José Luis Trullo.- A despecho de su nombradía, Francesco Petrarca apenas es conocido por el ‘gran’ público (me refiero al que aún lee libros impresos y se interesa por la ‘alta’ cultura, no por supuesto al que devora vacuas y efímeras novedades editoriales o se deja las pestañas ante las parpadeantes pantallas) gracias a los poemas de su Cancionero, una vasta y sublime colección de composiciones líricas escritas a propósito de su amor, tan realmente literario como literalmente real, por una tal Laura. Pocos son los que se han aventurado más allá: quizás se interesasen por Mi secreto, en la traducción que Rossend Arqués publicó en Cátedra junto a algunas de sus epístolas; por los Remedios para la vida que José María Micó colacionó, primero para Península y después para Acantilado; o, más recientemente, por La vida solitaria, en la magistral versión que el poeta Jesús Cotta realizó para Cypress Cultura, o por la de María José Martín Velasco de De su ignorancia y la de muchos, para el mismo sello. En cualquier caso, poca cosa, para la ingente voluminosidad del corpus textual del aretino; una escasez que dice mucho, y habla mal, de la cultura española contemporánea, ubérrima en atenciones para lo mediocre y ocasional, pero tacaña respecto a lo sustantivo y permanente.

Poco a poco, esta deuda se está empezando a saldar. Una de las mejores contribuciones hasta la fecha ha sido la traducción íntegra del Epistolario a cargo de Francisco Socas (Acantilado), a la cual se ha añadido la edición de los estudios reunidos de Francisco Rico en torno al autor de las Seniles (Arpa). Este año, este mismo mes, y al unísono, han visto a la luz dos volúmenes que vienen a proyectar nuevas y diversas luces a su figura y a su legado; unas luces de índole muy diversa y, en el peor de los casos, complementaria.

En efecto, por un lado, Amor y dolor en el Cancionero de Petrarca (Renacimiento) es un libro de la ‘vieja’ escuela, en el mejor de los sentidos: compuesto con primoroso esmero por un filólogo de espíritu humanista. Francisco Martínez Cuadrado, –en cuyo haber se incluyen una monografía sobre El Brocense y un estudio sobre la literatura del Siglo de Oro español– se ha dedicado durante su vida profesional a la enseñanza, y ello se trasluce en su capacidad pedagógica, su claridad expositiva y su férreo sentido de la organización temática. Además, un ingente trabajo acerca de las fuentes y referencias del poemario en cuestión le permite contextualizar cada una de sus afirmaciones, sin ocultar sus propias elecciones personales (por ejemplo, cuando afirma que Laura, contra lo que algunas barruntan, sí «existió») pero concediendo, como no puede ser menos, cancha a las ajenas. En las páginas del libro no encontramos solo análisis atentos de los temas anunciados en el título, sino también síntesis fecundas y reflexiones atinadas, de manera que logramos huir de la árida erudición para entrar de lleno en el ámbito del puro disfrute. De este modo, el libro, además de una guía de lectura útil y práctica, se revela como una experiencia literaria dotada de enjundia propia, plenamente recomendable tanto para el enamorado de la poesía universal como para quien desea aproximarse al conocimiento de la figura y la obra de uno de los nombres señeros de la cultura occidental.

Los lugares de Petrarca, por el contrario, es más bien un ensayo personal, escrito con una prosa preciosista y en ocasiones alambicada por un profesor universitario especializado en arquitectura, dueño de una solidísima cultura y una intrepidez intelectual dignas de admiración. Su aproximación a la figura de Petrarca es honesta y capta perfectamente las claves de su personalidad; ahora bien, estas virtudes quedan algo desdibujadas por la panoplia, ubérrima y apabullante, de sus referencias históricas, geográficas, filosóficas y de toda índole, de manera que, del volumen total de páginas del librito, apenas una tercera parte abordan lo que el lector espera encontrar, al menos, si se deja seducir por la portada del mismo. No soy yo enemigo de este tipo de aventuras hermenéuticas, al revés: me parecen necesarias, en la medida en que avalan la idea de que en diálogo con los clásicos se pueden pergeñar todo tipo de propuestas, desde las más convencionales hasta las más intrépidas. Sin embargo, no puedo ocultar mi decepción ante la desproporción entre lo que aquí se encuentra de, o sobre, Petrarca, y lo que el propio autor aporta de su cosecha. Ello, por no hablar de la sorpresa que me ha causado el que se citen pasajes de la obra del italiano sin que sepamos de dónde se extraen; las pocas palabras con que se ventila este asunto en apéndice, lejos de aliviar la preocupación del lector, no hace sino confirmar lo que ahí se afirma: que «acaso lo mejor sea seguir haciendo lo que hacían los antiguos, esto es, escuchar la voz del poeta» directamente en las fuentes, algunas de las cuales hemos citado al principio.

Sea como fuere, la coincidencia en el tiempo de dos novedades acerca de un autor del cual, hasta hace apenas una década, apenas contábamos con ediciones de su obra poética y una (bastante rácana y ya descatalogada) de su Prosa, no deja de ser un motivo de celebración para quienes todavía confiamos en la fertilidad intelectual, estética y espiritual del legado de Occidente.