Gaspar Jover Polo.

Los personajes de esta novela no son héroes, ni mucho menos, pues presentan un buen número de defectos y de virtudes, tampoco se les puede considerar perdedores, sino, más bien, infelices, pobres personas, personas supervivientes. Son personajes que se mueven en el ámbito urbano y que tienen una vida que es como “un continuo impreciso sin bordes definidos”, pero que, sin embargo, siguen persiguiendo con denodado interés la perfección, lo absoluto, “una sospecha de paraíso recobrable”. Viven “la repetición al infinito de un ansia de fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa”. Oliveira y su grupo de amigos del Club de la Serpiente no se conforman con el sistema de vida general, estándar, mayoritario, a pesar de la pobreza de medios con las que cuentan para realizar sus investigaciones. Llama la atención en esta novela el casi permanente desasosiego que padece el protagonista, Oliveira, que le lleva a perseverar en una búsqueda imprecisa y que lo atormenta hasta el punto de no fiarse de nada, de ninguna explicación lógica, tampoco del lenguaje, que es el instrumento que la razón humana emplea para materializar sus especulaciones.

Y llama mucho la atención esta búsqueda radical porque al lector le puede costar, en principio, ponerse en el lugar de este personaje; tiene que hacer sin duda un esfuerzo para entrar en la mente del protagonista del libro y poder comprender su doloroso desasosiego; cuesta percibir a Oliveira como un ser humano próximo, como un semejante, y más todavía, como un alma gemela. Pero el lector intuye que ahí pasa algo de importancia capital, que no se trata de una exageración literaria, y persevera en el esfuerzo de comprensión, y, al final del proceso, el empeño produce resultados satisfactorios.

“Para definir y entender habría que estar fuera de lo definido y de lo entendible”. “En realidad nosotros somos como las comedias cuando uno llega al teatro en el segundo acto. Todo es muy bonito pero no se entiende nada”. “Probablemente la única áncora de salvación sea la ciencia, el uranio 235, esas cosas. Pero además hay que vivir”. Y así, intercambiando opiniones, definiciones sobre qué puede ser en el fondo la realidad, la vida, los del Club de la Serpiente pueden pasar toda la noche.

El componente de la búsqueda de otro sentido o sentidos para la vida es esencial, me parece, pero también contribuye a hacer de esta novela un libro poco corriente la intensidad, la intensidad emotiva, formal, ideológica… Va directo al meollo del asunto desde el principio; de tal manera que es difícil señalar una página, un párrafo que se puedan considerar como de relleno, como de transición o preámbulo. La intensidad no decae pues Cortázar parece haber encontrado en este libro un punto de ebullición permanente. Claro que también habrá lectores que puedan considerarla una obra demasiado intensa, o “intensita”, como se dice ahora.

Otra peculiaridad llamativa y que distingue la manera de escribir de Cortázar del realismo convencional, de la novela decimonónica, es que no describe físicamente a los protagonistas. No dedica un solo renglón a explicar cómo es físicamente ella, la Maga (color de pelo, estatura, color de ojos) mientras que, para definir su forma de ser, utiliza muchísimas páginas, cientos de páginas; no descansa hasta conseguir una descripción sicológica extensa y completa. Tiene un gran interés por hacernos saber cuáles son sus gustos, sus preferencias, sus estados ánimo: “Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts”. Porque, a su modo, Rayuela también contiene una gran historia de amor.

Es seguro que los próximos lectores encontrarán otros componentes novelísticos también destacados porque se trata de un obra extensa, compleja, de un proyecto ambicioso; pero las particularidades que acabo de mencionar ya pueden servir para despertar la curiosidad en aficionados que, por la razón que sea, todavía no han accedido a la experiencia de leer este gran libro.