Por Marina Diez.
Te cuento.
He estado leyendo No se detienen los arados y es un libro de poesía, pero no en el sentido de poema bonito o de imagen trabajada, sino de esos en los que la poesía aparece porque no hay otra forma de decir lo que está pasando.
Parte de algo muy concreto: un diagnóstico, dos mujeres, una amistad que se sostiene mientras todo se tambalea. Y desde ahí va escribiendo. A veces casi como si hablara. O como si pensara en voz alta porque no queda otra.
Como poeta, hay cosas que me interesan mucho y otras en las que me salgo un poco. Lo que más me llega es cuando el libro se queda en el cuerpo, en lo que pasa sin intentar explicarlo demasiado. Ahí sí hay poesía de verdad.
Por ejemplo, cuando aparece el miedo sin adornarlo, repetido, casi insistente, o cuando se cuela en escenas muy concretas, como una cena o una consulta. Eso está bien porque no intenta hacerlo más grande de lo que es.
También me ha tocado la relación entre las dos. Ahí hay un “nosotras” que sostiene todo el libro. No es solo enfermedad, es compañía. Es alguien al lado cuando lo demás no se puede agarrar. Y eso, como lectora, lo reconozco rápido.
Luego hay partes más reflexivas, más de querer entender lo que está pasando, incluso con referencias filosóficas. Como editora, ahí es donde veo que el texto se abre un poco y pierde algo de fuerza. No porque esté mal, sino porque lo que funciona mejor es cuando no intenta ordenar nada.
Pero también entiendo por qué está ahí. Porque cuando pasa algo así, una intenta agarrarse a lo que sea.
No es un libro redondo en el sentido técnico, pero tampoco creo que lo busque. Es un libro honesto, y eso pesa más que muchas otras cosas. No hay impostura. No hay intento de hacer literatura brillante con algo que no lo es.
Y luego está el título, que me parece muy acertado: todo sigue.
Aunque tú no estés en el mismo sitio.
Si te soy sincera, no es un libro que leería por placer en el sentido habitual, pero sí es un libro al que merece la pena asomarse. Sobre todo si te interesa cómo la poesía puede aparecer cuando ya no queda casi lenguaje.
A mí me ha dejado pensando en eso: en cuándo un texto deja de ser solo experiencia y se convierte en algo más. Y en lo difícil que es ese paso.

