Por Jorge de Arco.
Volver a Rilke es sumergirse, cada nueva ocasión, en un universo creativo y humano de dimensiones excepcionales. La riqueza de su verbo, su dominio formal y lingüístico y el leve vuelo de sus acordados ritmos, invitan una y otra vez a su relectura. No es casualidad que Rilke haya dejado honda huella en tan variadas escritoras y escritores. Y, a buen seguro, que en su excelente y trascendente obra siempre quedará algún nuevo asombro que renueve nuestra admiración.
Ahora, la editorial Linteo, da a la luz un amplio volumen que recoge la primera etapa creadora del autor austriaco (1875 – 1926), del que se cumple este año el centenario de su muerte.
Componen esta compilación ocho poemarios: Ofrenda a los lares, Coronado de sueños, Adviento, Celebración de mí mismo, La princesa blanca, La tonada de amor y muerte del corneta Christoph Rilke, El libro de las horas y El libro de las imágenes.
Anota Antonio Colinas en su prólogo que, en este periodo de fructífera adolescencia, Rilke “nos va dejando también en sus poemas huellas, no muchas, de su propia vida de entonces: las imágenes religiosas en templos y monasterios, su casa en Praga, su frustrada experiencia militar y el deseo de otra vocación (“cuando esté en la universidad…”) o el viaje a Italia y a los paisajes de Bohemia, así como algunas lecturas (Horacio, Schopenhauer)”.
En su decir juvenil, caben, también, el desamparo, el sosiego, la penumbra, la complicidad, la seducción…., que hacen de su depurada voz un continuo disfrute. Porque Rilke no menudeaba nunca con su pluma, ni en sus apuntes, ni en sus cartas, ni en sus borradores. Su obra estaba por encima de cuanto acontecía en su derredor y, nada de lo escrito, resultaba inferior, aunque no fuese a ser publicado:
Uno, que viste blanca seda, reconoce que no puede despertar; pues esta despierto y desorientado ante la realidad. Así que huye, inquieto, en el sueño y se queda en el parque, solo, en el parque negro. Y la fiesta está lejos. Y la luz miente. Y la noche está cerca de él y es fría. Y pregunta a una mujer que hacia él se inclina
“¿Eres tú la noche?”
Ella sonríe.
Y entonces él se avergüenza de su traje blanco.
Y desea estar lejos y solo y en armas.
Todo en armas.
Su decir converge en una sensibilidad todavía tributaria del neorromanticismo, donde el pathos juvenil y una subjetividad intensamente expresiva configuran un yo lírico que oscila entre la exhibición sentimental y una incipiente tendencia a la disolución; en el conjunto, se advierte una imaginería aún convencional, sostenida por una musicalidad de clara ascendencia simbolista —próxima a las poéticas de Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine— que privilegia la atmósfera y la sugerencia por encima de la precisión conceptual. Sin embargo, bajo esa superficie retórica emerge ya esa citada religiosidad no dogmática, que anticipa el giro interior de El libro de las horas, en la que lo divino se desplaza desde la representación heredada hacia una experiencia más íntima y problemática. Así, pese a alguna limitación formal —a veces, una excesiva ornamentación; otras, una dependencia de modelos previos—, estos textos iniciales adquieren valor como espacio de tanteo donde se ensaya una transformación decisiva: el paso de una lírica de la expresión a una lírica de la atención, cuyo horizonte de radicalidad, en Las elegías de Duino, encontrará su plena realización:
De tu cuerpo las puertas están entornadas,
y húmeda
penetra la hiedra.
(…)
Mira,
esta corona es tan pesada.
Y la van a poner sobre ti,
esta pesada corona.
¿La puede soportar tu féretro?
Si se rompe
bajo el peso negro,
entra
en los pliegues de tu vestido
hiedra.
La delicada salud que debió soportar durante toda su existencia —depresiones, gripes…—, producto en buena medida de reacciones psicosomáticas a su complejo conflicto interior, le hizo muy sensible a la mortal condición del ser humano. «Vivir solo es el sueño de otro sueño», dejó escrito.
Aquí y ahora, puede hallarse su fluir depurado y personalísimo y la incipiente sutileza que acompañó el eco de un poeta tan imprescindible como necesario.

