JOSÉ LUIS MUÑOZ
Uno de los deportes más salvajes del mundo, porque sus reglas son que no tiene apenas reglas, más terrible incluso que el kickboxing, son las artes marciales mixtas, en sigla MMA: puñetazos sin guantes que amortigüen los golpes, patadas voladoras, llaves inglesas, estrangulamientos…
Beast, título muy adecuado a lo que se espera, con un guion en el que ha colaborado un Russell Crowe nostálgico de Gladiator en un estado físico bastante penoso (me temo que no es un efecto especial), que se reserva el papel del entrenador Sammy, es una salvajada bien filmada, que conste, un alegato a la violencia, que está en el ADN de la sociedad norteamericana aunque aquí el héroe, el gladiador pugilístico, el director de la función y el guionista sean australianos, y el villano que deberá ser apalizado de forma ejemplar, sea yanqui.
Patton James, alias The Beast (Daniel McPherson, actor todo músculo con notable parecido a Hugh Jackman en rostro y cuerpo), un campeón de esa variante de boxeo extremo que se ha retirado para casarse, ser buen cabeza de familia con una mujer muy guapa y dos hijos encantadores, aunque no acaba de encajar en su faceta de pescador de altura (no le parte la cara al patrón del barco de faenar de milagro), vuelve a la pelea cuando su descerebrado hermano Malon (Mojean Aria) muere en un combate clandestino contra Xavier Grau (Bren Foster) —una de las excentricidades del film, un yanqui con nombre y apellido catalanes, que es el villano de la función— el subcampeón del mundo de MMA que se la tiene jurada al campeón y no deja de provocarle para obtener de él una revancha.
La película del australiano Tyler Atkins va de la resistencia de The Beast a volver al cuadrilátero, que finalmente pisa por la pasta y por venganza en un magno combate a celebrar en Bangkok. No hay ninguna sorpresa en el final previsible cantado desde el inicio, espectacular apoteosis de puñetazos y patadas que dejan convertidos en pulpa los rostros de los contendientes, y cada impacto resuena. Beast es un festival testosterónico al que se suma, en la distancia, por el televisor en el que ve el combate, la encantadora esposa del luchador (Kelly Gale) que, hasta el último momento, estuvo disuadiendo a su marido de que tornara a la lucha y finalmente lo anima a que se parta la cara. El espectador sale del cine palpándose rostro y músculos y comprobando, satisfecho, de que está entero y no ha sido alcanzado por ninguno de esos golpes terroríficos o esas patadas voladoras capaces de arrancarle la cabeza a uno. Tyler Atkins no es Martin Scorsese como Beast no es Toro salvaje, ni siquiera Rocky, pero como espectáculo cinematográfico y apología de la violencia extrema funciona y lo malo del caso es que más de un espectador le dirá a su entrenador personal que lo adiestre en la disciplina de esa lucha terrorífica: MMA.

