Por Ana Isabel Alvea Sánchez.

EL NUEVO VITALISMO Y HUMANISMO DEL ARTE. LO SAGRADO Y LA PLENITUD DE LA DANZA.

Braulio Ortiz es periodista en la Sección de Cultura del Diario de Sevilla. Premio Unicaja de Artículos Periodísticos, Premio Ramón Salgado García de Periodismo, convocado con motivo de la Capitalidad Gastronómica de Sanlúcar de Barrameda, y accésit del Premio Paco Rabal de Periodismo Cultural. Como autor, ha publicado, entre otros libros, las novelas Francis Bacon se hace un río salvaje —Premio Andalucía Joven de Narrativa— y La fórmula Miralbes. También los poemarios Cuarentena y Gente que busca su bandera, elegido por el blog Estado Crítico el mejor libro de poesía editado ese año.

Si Gente que busca su bandera evocaba la educación recibida por mis padres —tal vez un rasgo generacional— en la conciencia de la dignidad humana y de la larga y difícil lucha por el logro de los derechos y libertades, Hombres que dicen Aleluya habla de una pasión que comparto: el baile. Me encanta bailar —lo hago constar en mi novela Mis tardes con Mateo—. El baile me transmite alegría, entusiasmo; me llena de energía positiva, aunque mis devaneos en la adolescencia con el ballet y, más tarde, con el flamenco, no resultaran muy fructuosos.

He sentido el vuelco que da bailar y cómo nos llenamos de belleza al contemplar un espectáculo de danza, con la capacidad expresiva que tiene el cuerpo. Recuerdo un pasaje de El guardián entre el centeno, en el que el rebelde y perdido adolescente Holden se siente feliz bailando. Hay algo primitivo en la necesidad de movimiento, al igual que en la de cantar: «quien canta, su mal espanta». Parece que nos viene de lejos, de nuestros más remotos orígenes.

Braulio levanta un monumento de palabras a la belleza: la que nos otorga la danza, pero también la que se origina en el afecto y el calor de los otros; esa fraternidad, pilares ambos que sostienen nuestra vida. Viene a defender el amor y la pasión que provoca el Arte, una cura y una salvación. Aunque se centra en la danza, bien podría extenderse a la música, al teatro o a la literatura: el Arte que sana nuestras heridas —o, al menos, las hace más digeribles— y nos hace sentir la vida con más intensidad; nos ayuda a resistir los avatares y nos aporta un nuevo vitalismo, incluso un nuevo humanismo.

Los protagonistas forman parte de una compañía de danza. Los poemas logran transmitirnos la emoción de sentir la vida —y su alegría— con mayor plenitud cuando bailan, conectando con lo sagrado. Estos bailarines, que forman un círculo en la coreografía, nos recuerdan el cuadro La danza, de Matisse: compañeros que se sienten como una familia.

Llaman la atención las acotaciones entre paréntesis al inicio de algunos poemas, propias de las obras teatrales. Así, en su poema «Comienzo»:

(Se encienden las luces. Una voz en off recita este poema. Siete bailarines, repartidos por el escenario, atienden sin moverse. Después, una vez que ha regresado el silencio, rompen a bailar).

Con cierto estilo narrativo, un lenguaje directo y cuidado, e imágenes certeras y precisas, va enlazando los diferentes personajes y apartados de este poemario para ofrecer una unidad coherente y compacta en su estructura, que se ramifica en distintos temas: «Gennaro. Bailarín 1. En qué consiste el tiempo»; «Mateo. Bailarín 2. Quien no baila está muerto»; «Théo. Bailarín 3. Los círculos concéntricos»; para terminar con «Enrique. Un espectador. Siete hombres que bailan».

Gennaro encarna el paso del tiempo, la vejez y su decadencia: «Soy madera que cruje (…) / Un soberbio magnolio / camino de la tala».

Si cualquiera siente angustia ante la suma de los años, para un bailarín supone la muerte, el final de su carrera, porque «un bailarín no vive si no es visto». Será la mano de un colega, de un amigo de su compañía, quien lo rescate de pensamientos lúgubres y lo reavive; quien le provoque cambiar su punto de vista y enfrentarse al alacrán del tiempo con optimismo y aceptación: «En el aliento del otro / se hace carne / se hace roca».

Así descubre la belleza de los cuerpos rendidos y la sabiduría que otorgan los años.

A Mateo, cada vez que baila, le invade un sentimiento de lo sagrado, como si dijera «aleluya», y recuerda a su madre: mujer soñadora que le transmite el amor y la pasión por el baile, por el cine y el teatro. «Quien no baila está muerto», le decía. «¿Por qué estamos aquí / si no es por la belleza?». Cada función se la dedica a ella, cuya influencia lo ha moldeado en lo que es hoy, y redime su sentido de culpa por cierto conflicto que lleva dentro. Resalta el contraste entre los soñadores y artistas frente al gris y adusto mundo del capital.

En la tercera parte asoman la burla de los demás y el acoso a causa de la tartamudez de Théo; esa soledad y aislamiento de la infancia, hasta que conoció el baile:

Dejaba de ser isla,
alzaba un puente:
ese friso
que trazaba en el aire
me sirvió de alfabeto.

La alegría de moverse y llegar a ser círculos concéntricos con los otros.

Subyace, en el poema IV de Théo, una crítica al pensamiento imperante en nuestra sociedad occidental y consumista. Lo valioso en la vida no será el triunfo ni tampoco el dinero: «… la derrota verdadera / es comprobar que te has quedado solo».

Se cierra este círculo de bailarines —otorgando también una estructura circular al poemario— con el gesto de Théo, quien da la mano a Gennaro para salvarse ambos, para formar el bosque, la hermandad.

Ultima el libro la mirada y el latido del espectador al contemplar la escena: un paisaje capaz de hacerte olvidar la fealdad y el dolor, «inventando otros modos de prolongar la infancia». La danza de la vida, como en el cuadro de Henri Matisse, con su alegría y fraternidad. Ese canto que nos dice, en versos de Braulio:

Sí,
estamos a salvo,
ha valido la pena
este viaje,
los hombres somos una especie digna.

Un libro muy emotivo que defiende la necesidad de la belleza, del Arte y del amor o amistad —y apoyo— de los otros para saber, y poder, vivir. El Arte como un nuevo vitalismo y también un renovado humanismo.