectado a la piedad filial, que es la obsesión de Carrère que flota a lo largo de toda la obra, al margen de lo que esté hablando, incluso cuando termina centrándose en la guerra de Ucrania. El caso es que mientras indaga, mientras investiga, el autor va topándose con escollos de diferente graduación. Para él, cada obstáculo es un motivo más para afrontar el reto, sin reparar en cómo de discreto debería mostrarse si estos atañen a las figuras de sus padres, por ejemplo. Carrère, ya lo sabemos, se muestra como un autor que considera que todo pudor es un falso pudor. Ni siquiera se detiene ante lo que pudo suponer la herencia del síndrome de Ulises en sus progenitores, descendientes de exiliados georgianos, un condicionamiento que también atraviesa Koljós.

Un cierto sentimiento de culpa se va trasluciendo, como si Carrère no estuviera del todo conforme por lo que le ha configurado. La pregunta que surge es, por qué escribir, entonces, si el libro no va a despejar nada, no va a arreglar esa sensación que tiene de que no pertenece a la época que le ha tocado vivir. Es posible que de eso trate la obra, de considerar que el mundo no está donde debería estar ni en el momento en que debería estar, de que figuras como Putin son realidad cuando deberían ser ucronía, de que no está ocurriendo lo que se supone que debería ocurrir. Y, a pesar de todo, en las distancias que atañen a las relaciones entre padres e hijos, no dejamos de tener presente lo importante que es quererse.