Francisco Cervilla.
Visita a la exposición de Hammershøi en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid, cuyo título, El ojo que escucha, alude a la similitud entre la pausa musical y el silencio evocado por el uso del color blanco que consigue el pintor. Música y pintura, las dos pasiones del pintor, informa el bello texto del folleto.

Mi interés por las pinturas del artista danés proviene, sobre todo, de la portada de Montevideo, libro de Vila-Matas, publicado pocos años atrás, que reproduce la imagen de una de las conocidas pinturas de interiores de Hammershøi. En uno de los carteles de sala, pueden leerse las siguientes palabras del pintor: “He pintado sobre todo interiores… ¿Cómo me metí en eso?… Surgió así.”
¿Cómo se metió en esas pinturas de interiores, espacios en los que discurría su vida y que evocan el vacío, la ausencia, el silencio y la soledad? Meterse en “eso” era, probablemente, una forma de salir de “eso”. “Se pinta aquello que impide pintar”, dice la cita de Beckett en Montevideo, apuntando a los límites extremos, imposibles, presentes en la ejecución de la obra de arte.
¿Qué se resiste al pincel de Hammershøi? Tienta decir que la resistencia reside en el pintor mismo, en los límites de su mirada, en los modos de ver, en la fugacidad de su objeto, fronteras donde se encuentra una grieta irreparable, una brecha que puede resultar fecunda si el genio acecha y atento a ella insiste y repite, y fracasa y repite, fracasa y repite. Fracasa mejor, como decía Beckett, y vuelve a intentarlo.
Importa hacer una salvedad: la repetición nunca es idéntica a sí misma. Toda repetición difiere de la anterior y entre ellas se instala una diferencia con una novedad, por ligera que sea. En ese intervalo se juega la suerte de la existencia.
A Cezanne se le resistía la Montaña Sainte-Victorie, tanto que llegó a pintarla más de ochenta veces, distinta una y otra vez, pues la montaña siempre le resultó esquiva y se vio condenado a repetir hasta el final ese momento álgido de su inspiración. De su insistencia e investigación aparecieron las bases para el cubismo y el arte abstracto.
Busco, pues, en la exposición de Hammershøi la portada de Montevideo, pero encuentro muchas, bastantes portadas, imposible recordar cuál corresponde a Montevideo, casi idénticas unas a otras salvo el leve cambio de perspectiva que introduce el pintor entre un cuadro y otro, la sutil diferencia en la posición de una puerta, el ligero movimiento de un mueble, un tenue cambio de luz.
La primera parte de la visita transcurre entre cuadros de puertas abiertas y austeras estancias de atmósfera recogida, que vienen a ser, para los curiosos que lo conozcan, umbrales para entrar en Montevideo, como más tarde me sucedió al consultar en mi ejemplar la referencia de la imagen de la cubierta: Cuatro habitaciones, del pintor danés Vilhem Hammershøi.
Así, después de rodar por puertas y habitaciones, con Hammershøi como insospechado compañero entro de nuevo en las páginas de Montevideo, sabiendo que algo inédito aguarda, como suele ocurrir con los libros de Vila-Matas. No falla: cada vez que vuelves a uno de ellos no sientes que sea una relectura, sino que estás ante una nueva lectura. Y eso indica que uno nunca es el mismo lector y, menos aún, que sea igual a cualquier otro lector y que, por tanto, la lectura es singular e irrepetible. Nunca es la misma.
Hay libros cuya lectura nunca se clausura, siempre se revela novedosa, y suele ir acompañada de un fenómeno curioso: el texto mismo, en la relectura, al construirse, o al rehacerse, provoca su desaparición. Ahí radica su éxito -y el de la ficción-: imponerse de nuevo en cada ocasión, como si fuera la primera.
¿Se lee, podemos preguntarnos, sobre aquello que impide leer? Para los lectores interesados en el asunto podría pensarse que sí, puesto que el lenguaje contiene el impedimento mismo de la lectura, en sus intervalos y fragmentaciones, en su insuficiencia frente a lo real, en lo indecible, y cuando esos obstáculos logran apartarte de los acontecimientos hipnóticos del texto, de los significados fijos, tales obstáculos pueden convertirse en causa y motor de la lectura.
La lectura, escribe Vila-Matas en Dublinesca, pasa muchas veces por terrenos difíciles y exige la capacidad de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. ¿Se escribe sobre aquello que impide escribir? Pregunta el narrador de Montevideo. Seguramente sí y seguramente esta sea una cuestión central en la obra de Vila-Matas. Se escribe sobre aquello que resulta inexpugnable a la palabra.
En Montevideo, lo infranqueable toma la forma de puerta sin habitación contigua, o con un muro detrás, puertas ciegas, condenadas, con las que sucesivamente se va encontrando el narrador. Situaciones que tienen la virtud de ponerlo en movimiento, alentándolo a investigar, a querer saber, a dar vueltas por el mundo, pese a los angustiosos momentos. Decisión que recuerda, por su contraste, el relato de Kafka, Ante la ley. Un hombre pide ser admitido a la ley. El guardián le dice que detrás de la primera puerta hay muchas otras puertas, fuertemente custodiadas. El hombre se sienta a esperar. Pasan los años y el hombre llega al final de sus días. En la agonía descubre que nadie más ha querido entrar porque esa puerta sólo estaba destinada a él, y ahora, en el momento de su muerte esa puerta se va a cerrar.
Elogio, pues, para el narrador de Montevideo, la puerta condenada, es decir, su puerta-destino, no lo bloquea, no le impide indagar, no le impide buscar, sino al contrario: lo empuja a continuar escribiendo.
Quizá escribir consista en eso, en transitar por distintas puertas, pasar por cámaras oscuras, llegar a un corredor de Hammershøi y perderse en él, encontrar una falsa salida, similar a tantas otras infructuosas salidas, como sucede en el laberinto de puertas y habitaciones sin fin por las que atraviesa el protagonista de El lugar, novela del muy montevideano Mario Levrero, hasta dar un día con una puerta singular y que esa puerta singular se abra y sea un libro.

