
Javier Recas Bayón.- La obra de Ángel Guinda sigue agrandándose con los años, más allá de su fallecimiento. Las razones de ello no sólo obedecen a su aclamada calidad literaria, también, seguramente, tienen mucho que ver con su idea de la poesía como una invitación a la vida, con su manifiesta pasión por ella sin abjurar de un inextinguible asombro, así como su lúcida percepción de la muerte. Su vínculo con la poesía nunca fue instrumental. Vivió vida y poesía como inseparables: “Solo vivo por y para la poesía. Ella me mata y resucita cada día”, “Escribo para no morir. Sin embargo, me quito la vida en lo que escribo”. Veía en la poesía algo que va más allá de la belleza, algo que también “sirva al ser humano: moralmente para vivir; estéticamente, para gozar; y culturalmente, para ensanchar y afianzar su saber».
Pero, Ángel Guinda no sólo fue el extraordinario poeta. Hoy nos trae aquí el comentario de su interesantísima obra aforística a propósito de una nueva y extraordinaria edición. Sus aforismos se plasmaron primero en Breviario (1992), compuesto por los aforismos que Guinda escribió entre 1980 y 1992. A él le siguió Huellas (1998), que recogía los aforismos escritos entre 1993 y 1998. Finalmente, publicó Libro de huellas (2014), un volumen que reunía a los dos anteriores, excepto aquellas notas relacionadas con la poesía o el poeta que, como indica en carta a Manuel Neila, fueron extraídas para configurar Arquitextura (Apuntes para una poética). Sus fragmentos aforísticos, en palabras del autor, contenían “notas, ocurrencias proverbiales, apuntes, confesiones, aforismos, frases”, “materiales dispersos -continúa Guinda- que, por su forma y estructura de pensamiento, fueron quedando al margen de mi obra de creación poética.” Al margen, si, pero no de espaldas a ella, porque, como señala Manuel Neila, siempre fue constante el trasiego y las resonancias mutuas entre poesía y aforística.
La editorial Renacimiento ha dado un paso más para la comprensión de la aforística de Ángel Guinda con la publicación de una nueva edición de Libro de huellas, de la mano de Manuel Neila, (lo que siempre es una garantía de rigor y conocimiento). Esta nueva edición, que es una encomienda de nuestro autor a su amigo Neila, bien podría considerarse la definitiva en tanto el propio Guinda revisó sus aforismos para ella con un escrupuloso criterio de desbroce y esencialidad. La edición de Neila se enriquece, asimismo, no sólo con su rigurosa introducción, sino también con la publicación de una serie de misivas que Guinda le envió con la escritura aforística como tema y foco. Con la publicación de estas cartas podremos conocer mejor a nuestro autor y apreciar su evolución en el género. Pero la edición tiene además otro importante valor: la inclusión de los mencionados fragmentos aforísticos reunidos en Arquitextura (Apuntes para una poética). Esta inclusión resulta fundamental porque los aforismos de Ángel Guinda son tanto “huellas” de su vida como de su poesía. Como venimos apuntando, sus aforismos son una continuación de ella, expresión en ambos casos de una escritura esencial, de hondo calado filosófico. En Libro de huellas escribió: “La poesía del conocimiento es poesía de la experiencia tocada de trascendencia metafísica”. Teñida de un tono existencialista, le acompaña una honda preocupación por temas como la soledad, el paso del tiempo, la memoria, el peso de existir, …que sus aforismos reflejan con lucidez.
Los aforismos de Ángel Guinda (que a veces denominaba “afolirismos”) son precisos, lúcidos, expresivos y filosóficos a la vez que profundamente personales. Son hondos desde la sencillez, como también emocionales sin sensiblería. En ellos se manifiesta el hombre que duda, que reflexiona, que reprueba, que se ausculta a sí mismo, siempre con el don de la palabra justa cargada de hondura y sentido poético. Ese lazo entre fino sentido poético y gran calado filosófico que le caracteriza, desemboca en una especial sutileza y sensibilidad hacia lo humano no exenta de melancolía. Son rasgos compartidos con Antonio Porchia, al que admiraba, como muestra la elección de una cita suya para iniciar el Libro de huellas.
En sus palabras de presentación, el autor nos explica el sentido del título del libro. Los textos que se reúnen en él, dice Ángel Guinda: “Son resplandores de esas chispas nacidas del roce, cuando no del choche, entre reflexión, sentimiento, intuición, experiencia, aspiraciones y fracasos. Señales clavadas a la orilla de una trayectoria vital marcada por la poesía.” El título de Libro de huellas, son, pues los vestigios de esas chispas, los vestigios de una vida que dan fe de un periplo reflexivo.
El arte aforístico de Guinda es, como el de su excelso paisano Baltasar Gracián, un arte del ingenio, por el que plasma sus agudas reflexiones en una rica paleta de cromáticos recursos. La paradoja es habitual en él: “No mires lo que ves, sino lo que te ciega”, “Solitario: Necesita compañía y es incapaz de acompañar a nadie”; son frecuentes las oposiciones luz/oscuridad, vida/muerte, memoria/olvido: “Saber vivir cuesta la muerte”; también la inversión: “Yerra quien piensa que el amor es ciego. Ciega el amor”; como también gusta de los juegos de palabras: “Es el desprecio el precio de mi precio”…
La aforística de Ángel Guinda tiene como tema fundamental la tensión existencial entre la vida y la muerte. Vivir es el gran enigma, pero también el diario y cotidiano discurrir del tiempo. Bastantes aforismos guindeanos sobre la vida están escritos en primera persona, porque para conjugar el verbo vivir sólo puede hacerse desde la experiencia personal: “Como pez en el aire, así he vivido en este mundo yo”, “Lo que más me interesa de la vida -ya que no ya vivirla- es dejar que me mate”… Otras veces, sin embargo, su experiencia existencial se plasma en lo universal del vivir que todos compartimos. Lúcidas y sabias sentencias en las que nos habla, con esa precisión y elegancia que le caracteriza, de cosas que en absoluto ignoramos pero que adquieren en sus palabras un nuevo brillo. Sobre la fugacidad de la vida, escribe: “Vivir es un instante porque es eterna la voluntad de vivir”; sobre lo imprevisible y plural de su trascurso: “Nos desespera pensar que lo más inesperado nos espera”; sobre la crudeza de la vida: “El sueño es vida; la vida, pesadilla”, “Total, qué: después de todo, nada”, “Después de tantos días negros solo ambiciono una noche en blanco”. Pero, junto a la vida, la muerte. Para él fue un foco primordial de reflexión, una obsesión incluso, que acompaño a Ángel Guinda desde niño. Tuteando a la parca se dirige a ella: “Bien, sabes tú, Muerte, que has sido el mal amor de mi vida”. La muerte, considera, está presente en la esencia misma de la vida: “Esa muerte frustrada que es la vida”. Nos habla asimismo del dolor de la muerte, que no es lo mismo que el dolor de estar muriendo: “Más doloroso que morir es pensar que tenemos que morir”; del morir cuando estamos aprendiendo a vivir, una idea que nos recuerda de nuevo a Baltasar Gracián: “El hombre nace cuando ha vivido, y acaba apenas de nacer ya muere”; del morir de los otros: “Hay un dolor mayor que morir: ver morir”, “Muero del sufrimiento de vivir, hago mío el dolor de los demás”. Sobre su propia muerte (acaecida el 29 de enero de 2022), afirmó, ya muy enfermo de cáncer: “ha sucedido lo que vaticiné hace más de tres décadas en un poema que comienza: «Me he fumado la vida / como el tiempo se me ha fumado a mí»”
El paso del tiempo, tema de intenso desarrollo en la gran tradición aforística, constituye otra de sus obsesiones. Sobre ello ha escrito Guinda numerosos aforismos con un hondo lamento por su inclemente devastación, porque “El tiempo nunca duerme”. A pesar de ello, tenemos un perpetuo y frustrado anhelo de poder pararlo: “No lo prolongues, repíteme el instante”. La memoria, ese libro de huellas, constituye nuestro Yo: “El tiempo es el espacio entre la memoria y el recuerdo”, “Escúchame, Memoria: acuérdate de mí el día que te olvide”.
La vida es una búsqueda incesante de la felicidad, que solemos buscar sin saber muy bien en que consiste, sin darnos cuenta que la tenemos junto a nosotros cada día: “Es al final de la vida -escribe- cuando uno reconoce que la felicidad consiste en vivir: vivir, sencillamente”. Una felicidad imposible sin el amor, otro de los grandes temas de la poesía y la aforística guindeana, sobre el que ha escrito bellísimos aforismos: “El amor no muere, mueren los amores”, “Yerra quien piensa que el amor es ciego. Ciega el amor”, “Será ciego el amor, pero ilumina”. A pesar de su luz, el amor, sin embargo, no cura de toda soledad, al fin y al cabo, siempre quedamos a solas con nosotros mismos.
Mencionábamos antes los aforismos guindeanos sobre la vida en primera persona, rasgo, por cierto, fundamental en la aforística contemporánea. El Yo se convirtió para él en objeto de meditación y de búsqueda. Un Yo misterioso, rodeado de límites e incertidumbres: “Creo saber en qué consiste el ser humano; no sé, en cambio, en qué consisto yo”, “Yo soy un corazón de mal asiento”. El Yo aparece como un refugio en el que siempre nos guarecemos: “No me esperéis, he quedado conmigo y tengo prisa por llegarme”. No faltan tampoco confesiones sobre sí mismo, como estas: “El alcohol es, para mí, un ser querido que me quiere mal”. “Bebo para anestesiarme”.
En la obra de Ángel Guinda siempre aflora una profunda sensibilidad ética, un compromiso moral con los otros: “A pesar de los daños recibidos, será tu fuerza no dañar a nadie”. “No te esfuerces en condenar a nadie, ya que todos estamos condenados”. Este compromiso ético alcanza a otros, pero también a uno mismo: “El bien que haces te hace. Te deshace el mal que haces”.
Ángel Guinda no fue un creyente en Dios, sus frases son lo bastante claras como para apreciar su rechazo a lo que él representa. En el primer aforismo que sigue, rememora la idea nietzscheana de la muerte de Dios, en el segundo, reescribe un famoso dicho: “Dios no ha muerto, pero hay que matarlo”, “Dios aprieta. Y después ahoga”. Pero a pesar de frases como estas, no se consideró ateo, más bien un agnóstico que no era capaz de alcanzar certidumbre alguna en materia religiosa: “Ya ni siquiera creo que no creo. Creo que soy agnóstico. Creo que dudo”. La miseria del mundo no le acercaba a Dios, al contrario, veía en los desfavorecidos un desprecio injustificable: “Busco en los desposeídos un reflejo de dios, y sólo veo la basta sombra de un eterno desdén”. Sin embargo, su ausencia de religiosidad no significaba que dejara de considerar la existencia de lo divino en el mundo: “Para ser más humano, imprégnate de todo lo divino que emite el universo”.
Sus reflexiones epistemológicas le llevan a hablar de las dificultades y límites del pensar: “Pensar cuesta lo impensable”, “Me considero experto en ignorancias”. Pero también nos habla de luz de las ideas: “Las ideas brillan como estrellas en la noche del conocimiento”. Pero la mayor luminosidad no procede del razonamiento, sino que es fruto de un momento fugaz de inspiración, como bien sabe todo aforista: “La inspiración, ese trallazo de luz en las tinieblas de la inteligencia”, “El aforismo es una gota de la destilación del pensamiento”.
Por último, son muchas, como hemos apuntado a propósito de la sección Arquitextura de la nueva edición de Renacimiento, sus reflexiones sobre estética, sobre la palabra y en torno a la poesía: “Si tienes una palabra ya tienes un mundo”, “¿Para qué sirve la poesía? La poesía no sirve, la poesía es”. Para él crear es una aventura personal, una forma de inventarse, pero también de “deshacerse” porque implica romper un equilibrio: “En arte hacer es deshacerse, destruir es crear”, “Crear es aventurarse; y en la aventura, inventarse”. En el siguiente aforismo nos habla de su elección como creador, de a quién se dirige: “Ni a la minoría siempre ni a la inmensa mayoría. A los suficientes, que son los necesarios”.
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Nota: Este texto es una versión reducida y modificada del capítulo dedicado a Ángel Guinda en La vida en un trazo. El aforismo español contemporáneo. (Cypress Cultura, Sevilla, 2025)


