Mi viaje con Byron
John William Polidori
Traducción de Javier Fernández Rubio
El Desvelo
Santander, 2026
174 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
La mayoría de nosotros necesitamos mover todo el cuerpo a la hora de expresar un sentimiento. Solo así conseguimos que los demás comprendan a qué nos referimos y lo importante que es aquello que estamos expresando. Solo unos pocos han aprendido a no gesticular, ni siquiera frotándose las manos, cuando se les viene a la cabeza un pensamiento malvado. Para conseguirlo hace falta toda una educación y mucho entrenamiento, pues la inercia natural es a ratificar lo que uno dice con los gestos más locuaces. Ahí está la cruz de las cejas, con todas las versiones de sus arrugas, para corroborarlo. Pues bien, John William Polidori (Londres, 1795 – 1821) consigue ser una de esas personas capaces de mantener siempre el pulso firme, los rasgos intactos, sea lo que sea lo que le sale al paso, sea la que sea la decisión que tome.
El Desvelo publica esta pieza, los diarios del viaje que emprendió junto a Lord Byron, atravesando Europa, en una edición muy cuidada, traduciendo la del crítico William Michael Rossetti (1829 – 1919), con un aparato de notas a pie de página que no conviene perderse, pues van enriqueciendo el texto y nos transportan a posibles relaciones e interpretaciones históricas y culturales.
Es inevitable estar atento, durante la lectura, a cualquier referencia que nos vuelva a hablar de la relación de Polidori con Byron, o con Shelley o con cualquier otra persona de ese círculo, así como indagar acerca de qué es lo que pudo llevarle a idear al vampiro romántico. Pero esa historia ya se ha contado muchas veces, y aunque en el diario se asome en algún momento, de lo que se trata, sobre todo, es de dibujar un autorretrato involuntario. A lo que Polidori atiende es a reseñar qué es lo que le afecta, pero no descalabra su compostura, y a dejarnos intuir cómo le afecta. Estamos frente a un autor de corte sensitivo, un tipo que busca la belleza y que trata de trasladar al texto qué momentos definen esa belleza, que le llega, mayormente, a través de la vista. Esa es su intención, pero no su constante vital. Porque a medida que avanza, atravesando Europa, a lo que presta atención es a lo diferente, a lo que ve por primera vez, a lo que sospecha que no existe en el lugar de donde procede, en un Londres limpio y un tanto aristocrático. Y por momentos se encuentra con una pobreza que le es ajena y que ve con más espíritu de retratista que empatía. Porque con lo que se identifica es con aquello que llamamos alta cultura, con el arte, que será lo que sí busque a intención.
Hasta que llega a las ciudades italianas, donde sí comienzan las interacciones con otras personas, donde pasa a ser actor además de espectador, hasta el punto de darse una situación con un conato de duelo. De modo que el Polidori que se muestra en estos diarios no es un ser ajeno al mundo, sino que participa de él, y será esa participación la que podamos leer como algo tangencial a la creación de su vampiro romántico, aunque aquí destaca más el adjetivo, romántico, que el sustantivo, vampiro.
El diario se lee a buena velocidad, una con la que nos sorprende el autor, pues contrasta con el ritmo pausado al que debió tener lugar el desplazamiento. Para los amantes de aquel encuentro del que surgieron algunos de los monstruos clásicos, para los amantes de las atmósferas de época, este libro resultará delicioso. Los demás, disfrutaremos de conocer mejor a una de esas personas que tanto contribuyeron, posiblemente sin darse cuenta, a crear una mitología contemporánea. Y esa inmersión merece la pena.


