Un libro
Fabrice Gaignault
Traducción de Vanesa García Cazorla
Muñeca infinita
Madrid, 2026
89 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
De los dioses que hemos creado, los más próximos a una verdadera divinidad tienen que ver con la poesía y no con la ciencia. La ciencia implica ramas del conocimiento que son capaces de medir, mientras que nadie sabe las cantidades que se implican en la poesía. De hecho, el mal es mensurable, mientras que el bien no tiene medidas. Se sabe a cuántos niños ha matado un bombardeo, cuántos adolescentes fallecieron en un tiroteo a un instituto, y hasta se mide en dinero el daño que supone a la economía de un país el resultado de una guerra. Se pueden contar los soldados que componen un ejército y hasta las balas que compran para disparar al enemigo que está compuesto, a su vez, por otras personas. Pero no podemos medir la belleza, no podemos medir la generosidad ni la solidaridad. ¿Cuántas vidas han salvado las flores? Sabemos a cuánta gente consiguió librar Schindler de una condena en un momento determinado, pero no podemos medir todo el bien que hubo en ello, porque las consecuencias no terminan allí. Como no podemos medir de cuántas depresiones ha librado al mundo la música, pero sí saber cuántas pastillas de neurolépticos se venden.
Consciente de ello, Fabrice Gaignault (1956) reivindica el bien a través de un caso concreto, el de Primo Levi y su situación al límite en el campo de concentración de Auschwitz. Levi está a punto de extinguirse y los presos están a punto de ser liberados. Cualquiera de las dos cosas podría suceder en los próximos días. Pero un médico griego arroja a Levi una tabla de náufrago, un libro. Gaignault, como Levi, pertenece a la estirpe de los tipos que beben el elixir de la vida en la literatura, de la gente a la que los libros le salvan del desconsuelo de existir. Al fin y al cabo, la literatura, la música y, en definitiva, el arte no tiene otro sentido. Cualquier estudio dará vueltas para entretenernos con las órbitas del arte, pero el contenido seguirá siendo la búsqueda de la felicidad. Incluso en momentos límites, momentos perversos, de maldad, cuando el resultado de lo que uno está viviendo se podría medir: se sabe cuánta gente pereció en campos de exterminio, cuántas familias se destrozaron. Y se sigue ignorando a qué se agarraron los que salvaron la vida, los que luego, como Levi, no fueron capaces de entender por qué ellos no habían muerto. Porque el límite de la literatura, la música, el arte, es la incapacidad de explicar el mal, que es medible, pero inexplicable.
Un libro es un relato breve que se construye a partir de un hecho pequeño, pero significativo, demoledor. Gaignault limpia la prosa para permitir que nos centremos en lo emocional, y añade alguna referencia a otros autores, como Shalámov, que vivieron experiencias semejantes a la de Levi. Los destellos de lo humano, que no siempre aparecen en los hombres, son lo que nos mantendrá a flote. Y estos destellos, esta humanidad, siempre tendrán que ver con el bien, con la bonhomía, con lo inconmensurable. Como nos recuerda, este precioso libro, a partir de uno de los casos más misteriosos de la historia de la literatura.


