Horacio Otheguy Riveira.
En Madrid se estrenó en 1983 en el María Guerrero -con la representación situada en el patio de butacas-. Sus dos actores: José María Rodero y Manuel Galiana, dirigidos por Emilio Hernández. En 2012, en el Canal, Miguel Ángel Solá y Daniel Freire, dirigidos por Mario Gas. De origen valenciano, en España siempre se ha representado con traducción del notable dramaturgo José María Rodríguez Méndez (1925-2009), autor entre muchas otras, de Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga (1965) y Flor de otoño (1973).
Es esta la primera vez que sus intérpretes son mujeres, manteniendo el estatus de actriz trágica, y altiva marquesa que la cita en su casa, así como también perviven algunas de las líneas maestras de la breve pieza original, dividida -sin pausa- en dos partes. En la primera, la actriz visitante es atendida por una criada japonesa en un ambiente de colorido ambiente, que la mucama descubre su verdadero papel, pues no es otra que la aristócrata, entusiasmada con entrometerse en las transformaciones teatrales.
Mientras que el original transcurre antes de la Revolución Francesa, la presente adaptación y dirección de Robert Torres genera desde el comienzo una afición por el anacronismo que daña el juego dialéctico, la brillantez de los diálogos. Con muy poco altera una época que se viste de otro tiempo con algunos elementos, pero en la que, desde el instante en que se saca de la cartera un móvil, El veneno del teatro se sumerge en un juego puramente sádico, tras el exótico invento japonés, que tampoco existe en la obra original.
En este juego se difumina la intensidad histórica para entrar en una psicopatía de hoy, poco verosímil: la señora de la casa desea que Gabrielle De Beaumont interprete para ella, en ese salón con su propio juego de luces, la muerte de Sócrates, envenenado…
El buen clímax escenográfico cumple una parte atractiva, pero para que se pueda llegar al final manteniendo cierto interés, todo se centra en la estremecedora labor de Silvia Maya, como Gabrielle, actriz de prestigio en las tragedias de Racine. Un personaje que nace con buena dosis de arrogancia, para avanzar sobre las ascuas físicas, emocionales e intelectuales que le pone la dueña de casa, embelesada con verla morir cual clásico terrorífico de Allan Poe. En ese proceso de cambio, Silvia Maya aprovecha al máximo el privilegio de interpretar a un personaje que va de la altivez al trágico abandono. Desde luego cubre de manera admirable los difíciles matices, encanta con su voz y los movimientos de las manos… y cuando ya no hay remedio, con el cuerpo entero abandonado como si se tratara de un movimiento de danza ante la perversa voluptuosidad del imperante sadismo.
Por su parte, a Marta Sangú le toca la parte menos agradecida, pues desde que descubre sus intereses va a tiro fijo en un mismo tono de morbosa superioridad.

Cuando la joven actriz aún tiene fuerzas para tratar de alterar a su favor, la omnipotencia de la marquesa.
Autor: Rodolf Sirera
Versión en castellano: José María Rodríguez Méndez
Dirección y adaptación: Robert Torres
Intérpretes: Silvia Maya (como Gabrielle De Beaumont), Marta Sangú (como La señora marquesa)
Diseño de escenografía: Llorenç Corbella
Diseño de iluminación: Elena Santos
Diseño de vestuario: Lluna Albert
Música: Marcelo Zarvos
Ayudante de dirección: Celes Galindo
Regidora: Ana Sampere
Técnico en gira: Guillem Fernández
Fotografía: Jesús Robisco
Comunicación: Raquel Berini
Producción ejecutiva: Marta Guzmán
Compañía: Cía Robert Torres
Producción y distribución: MGM Marta-Guzmán-Management
TEATRO FERNÁN GÓMEZ. SALA JARDIEL PONCELA. HASTA EL 3 DE MAYO 2026






