JOSÉ LUIS MUÑOZ
Bergman sin Bergman o, lo que es lo mismo, drama familiar entre padre e hijas, distanciados y que vuelven a reencontrarse con la muerte de la madre, sin la hondura, el dramatismo y la emoción que salía del genial realizador sueco que ha tenido muchos seguidores no solo en el cine nórdico (Woody Allen en uno de sus períodos fue un claro deudor del director de Persona) pero ninguno superando a ese maestro indiscutible del Séptimo Arte.
Joachim Trier ( Copenhague, 1974) reflexiona sobre el poder sanador del arte, en este caso, para propiciar el acercamiento de un director de cine en horas bajas, aunque con un considerable prestigio a sus espaldas, Gustav Borg (Stellan Skarsgard es lo mejor del film), que ya había trabajado con una de su hija Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), cuando esta era niña, y quiere recuperar el afecto perdido de su otra hija Nora (Renata Reinsve, que repite con el director tras La peor persona del mundo), actriz de teatro, para encarnar a ella misma en un drama familiar que está escribiendo como exorcismo personal y familiar, algo que no consigue por lo que busca a la actriz internacional Rachel Kemp (Elle Fanning) que la sustituya.
Sobre el papel resulta interesante la propuesta del director noruego nacido en Dinamarca: la interrelación ficción realidad, el poder de sanación del arte. Un buen tema. Pero lo cierto es que Joachim Trier en su muy larga película, que supera las dos horas, no consigue imprimir emoción al relato ni que el espectador sintonice con los personajes, alguno de ellos, como la actriz norteamericana de la que echa mano el director de cine tras la negativa de su hija a interpretar su papel, estridente y ridículo en extremo.
Visto el film, que ha cosechado numerosos galardones internacionales como el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes o el Óscar a la mejor película extranjera, uno no puede hacer otra cosa en reafirmar que Sirat de nuestro compatriota Oliver Laxe era infinitamente mejor.

