Daniel Huerta Goya.

Seicho Mstsumoto (1909-1992) es, sin ninguna duda, uno de los grandes clásicos de la literatura negra japonesa. Su trayectoria abarca más de tres décadas y ha sido merecedora de los más prestigiosos galardones nacionales, como el Premio de Escritores de Misterio de Japón o el Premio Akutagawa. Varias veces ha sido adaptado al cine y cuenta con una legión de lectores, tanto en Oriente como en Occidente. En España, la principal encargada de acercárnoslo es la editorial Libros del Asteroide, que, siempre con traducción de Marina Bornas (y directa del japonés, lo que es de agradecer), publicó en 2014 la maravillosa El expreso de Tokio (escrita en 1958), a la que siguieron las también excelentes La chica de Kyushu, Un lugar desconocido, El castillo de arena y, por fin, esta Punto cero, salida de las prensas en 2025.

Originalmente publicada en 1959, cuenta la historia de Teiko, una joven tokiota un tanto ingenua pero inteligente que contrae matrimonio, por mediación de un casamentero, con Kenichi, empleado de una agencia de publicidad diez años mayor que ella y del que apenas sabe nada. Él desaparece sin dejar rastro durante la extraña luna de miel y Teiko decide viajar, en busca de indicios, a la ciudad de Kanazawa, a unos quinientos kilómetros de la capital, donde Kenichi pasaba al menos veinte días al mes. Poco a poco, la muchacha irá desvelando aspectos de la personalidad de su marido y aproximándose a la dolorosa verdad…

Estamos ante un escritor moderno, que dibuja con mano maestra en todas sus novelas el Japón del milagro económico, ese país que en 1945 estaba destruido y humillado y que, quince años después, aunque todavía arrastre las secuelas de un trágico pasado, ha levantado la cabeza abrazando el progreso y el desarrollo. El suyo es un Japón eminentemente urbano, poblado por políticos corruptos, financieros de escasos escrúpulos, locales nocturnos y femmes fatales. Y, sobre todo, de trenes, uno de los mayores símbolos de la prosperidad y el adelanto. A Matsumoto, como a otros novelistas policiacos japoneses (sobre todo Kyotaro Nishimura, célebre por su ciclo de “misterios en el tren”), le encanta hablarnos de redes ferroviarias, líneas de ferrocarril, horarios, mapas, tipos de locomotoras…, tal vez para hacernos ver que que el País del Sol Naciente ha pasado en un suspiro del medievo al siglo XX.

En líneas generales, en Matsumoto hay menos exotismo oriental, menos pintoresquismo, que en muchos de sus colegas, a pesar de lo cual no deja de ser fascinante a ojos de un lector europeo. Es directo, profundo, pesimista en su visión de la condición humana y casi siempre crítico, tanto con el presente como con el pasado de su país. Tal vez por ello algunos lo comparen, con más voluntad que acierto, con Georges Simenon. Sus novelas son absorbentes porque sabe dosificar muy bien la trama y guardar la sorpresa hasta la última vuelta de página, pero está muy alejado del mero rompecabezas que plantean, por ejemplo, Yokomizo o Ayatsuji. Matsumoto analiza la sociedad y la historia más reciente y ofrece un retrato poco halagüeño, aunque muy entretenido -pues entre otras cosas es un sobresaliente narrador-, de la realidad nipona. Leyéndolo se le viene a uno a la mente, de inmediato, esa obra maestra del noir titulada El infierno del odio que en 1963 dirigió el genial Akira Kurosawa.

Con respecto al resto de su producción, y algo inédito hasta entonces en la literatura policial japonesa, Punto cero presenta la particularidad de tener como protagonista a una mujer. Una mujer que no es ni detective ni policía ni justiciera, sino solo una chica de veintitantos a quien la vida le ha cambiado de súbito y únicamente quiere saber por qué.

Acaso otras obras de Seicho Matsumoto sean más brillantes (El expreso de Tokio y La chica de Kyushu son mis favoritas, además de Suspicion, una novelette no traducida aún al castellano), pero Punto cero es una notable muestra del estilo, las inquietudes y el talento de un escritor que se eleva por encima del género de misterio al que de modo habitual se le adscribe.