Geografía escrita

Álex Chico

Candaya

Barcelona, 2026

292 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Todo comienza, y todo va a seguir sin resolverse, con el mito que supone intentar separar al turista del viajero. La definición ha ido cambiando, pero uno se siente tentado a decir que ante una figura como Marco Polo, todos somos turistas. Tal vez turistas sofisticados, en régimen de viaje barato, casual, pero turistas, al fin y al cabo. Aunque si la diferencia está en los sentimientos, es posible que el viajero sea aquel que cuando regresa prefiere que la gente piense que ha estado tocando el piano en un burdel antes que recorriendo el mundo. Relatar el viaje supone reconocer errores. Pero los errores son algo muy personal, como también son personales las causas que uno defiende. De lo que se trata es de no confundir la sensación de que te perforaba el estómago aquella comida en un mercado de Bombay con una crisis económica mundial. Viajar implica hacerte pequeño, no dar lecciones a nadie, y una cierta conciencia de antihéroe que no te va a permitir presumir ni del viaje ni de la conciencia. Viajar debería ser lo más parecido a desaparecer que pudiéramos lograr sin saltar al otro lado de la tumba. En el viaje ni siquiera va uno a administrar la derrota, así pues, lo que no hace el viajero es considerar su desplazamiento como una victoria. Para hablar de lo que sabe, piensa el viajero, ya habrá tiempo, porque recorrer mundo supone no terminar nunca un doctorado.

Estas reflexiones vienen a cuento de la lectura de Geografía escrita, la recopilación de artículos de Álex Chico (Plasencia, 1980) que con acierto publica Candaya. Chico parece muy consciente de cuál es la posición del viajero, la de la persona que desearía desaparecer, no estar presente, pero no dejar de caminar por un planeta que tiene tantísimas cosas buenas que ofrecer. Se llama aprendizaje, espíritu de aprendizaje, y Chico hace una buena demostración de en qué consiste, sin dejar de atender a sus puntos fuertes como lector de literatura y de parajes: es una personalidad inquieta. «Los nexos entre lo que está fuera y lo que permanece dentro», es el leitmotiv del autor, que va descubriendo despacito lo que es, lo que va siendo y lo que habría podido ser de haber girado por la calle anterior. Reflexivo, sensato, con el punto justo de presunción para no imponer sus pareceres, que quedarán flotando como dudas, Chico va construyendo un mundo particular en el que lo importante es que todo esté bien escrito, y con ello no nos referimos solo al texto en sí: ojalá todo esto tenga sentido.

Cuando pasa por Tánger recuerda las palabras de Eduardo Jordá (otro gran viajero y mejor escritor): «patria moral que se han buscado todos aquellos que jamás podrán tener una patria», antes de calificar a la ciudad como el lugar donde desearía encontrarse. Ese lugar es, en cada capítulo, el lugar donde se encuentra —La Paz, Berlín, Lisboa, su natal Plasencia—. En el capítulo dedicado a Lisboa comienza diciendo: «Cualquier escritura corre este riesgo: el de no acceder al objeto que designa, porque es imposible captar la avasalladora plenitud del otro». De eso se trata. A la hora de reflejar el viaje uno debe ser consciente de sus limitaciones y de las limitaciones del lenguaje. Así es como Chico construye este yo desde el que nos habla, un yo que necesita para recordar que ha viajado, aunque es, por otra parte, alguien con el que debatir si uno no debería desprenderse de él a la hora de retratar el viaje. Por todas estas ideas que brotan durante la lectura, Geografía escrita es un libro que se merece la mejor de las suertes.