Horacio Otheguy Riveira.

 

Advertencia al lector: Si bien ciertos elementos de esta novela se inspiran en hechos reales, la intención principal del autor ha sido dar rienda suelta a su imaginación, al hilo de una intriga completamente ficticia. En 1999 arrancaba el casting para encontrar al chico que interpretaría a Harry Potter y que por tanto se haría mundialmente famoso. Centenares de actores pasaron por las audiciones. Al final, solo quedaron dos. Esta novela cuenta la historia del que fue descartado.

 Tras esta presentación, un texto muy interesante periodísticamente, ya que apuntala datos conocidos y novedosos sobre todo el entramado de la tan exitosa saga, y un adelanto de la angustia del niño que jamás soñó con actuar y se vio envuelto en el vértigo de aprobar audiciones, cada vez más difíciles, incluso con otros intérpretes ya escogidos… para, finalmente, resultar descartado.

Éxito y derrota final, también para el autor, pues una vez que encarrila su novela desenfoca, se zambulle en muchos lugares comunes y para nada se ocupa de inventar por encima de lo conocido, es decir: el sufrimiento de un chaval y su sanación personal.

 

 

Con un material tan rico, en realidad apasionante, como es el éxito inesperado y la fulminante derrota, mientras en Londres y París –por donde va el niño de 11 años hasta bien entrada la adolescencia– festejan el boom literario y cinematográfico de Harry Potter, Foenkinos fulmina las expectativas hasta dar con un final expuesto de tal manera que resulta por demás inverosímil.

 

Daniel Radcliffe as Harry Potter (Photo by Matthias Clamer/CORBIS OUTLINE/Corbis via Getty Images). En esta novela se presenta como un pobre-chico-rico en versión literariamente muy mediocre.

 

«Para entender la envergadura del trauma de Martin Hill, había que remontarse a la raíz del drama. En 1999, Martin tenía apenas diez años y vivía en Londres con su padre. Recordaba esta época como un tiempo feliz. En una foto, de hecho, aparecía esbozando una amplia sonrisa en forma de promesa. Y eso que los últimos meses habían sido complicados; su madre se había vuelto a vivir a París.

De común acuerdo, para no separarlo de sus amigos, para no añadir otra separación a la separación, se había decidido que el pequeño Martin se quedaría con su padre. Vería a su madre todos los fines de semana y en vacaciones. Se elogiaba el Eurostar por el acercamiento francobritánico que suponía, pero también facilitaba una barbaridad la logística de las rupturas. A decir verdad, a Martin no le afectó este cambio. Como a todos los niños testigos de disputas, el espectáculo permanente de los reproches se le había vuelto insoportable. […]»

«Martin era un inglesito como tantos otros. Futbolero, hincha del Arsenal, dio saltos de alegría cuando el equipo de sus amores fichó a Nicolas Anelka. Cada vez que este último marcaba un gol, Martin se sentía orgulloso de tener una madre francesa. ¿Qué más? Su cantante favorito era Michael Jackson, tenía un póster de Lady Di en su cuarto y soñaba con tener algún día un perro al que pudiera llamar Jack. También deberíamos aludir a su amor por Betty, una pelirroja que prefería a su amigo Matthew. Aunque algunos días no estaba muy seguro de amarla; esa forma que Betty tenía de hablar a voces le resultaba insoportable.

Quizá le buscara defectos para sufrir menos por no ser su favorito. Con diez años ya había comprendido que una de las diversas formas de ser feliz consiste en modificar la realidad. Esa misma realidad de la que también se puede huir tirando de imaginación o de las imágenes que genera la lectura. A su alrededor, se hablaba cada vez más de una novela titulada Harry Potter. Su amiga Lucy bebía los vientos por aquella historia de magos. Pero a Martin no le apetecía demasiado seguir la moda.

Con las lecturas obligatorias del colegio le bastaba y le sobraba. En líneas generales, no manifestaba ninguna tendencia artística. No quería aprender a tocar un instrumento musical y no se sentía a gusto durante los espectáculos de fin de curso. Las raras ocasiones en que su padre lo había llevado a algún rodaje, Martin se había aburrido como una ostra. Desde luego, un niño en un plató de James Ivory es como un vegetariano en una carnicería.

La vida de Martin podría haber continuado de ese modo. Nada lo predestinaba a lo que sucedería después. Para llegar al casting de Harry Potter era necesario que se operase una modificación en la trayectoria. Y eso fue exactamente lo que pasó; por partida doble…»

 

Siempre asociamos el azar con una fuerza positiva que nos catapulta hacia momentos maravillosos. De forma sorprendente, casi nunca se alude a su versión negativa, como si el azar hubiera confiado la gestión de su imagen a un as de la comunicación. La prueba: se suele decir que «el azar hace bien las cosas», algo que enmascara por completo la idea de que también es capaz de hacerlas mal.