JOSÉ LUIS MUÑOZ

No es el norteamericano Gus Van Sant (Louisville, 1952) un director que me entusiasme si exceptúo Mi Idaho privado y Elephant de su larga carrera como cineasta en la que abundan títulos inútiles como el remake plano por plano de Psicosis, que nada aportaba al original, o Milk sobre el primer político homosexual elegido para ocupar un cargo en Estados Unidos. El reclamo de basado en hechos reales de Prime crime pues casi es algo que me suele echar para atrás.

Prime crime: una historia verdadera, pone en imágenes un secuestro real ocurrido en la década de los 70 en la ciudad de Indianápolis en el que un ciudadano muy cabreado por una supuesta estafa bancaria, Tony Kiritsis (el sueco Bill Skarsgard, perteneciente a una saga de actores muy larga), secuestra a Richard Hall (Dacre Montogomery), hijo del banquero estafador, le coloca una escopeta al cuello que se disparará si intenta huir (eso me recuerda a los secuestros por parte del Front d’Alliberament de Catalunya del alcalde de Barcelona Viola y el empresario Bultó que terminaron descuartizados por sendas bombas colocadas en el pecho), exige que le devuelvan el dinero estafado, lo indemnicen y una reparación moral pública en la televisión local.

La película de Gus Van Sant reconstruye con precisión milimétrica el acontecimiento, el traslado de las oficinas bancarias en donde fue secuestrado el hijo del magnate a la vivienda del secuestrador, con su sequito policial que no osó intervenir por si se producía una desgracia (en la actualidad lo habrían freído a tiros) y los intentos de negociación por parte de los mandos policiales, las autoridades locales, el fiscal del distrito y el padre del secuestrado M.L. Hall (un Al Pacino crepuscular) que no se implica mucho en la salvación de su hijo.

En algún momento asoma algún rasgo paródico en esta comedia absurda que, en otras manos (pienso en los Cohen, especialistas en sacar punta a chapuzas criminales) habría resultado descacharrante, pero Gus Van Sant, centrado en una ambientación de época y en utilizar texturas diversas (emisiones de televisión, fotogramas congelados en blanco y negro), alarga la historia hasta lo indecible, se olvida de los secundarios (el policía Michael Grable, interpretado por Cary Ekwes, amigo del secuestrador, parece que va a tener un destacado papel en el desenlace del secuestro, pero no, se olvida de él) y centra todo en la relación entre víctima y victimario, del que poco o nada sabemos, que resulta tan larga como aburrida.

Carente de ritmo cinematográfico, y con una fotografía espantosa y sucia (imagino que buscada por mor del realismo documental del film), lo mejor de la última película de Gus Van Sant es el personaje de Fred Temple (Colman Domingo), el radiofonista  musical negro de voz tan profunda como Barry White, incrustado en la trama, al que admira Tony Kiritsis y lo quiere como mediador, y es la excusa que nos permite escuchar algunos de los hits parade de la época que consiguen que la narración cinematográfica desangelada de Gus Van Sant respire en algún momento.