Por Jesús Cárdenas.

Cuando esta reseña vea la luz —si es que la luz no se ha vuelto ya sospechosa de tanto invocarla— se habrá cumplido, casi el segundo aniversario de la presentación del volumen De fuegos y jazmines (Olé Libros), de José Iniesta, en Oliva, acompañado por Teresa Llopis. Dos años: una cifra suficiente para que el entusiasmo inicial se enfríe o, por el contrario, se temple en una permanencia que no siempre es garantía de profundidad. Surge entonces una pregunta: ¿puede un volumen antológico envejecer mal? Y más aún: ¿qué añade —o qué revela— una lectura diferida, cuando el tiempo ha retirado ya el barniz de la novedad?

La respuesta, en este caso, no es complaciente ni automática. Porque si algo caracteriza la escritura de Iniesta es esa persistencia que se confunde con fidelidad a una visión: una poética que no se agota en la primera lectura ni se desmorona con el paso de los meses, pero que tampoco se transforma radicalmente. Es, en ese sentido, una obra que se sostiene en su propia continuidad, en su insistencia casi obstinada en un mismo núcleo temático: el amor como centro irradiador de sentido. Que el poeta siga concitando la atención —y hasta la devoción ligera de las redes sociales, con ese centenar de «likes» que hoy funcionan como termómetro emocional— no deja de ser una anécdota reveladora: la poesía, incluso en su forma más íntima, busca todavía un público, una comunidad, aunque sea efímera.

El subtítulo, «Poesía amorosa completa 1985-2022», es una declaración de intenciones. Nos sitúa ante un recorrido que abarca casi cuatro décadas de escritura, una fidelidad temática que podría parecer limitante, pero que en Iniesta se convierte en un campo de exploración reiterado, como si el amor —ese tópico universal— fuese en realidad un territorio inagotable. El volumen traza así una cartografía de nueve publicaciones, entre las que destaca con especial nitidez Llegar a casa (2019), quizá por su madurez expresiva o por la manera en que condensa los hallazgos previos. A ello se suman trece «Poemas inéditos», que no funcionan tanto como apéndice como prolongación natural del discurso, y unas notas, «A manera de prólogo», donde el propio autor se permite una definición que es casi un autorretrato lírico: «logo de la entrega, su cantar es gratitud y flor, el deseo de desvelar con palabras el más hondo misterio: el amor». La formulación, deliberadamente enfática, podría caer en el exceso si no fuese porque encuentra su contrapeso en una de las claves más fértiles del libro: el asombro, esa mirada que regresa a la infancia como posibilidad de renovación: «Tenemos la edad de nuestros pesares, pero si amamos volvemos a ser un niño frente a la naturaleza de las cosas».

Sin embargo, hay en la edición un silencio que inquieta: la ausencia de un prólogo externo, de una mediación crítica que sitúe el conjunto, y la falta de indicación sobre posibles revisiones de los textos. ¿Estamos ante versiones definitivas o ante poemas que han sido apenas retocados desde su primera aparición? Esta indeterminación, que podría parecer menor, afecta a la lectura: el lector no sabe si se enfrenta a un archivo o a una reescritura.

El discurso poético de Iniesta se sostiene sobre una serie de rasgos reconocibles: la evocación como mecanismo central, la sugerencia que rehúye la explicitud, un ritmo cuidado que mantiene la musicalidad, y una notable capacidad de contención expresiva. Pero esta aparente homogeneidad encubre una evolución que puede organizarse, con cierta claridad, en tres o cuatro fases.

La primera etapa, la de los comienzos —Del tiempo y sus castigos y Cinco poemas (1985 y 1989)—, muestra a un poeta en formación, todavía bajo la influencia visible de tradiciones mayores: Garcilaso, Lope de Vega, Neruda. Se trata de una cercanía tonal que remite a los registros clásicos y a cierta espiritualidad de raíz mística. En poemas como «A ti la plenitud me inclina» se percibe ya una voluntad de elevación, una búsqueda de lo absoluto a través del lenguaje amoroso: «A ti la plenitud me inclina, aun en el miedo de no tener en la noche / dormidos vinos ni música amena…». La tensión entre carencia y plenitud, entre deseo y límite, articula estos primeros textos, donde la carne y el espíritu se confunden: «Porque era contigo la noche más oscura / […] deja ahora que nuestra carne confundida / se hunda en el fluir sin tiempo de los ríos». Hay aquí una intensidad que a veces roza lo enfático, anunciando una voz reconocible.

La segunda etapa, de consolidación, encuentra en Arder en el cántico (2008) uno de sus hitos. La voz se vuelve más segura, más rítmica, y sobre todo más consciente de sus propios recursos. La evocación se afina, la nostalgia se convierte en herramienta reflexiva, y el poema adopta una estructura más controlada. En «¿Quiénes somos tú y yo» la alternancia de endecasílabos y alejandrinos blancos crea un espacio de interrogación donde la identidad se disuelve en el vínculo amoroso: «¿Qué muerte es la que nunca ocurrirá / si es eterno el instante / de sabernos lo mismo?». La pregunta se instala en la permanencia de la duda. En esta fase, el amor deja de ser solo experiencia para convertirse en conocimiento, en una forma de comprensión del tiempo: «¿Qué nos queda al final sino íntimas verdades… fabricando en el tiempo otro tiempo hacia dentro?». El poema homónimo «De fuegos y jazmines», así como los textos de Y tu vida de golpe o Las razones del viento, participan de esta misma densidad, donde la memoria y el presente se entrelazan.

La tercera etapa, con Llegar a casa como núcleo, introduce una inflexión significativa: la apertura hacia lo cotidiano. Sin abandonar los símbolos de raíz mística —la noche, la luz—, Iniesta incorpora elementos de la vida diaria, como si el amor necesitara ahora encarnarse en gestos concretos y escenas reconocibles. «Ahora se ha quebrado por amor / el cristal de mi edad» es imagen y, a su vez, declaración de vulnerabilidad. La mesa, la vela, el pan compartido: todo adquiere una dimensión casi sacramental, sin perder su materialidad. El amor familiar aparece con una claridad nueva, como en «Escena familiar», y el trabajo formal alcanza momentos de notable precisión, como en «El sueño de las certezas», donde la composición en pentasílabos se convierte en un ejercicio de tensión y equilibrio. Ese verso que no encaja —«de amor»— lejos de ser un error, parece una grieta deliberada, una fisura por la que se cuela el sentido. Y la imagen final —«ser la ceniza / ya con sentido / de tanto arder»— condensa una poética entera: la consumación como forma de permanencia.

A esta etapa se suman dos libros singulares que amplían el registro del autor. Por un lado, La plenitud descalza, donde el haiku se convierte en vehículo de una unión espiritual que prescinde de lo retórico: «Tú y yo, que vamos / juntos, somos el verbo / al abrazarnos». La brevedad destila. Por otro, Cantar la vida, donde la prosa poética convive con el verso en una hibridación que permite explorar otras cadencias. «La fotografía del tiempo» es un ejemplo elocuente: la escena nocturna, la mesa, la luz encendida, la presencia de la mujer […] todo construye una atmósfera donde el tiempo se suspende y la imagen se impone como forma de resistencia: «La imagen vence al tiempo, le acompaña». Aquí, Iniesta parece acercarse a una narrativa mínima, sin abandonar la densidad lírica.

El volumen se cierra con trece poemas inéditos que reafirman la vigencia de la voz. El regreso al endecasílabo, a menudo escalonado, aporta una cadencia reconocible, destacando la intensidad del decir. Títulos como «Profecía en la nieve», «Un ramo de palabras», «Desnúdate» o «La luz contigo» sugieren una continuidad temática, pero también una voluntad de síntesis. Sigue el proceso de depuración.

Y sin embargo, conviene introducir una nota crítica que no desmerezca el conjunto, pero que lo sitúe en su justa medida. La fidelidad de Iniesta a su universo simbólico, a su léxico y a sus ritmos, es también su límite. Hay momentos en que la reiteración amenaza con convertirse en previsibilidad, en que la emoción se desliza hacia una cierta complacencia. El riesgo de escribir siempre sobre el amor —y de hacerlo desde una perspectiva tan marcada— es que el asombro inicial se convierta en hábito, en una forma de decir que ya no sorprende. Pero incluso en esos momentos, la escritura de Iniesta conserva una honestidad que la salva del artificio.

De fuegos y jazmines constituye la afirmación de una voz que persiste en el amor como centro. Años después, se mantiene fiel a su intensidad, reiterativa a veces, pero sostenida por una honesta obstinación en nombrar lo esencial.

De fuegos y jazmines: Poesía amorosa completa 1985-2022
José Iniesta
Olé Libros, Colección Vuelta de Tuerca Poesía