Josefina Aguilar Recuenco (Almería, 1971) es licenciada en Comunicación por la Universidad de Sevilla y profesora de fotografía para alumnos de Formación Profesional, su mirada estética y literaria ha eclosionado de forma rotunda en los últimos años, cosechando algunos de los galardones más prestigiosos de nuestras letras casi de forma consecutiva. Recientemente se ha alzado con el XVIII Premio Internacional de Poesía Blas de Otero–Ángela Figuera 2025 con la obra Solo soy quien nada (de próxima aparición), un hito que se suma al VII Premio Internacional de Poesía Juan Rejano 2025 por La eternidad menguante —título editado por el sello Pre-Textos que hoy nos convoca en esta «Primera Impresión»— y al XLII Premio Leonor de Poesía 2023 por Leonora dentro. Esta asombrosa concatenación de reconocimientos viene a confirmar un talento que ya había llamado la atención de la crítica: en 2023, la revista Librújula la seleccionó entre las siete mujeres poetas imprescindibles, y figuras de la talla de Aurora Luque han recomendado fervientemente obras suyas como Aubade (2023). Autora también de títulos como Hiroshima no me deja dormir (2022) o Fantasmas de la Atlántida (2022), Aguilar Recuenco compagina su labor docente con una intensa presencia literaria que la ha llevado como invitada a foros como el Encuentro Iberoamericano de Poesía de la Universidad de Salamanca o la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Hoy se asoma a nuestra sección para desentrañar los hilos de su poesía, una obra donde la contención visual, la memoria y el pulso del tiempo convergen de manera magistral.
La extrañeza es el lugar del que parto cuando escribo
Javier Gilabert: ¿Por qué La eternidad menguante y por qué ahora? ¿De dónde surge la urgencia íntima de cantarle a un tiempo absoluto que parece ir apagándose o estrechándose?
Josefina Aguilar Recuenco: El motor que dio empuje a La eternidad menguante fue una inmersión más profunda en la extrañeza, que para mí es un lugar de partida siempre. Esta vez quería atravesar nuevos límites en eso. La extrañeza es el lugar del que parto cuando escribo, exige un vaciamiento, un anonadarse, llevarme a ese primer momento en que la relación con lo otro carece aún de nombres, carece de límites, solo está lo sagrado, sin nombrar. Y esa extrañeza respecto de lo otro me conecta con la extrañeza de lo propio, de la identidad adquirida, y ahí se da una disolución alucinada como punto de partida para que pueda emerger la poesía.
Reconozco en esa extrañeza la posibilidad de retornar a lo sagrado. En este proceso que dio lugar a La eternidad menguante una imagen se reactivó en mí, la de un sueño (de una única escena) que tuve hace años y que me impactó, de ese tipo de sueños que reconoces como visión: me vi siendo una niña, en un momento primitivo de la historia de la humanidad en que, agachada, la niña contemplaba eso azul inmenso y no sabía qué era, y se hacía presente la potencia de la extrañeza, de un asombro inédito, poderosísimo, en esa experiencia de no saber qué, quién era eso azul, ese momento sagrado en que aún ni la mente ni el lenguaje limitaban diciendo es el mar.
En la escritura de La eternidad menguante me llevé a ese lugar, a ese estar agachada ante eso azul, me llevé a vaciarme de reconocer, de saber, me llevé a “la bobería de ser”…y conduje esa potente escena a algo más que el mar, agacharme ante la luz, ante la sombra, ante el tiempo… y no saber nada de nada, tocarle el rostro a la vida desde la radical perplejidad… y que desde eso naciera el viaje que dio como resultado este libro. En esta radicalidad me resultaba muy difícil sostener la escritura. Sentía que, a medida que avanzaba, me caía de una cuerda floja, me ayudé de un contexto, la fotografía, y de un personaje que emocionalmente también transmite extrañeza, Lewis Carroll. Entré simbólicamente en un estudio fotográfico, en un espacio oscuro, y dejé que emergiera lo radicalmente imposible y que toda esa escritura que ahora es el libro fuese obediente a la suma extrañeza, al extremo anonadarse.
Ese texto y el espacio en blanco a los lados son una misma escritura
Al asomarnos a las páginas del libro, hay algo que impacta de inmediato: la caja de texto es insólitamente estrecha. ¿Responde esta radical estética visual, casi un hilo vertical de palabras, a una necesidad rítmica o es una metáfora formal de esa misma «eternidad» que mengua, como en un reloj de arena?
Ese texto y el espacio en blanco a los lados son una misma escritura. Hay algunos libros que me nacen así. Cuando me pongo a escribir abordando una nueva exploración, la escritura llega con un tono determinado y de ese tono surge una torsión de forma. Reconozco intuitivamente cómo el texto llega, su caudal, y cómo he de ofrecerle sin resistencia la vía para que se muestre en la página, entonces procuro interferir poco y con delicadeza sobre esa fuerza tonal. Cuando llega la hora de publicar, alguna vez he probado a dar una forma más ortodoxa a los textos, pero los textos se rebelan, se niegan a obedecer formalismos, y yo les obedezco.
Esta forma de columna textual y de vacíos a los lados entiendo que es similar al estado mental en que la escritura pasa por mí: abro el grifo, el agua es una continuidad, el texto salpica en el vacío, el vacío enfatiza la potencia del caudal… Es un caudal hecho de lo fragmentario, surgen aforismos que se engarzan a hilos conductores, lo fragmentario se hace continuidad casi salvaje, un río que empuja la escritura.
Siendo profesora de fotografía, sabes bien cómo el «encuadre» recorta, aísla y dota de sentido a la realidad. ¿Hasta qué punto tu mirada fotográfica ha determinado este implacable encuadre en blanco que cerca a tus poemas?
La fotografía, como dices, es exactitud. La medición, la proporción, todo esto lo observaba desde la infancia: mi madre comenzó a hacer fotos con una cámara réflex que le trajo mi padre de Japón. Ella medía la distancia para calcular el enfoque, los diafragmas, la luz… A mí todo aquello me llamaba mucho la atención, su precisión en cada toma, el tiempo que invertía, el silencio que el acto fotográfico imprime, y sobre todo me dio un aprendizaje: la medida de la observación. La eternidad menguante requería de una observación muy precisa, de una medición
muy exacta, la medida de lo intuitivo, sin acercarme demasiado al foco que ilumina la escena. Esa distancia respecto de lo observado ha podido también imprimir un efecto visual: textos que se sostienen en el vacío, que atraviesan un espacio, textos que no permiten la entrada de otro manejo que no sea lo que el propio torrente textual pide.
A un río no se le da forma, se le ayuda en el transcurrir
Con un molde visual tan ceñido, ¿cómo ha sido el proceso de escritura y corrección? ¿Sientes que en esta obra has tenido que esculpir el poema quitando palabras hasta llegar al hueso de la luz?
En el proceso de pulido extraje alguna escena porque en algún punto se descolgaba de esa tensión mantenida a lo largo del libro. Lo que llamas molde visual ceñido lo entiendo más como un río, un río puede ser estrecho, esa estrechez va a imprimir una tensión concreta al caudal, al curso del agua. Trato la corporalidad de los textos que me nacen con esta cadencia en prosa como agua: fluidez, tensión, caída, flujo… y hago por ser fiel a ese río, no interferir en su personalidad, no ponerle diques. A un río no se le da forma, se le ayuda en el transcurrir.
Respecto a llegar al hueso de la luz, en La eternidad menguante me sucedió algo muy diferente a lo que me ha pasado en otros libros, el proceso de escritura fue una inmersión muy peliaguda, un parto tenso, sosteniéndome en un frío que hasta ese momento no conocía, la hoja era una cuerda floja y el pulido fue más una fase en la que dar casa a los textos, dar estructura, sostén a todo eso que había brotado conectado al inconsciente.
Tanto en la fase de creación como en la fase de pulido mi posición es de extremar la vigilancia, atendiendo a que lo lógico no tome al lenguaje, que lo lógico esté solo en la trayectoria del lenguaje, en los lugares por los que pasa. Hay dos líneas que manifiestan los textos de La eternidad menguante, y he de mantenerme fiel a ambas, la línea del inconsciente y la línea de la lógica que atraviesa esos textos. Esto obviamente lo puedo deducir de lo que ha sucedido en el proceso, porque mientras escribes sucede sin premeditación.
Cuando entrego un libro al mundo entrego un viaje de introspección
¿Qué efecto íntimo o físico esperas provocar en el lector cuando sus ojos tengan que descender por esa columna tipográfica, dejándose llevar por esa respiración entrecortada?
Si los textos producen la extrañeza asombrada que me provoqué al escribir creo que no se ha roto la cadena que conecta a quien escribe con quien lee. Que quien lee La eternidad menguante se vea inmerso en esa luz de la perplejidad, eso es dar continuidad al milagro de lo que sucede cuando la poesía es. Si logro estar en ese milagro, que la poesía me encuentre y atraviese, que sea yo su estación de paso y que se mantenga un hilo de lo sagrado que nos es inatrapable, creo que entre quien escribe y quien lee logramos que ese artefacto maravilloso llamado libro se mantenga en la pureza de ser más allá de nosotros. Respecto a La eternidad menguante puedo decir que, tras la exigencia a la que me llevo cuando evalúo si es merecible lanzarlo al mundo y que lo lean otros, no se ha roto el hilo.
Cuando entrego un libro al mundo entrego un viaje de introspección, una conexión con lo desconocido, y he de medir si eso escrito en la intimidad merece ser ofrecido al otro. Si un libro no me traslada de lugar, no me saca de mí para entrarme en otro mí más hondo, para qué abrirlo al mundo.
Te pongo en el clásico aprieto de ‘Primera Impresión’: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas o tres de estos «hilos» verticales de La eternidad menguante, ¿cuáles serían y por qué?
Sesión fotográfica a la oscuridad, Sesión fotográfica al infierno y Sesión fotográfica a un agujero, porque supusieron llevarme un paso más allá. La oscuridad y el agujero, escenas sin luz, ¿cómo se fotografía sin luz, cómo fijar algo sin el elemento luz? Y el infierno, contar con una luz que arrasa la escena. Me interesa partir de esas negaciones.
No creía que podría escribir desde el tono frío de la observación
El libro llega avalado por el VII Premio Internacional Juan Rejano y el prestigio del sello Pre-Textos. Vienes además del rotundo éxito de Leonora dentro (Premio Leonor 2023). ¿Sientes que hay un cordón umbilical entre la voz poética de tus libros anteriores y la extrema contención de este?
Leonora dentro y La eternidad menguante están conectados. Son dos temperaturas, uno es ardiente y el otro frío. No creía que podría escribir desde el tono frío de la observación, el tono cálido me ayuda a que emerja con fuerza la poética, pero aun siendo dos libros muy diferentes en la colorimetría ambos comparten la convocatoria espacial, la impronta escénica, la invocación de lo extraño y ese viaje inmersivo para crear un nuevo orden que me arrastra mientras se hace la escritura. Ambos están movidos por la fuerza de llevarme a romper los límites del lenguaje y a crear un universo no predecible ni sabido.
Tienen que ocurrir muchas cosas que se salen totalmente del control de quien escribe
Por si fuera poco, acabas de alzarte también con el XVIII Premio Blas de Otero por la obra Solo soy quien nada (que verá la luz en 2026). Encadenar estos galardones mayores es un hito al alcance de muy pocos. ¿Cómo convive el silencio reflexivo que exige la escritura con el ruido gozoso del éxito literario?
Lo celebro. Celebro el milagro, porque tienen que ocurrir muchas cosas que se salen totalmente del control de quien escribe… Poner todo en esa creación, llevarte a lugares de ti inéditos, y después lanzarlo al mundo y a ver qué sucede, lo vivo como un juego, como quien lanza un balón al mar y ves que retorna a la orilla y lo vuelves a coger, y sigues jugando. La verdad, es algo que ni soñaba podía pasar con lo que escribo. Me siento agradecida, sobre todo por la dicha de verme en esa locura que es escribir, me pregunto cómo me he unido a este latido, este amor que es hacerme receptiva y atenta a que emerja la poesía y verle la cara al poderoso inconsciente. Y todo esto, más que éxito lo vivo como el juego de la vida. Se trata de eso tan maravilloso que forma parte de lo que no sabemos y verme en ese desconcierto y celebrar esta locura es una bendición en mi vida. Y todo este milagro pues es la continuidad del milagro de escribir: ese proceso en que estás en el mundo sin estar en el mundo.
La poesía me abre puertas
Tu obra viene recibiendo el aplauso unánime de la crítica y el respaldo de compañeras como Aurora Luque, quien recomendó fervientemente tu Aubade. Además, Librújula te situó entre las poetas imprescindibles. En un ecosistema literario a veces áspero, ¿qué valor le otorgas a esta genealogía y apoyo mutuo entre mujeres creadoras?
Estoy muy agradecida a la generosidad, en el caso que nombras, de Aurora Luque, Premio Nacional referente, que me sorprendió recomendando Aubade. Teniendo en cuenta que soy algo reciente en estos mares, la poesía me abre puertas, es generosa. Y en general, es un tiempo en que las mujeres nos celebramos, y es justo que nos celebremos y de esa celebración también nace el apoyo porque lo entendemos como una continuidad, la voz de todas las mujeres contiene la voz de la mujer, desde siempre, y emergiendo desde esos otros tiempos de la historia.
Con este asombroso aluvión de premios y publicaciones, ¿supone este 2026 el punto de inflexión definitivo en tu trayectoria poética? ¿Y a partir de ahora, qué?
Seguir indagándome en la poesía, en lo que me quiere decir, en lo que me enseña, en su propuesta de desnudez y esencia, en su verdad: que yo no sea interferencia para que la poesía sea. Escribir poesía es un viaje de autorrevelación.
Respecto a qué escribo ahora, pues en este tiempo hago minucias poéticas, pequeños verbos que se niegan a ser acción, digamos, algo cercano al aforismo. Y por otro lado sigo con procesos de escritura marcados por campos de indagación concretos, lo que reconozco como escritura de transferencia, como lo reflejan los libros Leonora dentro, La eternidad menguante y otros que aún están sin publicar. Se trata de una escritura donde reconozco una energía psíquica en un otro como mito, una fuerza dramática, y de esta manifestación, a modo de espejo, surge un universo que en apariencia no tiene que ver con un yo lírico propio pero se da una convergencia psíquica y eso es un campo muy poderoso y que me lleva a desplegar universos. ¿Qué es del otro, qué es de mí? Es como si me mimetizara con ese mito psíquico y emergiera un texto que de algún modo nos redime a quienes ahí nos convocamos.
De publicaciones, en este 2026 llegará pronto un libro en Varasek, escrito durante un viaje a India, y también la publicación del que ha sido premiado en el Blas de Otero-Ángela Figuera: Solo soy quien nada, un libro muy conectado a la dicha.
Por último, en tu condición de lectora, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?
Me gustaría nombrar a más de uno porque me interesan sus poéticas pero voy a nombrar a Iván Onia porque hace poco estuve desayunando con él y me contó secretos de lector muy particulares. Aconsejo leerlo. Uno de sus libros de poesía: Canto a quien, en Ultramarina, es un homenaje magnífico a Walt Whitman y el más reciente: Donde el amor inventa su infinito, que aunque su formato se vincula con narrativa es pura poesía, en esta ocasión muy traspasada por Umbral.
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Tres poemas de La eternidad menguante









