Por Marina Díez.
El poema que da título al libro condensa esa idea desde sus primeros versos:
no se para el mundo por mucho que llores
ni aunque se te abra un cráter en el pecho
nada se para todo sigue nadie se percata.
En esos tres versos está el corazón del poemario. El dolor no altera el curso de las cosas. Mientras una persona intenta comprender lo que acaba de ocurrir, alguien ríe en un bar, alguien fríe unos filetes, una pareja se desnuda, los coches circulan, los trenes llegan a su destino. La vida sigue con una indiferencia casi insoportable. Esa conciencia atraviesa todo el libro y le da una unidad muy sólida.
La autora no busca construir un discurso brillante sobre la enfermedad. Escribe desde la necesidad. Los poemas avanzan con una naturalidad que, en ocasiones, se acerca más al pensamiento en voz alta que a la elaboración de una imagen poética. Y, precisamente por eso, cuando la emoción aparece, lo hace sin artificios.
El libro alcanza su mayor intensidad cuando permanece en el cuerpo, en aquello que sucede antes de que exista una explicación. El miedo repetido casi como un latido, la espera en una consulta, una cena cualquiera que deja de serlo, los pequeños gestos del cuidado compartido… Es ahí donde la poesía encuentra su lugar sin necesidad de subrayarse.
También resulta especialmente conmovedora la construcción de ese «nosotras» que atraviesa el libro. La enfermedad nunca aparece aislada; siempre está acompañada por una amistad que sostiene, escucha y permanece. Más que un libro sobre la pérdida de la salud, es un libro sobre la presencia del otro cuando casi todo empieza a faltar.
Hay momentos en los que el texto se vuelve más reflexivo y busca comprender lo que está ocurriendo mediante referencias filosóficas o meditaciones más abstractas. Son pasajes que amplían el horizonte de la obra, aunque, desde mi lectura, también hacen que pierda parte de la intensidad que alcanza cuando permanece en la experiencia inmediata. No porque estén fuera de lugar, sino porque la mayor virtud del libro reside precisamente en su capacidad para nombrar sin necesidad de explicar. Esa tensión entre la necesidad de comprender y la imposibilidad de hacerlo atraviesa toda la escritura. Al fin y al cabo, cuando la vida se rompe de forma inesperada, pensar también es una forma de intentar sostenerse.
No se detienen los arados no es un libro que aspire a la perfección formal ni creo que pretenda serlo. Su mayor valor está en la honestidad. No hay voluntad de embellecer el sufrimiento ni de convertir la experiencia en una exhibición literaria. Hay una escritura que acepta sus vacilaciones porque entiende que solo desde ahí puede acercarse a la verdad de lo vivido. El título, además, resulta especialmente certero. Resume una certeza difícil de aceptar: el mundo no se detiene por nuestra desgracia. Los arados siguen avanzando aunque alguien haya perdido para siempre el lugar en el que estaba. No es un libro que leería buscando el placer estético en un sentido tradicional. Es un libro al que merece la pena acercarse porque recuerda que la poesía también puede surgir cuando el lenguaje parece insuficiente para nombrar lo que sucede.
Y quizá esa sea la pregunta que permanece al cerrar sus páginas: en qué momento una experiencia deja de ser únicamente vivida para convertirse en literatura. Carolina Fernández Rodríguez no ofrece una respuesta definitiva. Pero sí demuestra que, a veces, basta con escribir desde la verdad para que la poesía aparezca.
NO SE DETIENEN LOS ARADOS
I
lo saben los flamencos que no se detienen los arados cuando alguien muere
ni aun cuando se muere quien más quieres
no se para el mundo por mucho que llores
ni aunque se te abra un cráter en el pecho
nada se para todo sigue nadie se percata
se oyen risas
por aquella esquina en el bar de abajo fríen filetes
¡otro pepito de lomo!
no cesa el hambre, no hay modo y en aquel rincón en penumbra se desnuda ansiosa
una pareja todo avidez todo premura
el sexo no se termina no se consume el deseo
aquí y allí se oyen voces se oyen cantos se oyen gritos
no se detienen los coches ni los trenes ni los aviones
no callan las campanas ni las sirenas ni las bocinas
no, no se detienen los arados
lo sabía pieter brueghel el viejo, también que no se detienen los arados
ni así se muera el mismo ícaro que voló con alas de plumas enceradas sobre el mar azul
que escapó de su encierro que desobedeció a su padre que osó elevarse hasta rozar el sol que transgredió las leyes de la física y las de la imaginación
y ni por él se detuvieron los arados al final,
pobre ícaro,
no era más que un poco de espuma blanca
sobre el mar azul
se cerrarán mis ojos se sellará mi boca se detendrán mis manos
y ni un verso más saldrá
de mi alma.

