Horacio Otheguy Riveira.
Escrita en 1907, cuenta -con una gran capacidad de síntesis- el declive del imperio napoleónico, a lo largo de encuentros “por la gloria de nuestro emperador”, mientras dos tenientes ascienden hasta lo más alto: generales en un ambiente de extrema miseria militar en la retirada de Moscú.
Dos tenientes, Feraud y D´Hubert, dos clases sociales distintas: el primero disfruta batiéndose a duelo –algo prohibido entre las tropas bonapartistas– y el segundo va a buscarle para recibir una sanción o llamado de atención, y le pilla en el lujoso ambiente de una mujer a la que Feraud corteja: una humillación que no olvidará a lo largo de 20 años.
Más apuesto y de rango social superior, D´Hubert se encuentra prisionero del impulso de Feraud: por capricho de este se baten una y otra vez, malheridos, pero sin gravedad. Son grandes camaradas en el campo de batalla, mientras Napoleón va de mal en peor, comparten el frío demoledor de Rusia y muchos otros avatares… hasta un final en el que reina la pasión de D´Hubert por una jovencita casadera: por tenerla en sus brazos asiste al que será el último duelo. Cómo acaba es un precioso regalo del gran escritor Joseph Conrad en esta una de sus novelas más breves y no menos fascinante que Lord Jim, El corazón de las tinieblas, Nostromo…
Con gran dominio de la riqueza psicológica de sus personajes, también deja constancia de momentos históricos clave en la Francia del poderoso emperador, un dios que cuando cae en 1815, deja el país en manos de una corrupta monarquía.
[…] cruzó la casa desierta y se felicitó de que la oscuridad ocultara sus manos ensangrentadas y su rostro arañado. Pero la historia no podría permanecer secreta. Por encima de todo temía el desprestigio y el ridículo, y le dolía tener que escabullirse por las callejuelas solitarias como si fuera un asesino. De pronto, las notas de una flauta que salían de una ventana abierta en el segundo piso de una modesta casa, lo arrancaron de sus tristes reflexiones. Junto a los acordes de la melodía, virtuosamente interpretada, se escuchaba el rítmico golpeteo de un pie llevando el compás.
El teniente D´Hubert gritó un nombre que correspondía a un cirujano del ejército, a quien conocía bastante bien. La música calló y el ejecutante se asomó a la ventana y escrutó la calle con el instrumento aún en la mano.
—¿Quién llama? ¿Es usted D´Hubert? ¿Qué le trae por aquí?
—Necesito que vaya inmediatamente a ver a Feraud. ¿Usted conoce al teniente Feraud, verdad? Vive al final de la segunda calle. Queda solo a unos pasos de aquí.
—¿Qué le sucede?
—Está herido.
—¿Está seguro?
—Completamente. Vengo de su casa.
—Suba. Estaré listo en un segundo.
Al entrar, el teniente encontró al cirujano ocupado en desatornillar la flauta y colocar cuidadosamente sus piezas en una caja. Volvió la cabeza.
—Allí…, en ese rincón hay agua… Sus manos necesitan una buena limpieza.
—Logré contener la hemorragia… Pero haría bien en darse prisa. Hace ya más de diez minutos de eso.
—¿Qué ha pasado? ¿Se le ha soltado el vendaje? Estuve todo el día en el hospital, pero alguien me dijo que esta mañana había escapado sin un rasguño.
—Es probable que no se trate del mismo duelo –gruñó, ceñudo, el teniente D´Hubert, secándose las manos con una tosca toalla. …»

Una escena de la versión teatral en Madrid, Teatro Fernán Gómez, diciembre 2025-enero 2026, escrita por Javier Sahuquillo y dirigida por Emilio Gutiérrez Caba. (En la foto, Daniel Ortiz, Francisco Ortiz).




