Daniel Huerta Goya.
Cada cierto tiempo surge en el panorama un autor capaz, voluntaria o involuntariamente, de dar una vuelta de tuerca a un género que, con sus casi doscientos años de vida, a menudo parece agotado y repetitivo hasta el bostezo. Ocurrió con Poe, quien en cada uno de sus cuatro relatos inaugurales abría un fértil camino para la narrativa de misterio (el enigma de la habitación cerrada con Los crímenes de la calle Morgue; la historia basada en hechos reales en El misterio de Marie Roget; lo imposible resuelto de la forma más sencilla en La carta robada; el narrador tramposo en Tú eres el hombre); con Wilkie Collins, que dio el gran paso del cuento breve a la novela; con Ellery Queen y su obsesión por el juego limpio; con Dashiell Hammett y su descenso a los infiernos de la sociedad; con Patricia Highsmith y el desarrollo de la novela de psicología criminal… E incluiremos en esta nómina, aunque quizá él no quisiera, al escocés Graeme Macrae Burnet (1967).

Hasta la fecha son cinco las novelas que Impedimenta, siempre en pulcra traducción de Alicia Frieyro, ha publicado de este excelente escritor. La primera de ellas, Un plan sangriento, era un falso true crime ambientado en las Tierras Altas en el siglo XIX. Una obra cruda y directa que jugaba sabiamente con las fronteras entre realidad y ficción. En Caso clínico (2021), ambientada en el Londres de los años sesenta, recurre al artificio del manuscrito encontrado (unos cuadernos de una joven que acude a la terapia de un prestigioso y controvertido psicoanalista) para trenzar una historia de suspense psicológico con sutiles ecos hitchcockianos. Pero, siendo estos dos libros excelentes, a mi juicio es en la trilogía conformada por La desaparición de Adèle Bedeau (publicada originalmente en 2014), El accidente en la A35 (2017) Un caso de matricidio (2024) donde la capacidad fabuladora del británico brilla más que nunca.
Las tres novelas se presentan, haciendo uso de un recurso de larga y egregia tradición literaria, como la traducción que del francés al inglés hace el propio Macrae Burnet de las obras de un tal Raymond Brunet, escritor apócrifo nacido, como se nos dice en el epílogo de la primera entrega, en 1953 y fallecido en 1992, cuando emulando a Ana Karenina se arrojó a las vías del tren en Estrasburgo. Brunet es oriundo de Saint Louis, pequeña localidad de Alsacia pegada a la frontera suiza que sirve de escenario para las andanzas del inspector Georges Gorski, el héroe -casi sería más adecuado decir antihéroe- de las
tres novelas. Gorski es un policía metódico y un hombre tímido y taciturno; está divorciado y le gusta tomar cerveza de barril en Le Pot, uno de los bares con más solera de la ciudad. Salvando ciertas distancias, se observa en él la huella indudable del comisario Maigret creado por el belga Georges Simenon (tal vez no sea casual la coincidencia en el nombre de pila).
Al margen de la investigación de los crímenes, que en Un caso de matricidio se reduce a la mínima expresión, el punto fuerte de la trilogía de Burnet-Brunet es sin duda la descripción de ambientes y tipos. Es aquí donde el autor escocés consigue que una buena novela policial se convierta en una gran novela a secas. El retrato de la anodina y provinciana Saint Louis es magistral, trazado a la vez con la genialidad del artista y la precisión del topógrafo. No menos que el de los seres que por ella se mueven, personajes que, como en la Comedia Humana de Balzac o la saga de los Rougon-Macquart de Zola (mencionado, por cierto, varias veces a lo largo de la trilogía), saltan de una novela a otra, proporcionando una acertada sensación de realismo y viveza. Muchos de estos personajes, como el solitario empleado de banca Manfred Baumann, el escritor frustrado Robert Duymann, el barbero Lemerre o el mismísimo alcalde Keller, se ven arrastrados por turbias pasiones como la envidia, la codicia o la simple mezquindad, víctimas tal vez del tedio o de una especie de determinismo que ataca a los habitantes de “este sitio sin más trascendencia”. El resultado es una mezcla entre la narrativa de, una vez más, Georges Simenon y el cine policiaco de Claude Chabrol, con esos burgueses podridos y acomplejados que esconden siempre más de lo que muestran.
Tras cinco novelas, y existiendo la fundada sospecha de que no habrá más aventuras del inspector Gorski, uno se pregunta qué camino tomará a partir de ahora Graeme Macrae Burnet. Talento e imaginación le sobran para continuar, si así lo quiere, elevando la novela de misterio a cotas que muy pocos de sus contemporáneos pueden alcanzar.

