Mohamed Serifi-Villar

Bajo un cielo cuadrado

Traducción:  Malika Embarek López

NOTA AL MARGEN

«Me gustaría que este relato de los episodios que marcaron mi vida carcelaria y la de mis compañeros provoque, si no una sonrisa, al menos un destello de esperanza. Desearía que el lector se diga a sí mismo que mi encarcelamiento no fue tan doloroso, tan terrible; que esa lucha, como cualquier lucha por las libertades y la dignidad humana, valió la pena».

Desde una celda en la que el cielo solo se ve enmarcado por una ventana, Mohamed Serifi-Villar nos invita a asomarnos a un mundo donde incluso la luz más tenue puede alimentar la esperanza. Su relato nos hace partícipes de su encierro, pero también de la libertad que encontró en sus recuerdos, en los sueños que nunca lo abandonaron y en las convicciones por las que arriesgó su vida.

Con un estilo lírico e incisivo, la narración entrelaza el pasado reciente de Marruecos con el del autor, recuperando la historia de sus padres —un pescador tangerino y una viuda republicana española— y la de un hogar donde la solidaridad, la lealtad y la resistencia se mantuvieron firmes frente a los «años de plomo» de Hassan II. Este relato, que transforma el sufrimiento en un testimonio universal de esperanza, permanecerá como una de las cicatrices de la historia.

Mohamed Serifi-Villar nació en Tánger en 1952. Desde joven se involucró en la actividad política, influido por un entorno familiar que favorecía el pensamiento crítico y la libertad de ideas. Participó en la Unión Nacional de Estudiantes Marroquíes y, más tarde, en el movimiento Ila al-Amam. En 1974 fue arrestado y condenado, primero a cadena perpetua en rebeldía y, posteriormente, a treinta y dos años de cárcel por desafiar con su pensamiento a quienes controlaban y reprimían el país. Finalmente, permaneció dieciocho años en la Prisión Central de Kenitra, hasta su liberación en 1991.

Lo que durante más de treinta años permaneció oculto se revela ahora como un testimonio sorprendente, porque, como él mismo reconoce, «una de las graves consecuencias de ese ocultamiento fue que algunas víctimas, al negar su pasado, se convirtieron en verdugos de su propia historia».