Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

En la película Simona Kossak, el director Adrian Panek no construye simplemente una biografía. Levanta, más bien, una elegía filosófica sobre la fractura entre el ser humano y la naturaleza. Su filme se despliega como una experiencia sensorial donde el bosque no funciona como escenario, sino como una conciencia viva que respira, juzga y finalmente absorbe a la protagonista. En este sentido, la historia de Simona Kossak deja de pertenecer al terreno del drama histórico para ingresar en el mito chamánico contemporáneo.
La gran paradoja que sostiene la película nace de la propia genealogía de Simona. Descendiente de la legendaria dinastía pictórica de los Kossak, artistas que glorificaron caballos militares, aristócratas y escenas de caza, ella representa una inversión moral de ese linaje. Mientras Juliusz Kossak y Wojciech Kossak inmortalizaban animales sometidos a la épica humana, Simona abandona la comodidad burguesa para defender precisamente aquello que sus antepasados convertían en trofeo: la libertad salvaje. Panek convierte esta herencia en un conflicto psicoanalítico devastador. El apellido Kossak aparece como una prisión simbólica; una maquinaria afectiva donde solo el talento artístico merecía amor. La incapacidad de Simona para satisfacer las expectativas de su madre produce en ella una herida narcisista que la expulsa del hogar y la empuja hacia el Bosque de Białowieża, último vestigio del bosque primigenio europeo.
La cabaña de Dziedzinka emerge entonces como el símbolo central de la película. Sin agua ni electricidad, esa ruina forestal funciona como un útero materno alternativo. Frente a la casa aristocrática de Cracovia, espacio de juicio y castración emocional, el bosque ofrece silencio, oscuridad y refugio. Panek filma la madera húmeda, las ventanas empañadas y el humo de la chimenea con una textura casi uterina, como si Simona estuviera regresando a un estado prenatal lejos del mandato civilizatorio. Allí ocurre una de las tesis más radicales del filme: la naturaleza no aparece como algo exterior al sujeto, sino como la posibilidad de reconstruir una identidad rota.
Ese tránsito alcanza su dimensión mística en la secuencia de la hoja “chamánica” del bosque. Asociada al arquetipo eslavo del Árbol de la Vida, la experiencia psicodélica no es tratada como evasión, sino como disolución del ego moderno. Simona deja de observar científicamente el ecosistema para integrarse en él. Panek filma el follaje, el sonido húmedo de las ramas y los cuerpos animales mediante encuadres fragmentados que suspenden la frontera entre conciencia humana y materia orgánica. La escena propone una crítica frontal a la racionalidad occidental: el bosque no puede comprenderse desde la dominación analítica porque el observador también pertenece al organismo que intenta estudiar.
La fotografía de Lech Wilczek introduce otro símbolo esencial: la cámara como redención de la mirada. Durante toda su infancia, Simona había sido invisible para su madre; un “patito feo” condenado a la insuficiencia afectiva. El lente de Wilczek revierte esa condena. Por primera vez alguien la contempla sin exigirle convertirse en artista, aristócrata o esposa ejemplar. La cámara deja de ser instrumento de captura para transformarse en un acto de reconocimiento amoroso. En términos psicoanalíticos, Wilczek funciona como el “testigo empático” que recompone el yo fragmentado de Simona.
Sin embargo, Panek evita romantizar completamente la relación. Las tres escenas eróticas que estructuran el filme representan distintas etapas de evolución psíquica. La primera posee una energía catártica: el cuerpo de Simona se libera de décadas de represión burguesa. El sexo es ruptura social, profanación del mandato familiar. En la segunda escena, el contacto físico abandona la rebeldía para convertirse en refugio emocional; el cuerpo ya no es arma contra la sociedad, sino territorio de intimidad y reparación afectiva. Pero la tercera escena introduce una tensión más compleja: Simona teme que incluso el amor pueda convertirse en otra forma de domesticación. Panek muestra entonces el erotismo como un espacio de negociación entre deseo y libertad. El bosque sigue siendo su prioridad absoluta.
La película adquiere enorme profundidad simbólica cuando los animales comienzan a reflejar la estructura emocional de la protagonista. El jabalí Żabka, los linces, los peces de río y especialmente los corzos funcionan como proyecciones de una subjetividad herida. Los corzos, criaturas extremadamente vulnerables, representan la inocencia del bosque frente a la brutalidad humana. En varias escenas, Panek los filma con movimientos lentos y silenciosos, casi espectrales, estableciendo un paralelismo directo entre Simona y los animales perseguidos por cazadores y burócratas forestales. Ambos existen fuera de la lógica del poder.
Aquí aparece uno de los símbolos más feroces del filme: el eco del cuadro y concepto de Powrót z polowania (“Regreso de una cacería”). Esa tradición pictórica aristocrática celebraba el dominio humano sobre la vida animal. Simona, en cambio, rechaza la glorificación de la caza y abraza una ética de coexistencia horizontal. El filme propone así una inversión filosófica fundamental: la civilización no representa evolución moral, sino sofisticación de la violencia contra la naturaleza.
La ironía alcanza su punto más brillante cuando Panek introduce, antes de comenzar el largometraje en un reconocimiento al Cine Magaly en Costa Rica, la mención satírica a Jurassic Park y a Isla Nublar. La referencia funciona como una metáfora contemporánea del impulso humano por mercantilizar lo salvaje. Así como el parque jurásico pretendía transformar criaturas ancestrales en espectáculo corporativo, los administradores forestales del filme conciben Białowieża como un recurso económico y turístico que debe regularse y explotarse. La sátira de Panek denuncia una mentalidad profundamente antropocéntrica: la obsesión humana por convertir toda forma de vida en propiedad.
En este punto, la película se conecta indirectamente con el histórico programa televisivo Z kamerą wśród zwierząt y con figuras mediáticas como Antoni Gucwiński y Hanna Gucwińska. Mientras aquel programa divulgaba animales desde una perspectiva masiva y antropocéntrica, el animal observado como objeto pedagógico, Simona rechaza toda distancia jerárquica. Ella no quiere exhibir la naturaleza: quiere pertenecer a ella.
La música de la película, compuesta por Alex Gruz y acompañada por blues y rock psicodélico polaco de los años setenta, termina de construir esa filosofía salvaje. Canciones como Zielono mi transforman el color verde en un estado mental de curación; no es casual que aparezca cuando Simona abandona Cracovia para entrar en el bosque. Por su parte, Biel convierte la nieve y el aislamiento en símbolos de despojo espiritual. La naturaleza no es romántica ni complaciente: exige resistencia física y emocional.
Más desgarradora aún resulta W co mam wierzyć, verdadero himno existencial de la película. La canción acompaña el conflicto entre Simona y las estructuras institucionales que mercantilizan el bosque. Allí el filme formula una pregunta ética devastadora: ¿en qué creer cuando la ciencia, el Estado y la civilización justifican la destrucción de aquello que hace posible la vida?
Finalmente, Słuchaj rytmu sintetiza el mensaje espiritual del filme. “Escuchar el ritmo” significa reaprender el lenguaje biológico que la modernidad olvidó. El bosque posee pulsaciones, ciclos y frecuencias que la sociedad industrial ha dejado de percibir. Panek convierte el sonido de lobos, ramas y respiraciones animales en una especie de liturgia pagana. La banda sonora no acompaña la naturaleza: habla desde ella.
La fotografía de Jakub Stolecki constituye uno de los elementos más sobresalientes de la película. La cámara utiliza luz natural, niebla, nieve y primeros planos de fauna para transformar el Bosque de Białowieża en una entidad casi consciente. Los encuadres contemplativos recuerdan por momentos al cine de Andrei Tarkovsky y Terrence Malick, especialmente en la forma en que la naturaleza absorbe emocionalmente a los personajes. El montaje de Piotr Kmiecik evita el ritmo biográfico convencional. Panek privilegia silencios, respiraciones y secuencias sensoriales donde el bosque habla más que los diálogos. La película no busca narrar únicamente hechos históricos; intenta que el espectador “habite” el ecosistema emocional de Simona. Musicalmente, aunque la banda sonora original pertenece a Bartosz Chajdecki según los créditos oficiales, el filme incorpora piezas fundamentales del blues y rock psicodélico polaco de los años setenta, especialmente canciones de Breakout y Andrzej Dąbrowski. La música no funciona solo como ambientación temporal, sino como expresión del deseo de libertad y ruptura espiritual de Simona frente a la sociedad industrial y patriarcal.
La participación de Fundusz Żubra como patrocinador del proyecto añade una dimensión política concreta. La película no es únicamente una obra artística; funciona también como manifiesto ecológico sobre la preservación del bisonte europeo y los últimos ecosistemas primarios del continente. Pero el mensaje ambiental de Simona Kossak va más lejos que el activismo convencional. La película no pide simplemente proteger el bosque: exige desmontar la idea misma de superioridad humana.
Por eso el filme culmina como una experiencia profundamente filosófica. Panek parece sugerir que la tragedia de la civilización moderna consiste en haberse separado espiritualmente del resto de las especies. Simona, al convivir con corzos, linces y jabalíes, no regresa a un estado salvaje inferior; recupera una forma perdida de conciencia. Su exilio en Białowieża no es una huida del mundo, sino una renuncia radical al delirio humano de dominación.
En el fondo, Simona Kossak plantea una pregunta incómoda y urgente: quizás el problema ecológico nunca fue únicamente la destrucción de los bosques, sino la arrogancia metafísica de una especie que olvidó que también pertenece a ellos.
La película biográfica dirigida por Adrian Panek se consolidó como una de las producciones polacas más relevantes de 2024 por su mezcla de drama psicológico, ecología filosófica y retrato histórico de la científica Simona Kossak. Su propuesta estética combina realismo naturalista con momentos de lirismo chamánico y contemplativo.
Datos técnicos principales.
Título original: Simona Kossak.
Año: 2024.
País: Poland.
Duración: 100 minutos.
Género: Drama biográfico / histórico / ecológico.
Dirección: Adrian Panek.
Guion: Adrian Panek, basado en la biografía de Anna Kamińska.
Fotografía: Jakub Stolecki.
Montaje / Edición: Piotr Kmiecik.
Música: Bartosz Chajdecki.
Diseño de producción: Agata Adamus.
Vestuario: Kalina Lach y Paulina Sieniarska.
Productoras: Balapolis, Polish Film Institute, Wytwórnia Filmów Dokumentalnych i Fabularnych, Krakowskie Biuro Festiwalowe.
Distribución: IKH Pictures Promotion.
Apoyo ecológico: Fundusz Żubra.

