Uno comienza con el furor juvenil de dominar la vida; luego, en la madurez, se conforma con la estrategia de cabalgar sobre la vida; después, cuando se convence de que es la vida la que quiere cabalgarle a él, acaba por intentar hacerse a un lado y dejarle paso (sobre todo si llega con una moto rugiente y un teclado en bandolera).

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Lo verdaderamente inquietante de mi futuro son ya las facturas que me está preparando el cuerpo.

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¿La brevedad de la vida…? Para la Historia un siglo son cien años justos, para un joven es una nebulosa en la que se concentra la Historia entera, y para un viejo un siglo -la vida- se le ha ido en cuatro ratos. En mi caso, por mi experiencia, puedo decir que escribes un par de libros o tres y ya se te ha ido.

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He fiado mi vida a cuatro quimeras intelectuales y ahora no tengo nada… Ni siquiera quimeras.

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Llegar a ser… ¿Llegar a ser qué? Llegar a ser lo que se pueda.

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La historia de cada uno pronto no habrá sido más que una historia perdida, como si se perdiera el legajo donde ha estado escrita.

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Lo paradójico del asunto es que, llegados a cierta edad, a la “edad provecta”, ¿qué importa esa sabiduría sobre el mundo perseguida a lo largo de toda la vida? ¿Para qué? No tiene sentido, porque se queda sin objeto en el caso hipotético de haberse conseguido. ¿Para qué…? La única Sabiduría que puede serte provechosa antes de morir es llevarte bien con un hombre de acción (un editor, un arquitecto, un comerciante, por ejemplo) para que tu obra, normalmente de antes de la vejez, no se pierda…; bueno, ahora cuentas con la memoria de Internet…)

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Después de todo, un viejo podría sentirse afortunado. Es de los pocos mortales que está en disposición de controlar sus obras póstumas (aunque sean de albañilería). En mi caso, mi suerte no ha sido sólo llegar a la vejez para darme cuenta de todo lo que hay que darse cuenta en esta vida, sino la de tener en la vejez la consciencia, la oportunidad y el ánimo de sentirlo y escribirlo.

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Finalmente, desde la vejez, y volviendo a la filosofía cotidiana, desde la larga perspectiva de la vida y relativizando todos los acontecimientos, he de confesar que mi conclusión es que en vez de un lugar de grandes tragedias ─que, cuando son grandes, son pocas, y cuando ocurren se sobrellevan porque la mayor de ellas se convierte en única─, la vida es, sobre todo atendiendo al tiempo y al número, un lugar de pequeñas e infinitas puñeterías que te rodean, te cercan, te agobian y te estresan. El que no sabe aguantarlas es el más infeliz.

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Por el lado contrario, tengo también la sensación de que en esta vida a cada uno de nosotros se nos ha ofrecido o ha pasado al alcance de la mano, al menos una vez en la vida, un Premio Gordo y no nos hemos dado ni cuenta; no lo hemos reconocido… o no nos atrevimos a recogerlo por timidez o por inexperiencia (aquella muchachita de tu pueblo que se arreglaba los domingos para cruzarse contigo en el paseo del Parque de Mayo…)

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Desgraciadamente, el tiempo pasado tiene la solidez de las piedras: el tiempo que ha sido está conformado definitivamente y no se puede disolver ni cambiar. Es macizo, como ellas.

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Irreversible todo, como un libro publicado… Tendrías que publicar otro de rectificación; otra vida de rectificación