Por Francisco Javier Gallego Dueñas.
Este poemario ha merecido el XVIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca, publicado por la editorial Reino de Cordelia. Su título, Sol y sombra, gana una densidad simbólica no solo como una oposición abstracta —luz/oscuridad, vida/muerte, conciencia/inconsciente—, sino como una expresión profundamente popular y corporal, vinculada a dos imaginarios muy fértiles: el alcohol y la tauromaquia. Ambos atraviesan, de manera soterrada, muchos de los temas del libro. En la plaza, «sol» y «sombra» no son solo ubicaciones físicas: representan dos maneras de estar en el espectáculo y, en cierto modo, ante la vida. El sol es exposición, crudeza, calor, bullicio, intemperie; la sombra es privilegio, contemplación, resguardo, distancia. Todo el libro parece escrito desde ese vaivén entre exposición y refugio. La poeta se muestra y se protege al mismo tiempo. Hay confesión, pero nunca desnudo exhibicionista. Hay intimidad, pero trabajada por una conciencia estética muy rigurosa. La bebida introduce también una idea de mezcla: dulzura y aspereza, calor y quemadura, celebración y deterioro. En ese sentido, el título podría leerse como una metáfora del propio tono del poemario: ternura y herida coexistiendo en la misma copa.
Sol y sombra, de Mercedes Escolano, procede de una conversación antigua entre el cuerpo y la memoria, entre la conciencia y aquello que, aun siendo inexplicable, insiste en ser nombrado. Su brillantez verbal es hondura: difícil, rara. Mercedes Escolano escribe desde el lugar donde la experiencia todavía duele y, precisamente por ello, todavía puede transformarse en lenguaje. Hay una ética de la palabra en este libro. Una ética y también una fe. En tiempos de ironía defensiva y descreimiento cultural, Mercedes Escolano reivindica la poesía como una forma de resistencia íntima, acaso como la única resistencia posible. «Aferrada a la magia y al misterio de los libros, / sobreviví / […] / Me alimento de palabras: un hilo de sed / aparentemente frágil pero muy resistente». Esa confesión, perteneciente a Pozos del lenguaje, podría funcionar como centro secreto del poemario entero. Porque aquí las palabras no comparecen como ornamento ni como exhibición de ingenio: comparecen como sustancia vital. Como aquello que permite seguir respirando.
La poeta sabe —y esa conciencia atraviesa cada página— que el lenguaje nunca basta del todo. Los libros «hablan de la vida, pero no son la vida». Sin embargo, precisamente porque no son la vida, porque no pueden sustituirla, pueden revelarla. La poesía aparece así como un territorio de aproximación, nunca de conquista. El poema no clausura el misterio: apenas lo roza. Y en ese roce se produce el «sagrado temblor del lenguaje» (Palabras en el telar), expresión hermosísima que resume una poética fundada no en la certidumbre, sino en la vibración. Hay momentos en Sol y sombra en los que uno percibe una afinidad secreta con la tradición meditativa de José Ángel Valente, aunque despojada de su severidad conceptual; o con ciertos poemas de Clara Janés, donde el lenguaje busca abrirse hacia una zona de revelación sensorial y metafísica. Pero quizá la presencia más cercana sea la de María Zambrano, no tanto en el estilo como en la intuición de que pensamiento y poesía proceden de una misma herida originaria.
Mercedes Escolano parece escribir desde esa grieta. En uno de los poemas más significativos del libro afirma: «Habito en palabras húmedas, / cintura flexible y brazos ondulantes» (Un bosque de papel). La imagen es extraordinaria porque convierte el lenguaje en organismo vivo, casi vegetal. Las palabras poseen una corporalidad líquida; respiran, se doblan, abrazan. No estamos ante una poesía abstracta, sino profundamente encarnada. Incluso cuando reflexiona sobre el acto de escribir, la autora lo hace desde imágenes táctiles, domésticas o naturales. El pensamiento nunca se separa de la materia.
De ahí también la importancia decisiva de la naturaleza. Pero conviene aclarar algo: la naturaleza no funciona como decorado lírico ni como refugio idealizado. Se trata de una presencia moral. Una fuerza silenciosa que relativiza las miserias humanas y, al mismo tiempo, las acoge. «La naturaleza se entrega a cambio de nada», escribe en Amanecer. Y en otro poema declara: «Naturaleza y Poesía / se miran de frente» (Parque de los Toruños). Hay en estos versos una comprensión casi mística de lo natural, entendiendo la mística no como evasión religiosa, sino como experiencia de pertenencia. La ternura con que la poeta mira el mundo físico recuerda, por momentos, a la sensibilidad de Mary Oliver. Pero Mercedes Escolano introduce un elemento decisivo: la conciencia de la fragilidad. «Ternura es mi mano, sucia de barro / y excremento de pájaro, / hoja con moho y corteza sedienta» (Atardecer). La belleza no aparece separada de la degradación ni de la intemperie. Todo lo contrario: nace de ellas.
Esa mezcla de delicadeza y desgaste constituye una de las grandes virtudes del libro. Porque Sol y sombra está atravesado por el cansancio, por la conciencia del dolor, por una fatiga existencial que nunca cae en el melodrama: «Mi yo insiste, amargo últimamente. / Apenas si me deja respirar / este tajo de angustia en pleno pecho» (Mi yo insiste). El poema no busca conmover mediante el exceso sentimental; busca nombrar con precisión la herida. Y ahí reside su dignidad. En este sentido, resulta fundamental La casa del poema, quizá uno de los textos más logrados del conjunto: «La casa del poema se fue construyendo / a base de apilar ladrillos: / era tangible el dolor, la desesperación, / el entumecimiento del cuerpo, la angustia, el asco por la hipocresía y el miedo a vivir». Pocas veces se ha descrito de manera tan exacta el origen oscuro de la escritura. El poema no nace aquí de la inspiración romántica, sino de una lenta labor de supervivencia. La casa se levanta con restos, con ruinas emocionales, con materiales precarios. Y, sin embargo, se levanta. La continuación del poema es todavía más reveladora: «Toda casa es un rito arcaico y primitivo, / una ceremonia iniciática. / Que la escritura sea capaz de diluir el dolor / es primordial. Lo demás sobra». Uno piensa inevitablemente en Alejandra Pizarnik y en su necesidad desesperada de encontrar una habitación verbal donde existir; o en la idea rilkeana de transformar la experiencia en canto para que el sufrimiento no resulte estéril. Pero Mercedes Escolano evita el dramatismo visionario. Su tono es más sereno, más terrestre, más próximo a una sabiduría de la intemperie.
Hay también en el libro una reflexión constante sobre la identidad y sus pérdidas: «Entre olvido y recuerdo, / la añoranza de lo que no llegué a ser» (La vida me ha dado tanto). Ese verso contiene una melancolía especialmente contemporánea: no la nostalgia de lo vivido, sino de lo no vivido. La conciencia de las vidas posibles que quedaron atrás. Y, sin embargo, incluso ahí la autora rehúye el victimismo. Lo suyo es otra cosa: una aceptación dolorosa, pero lúcida. En ocasiones, la poesía de Mercedes Escolano parece sostenerse sobre una tensión entre agotamiento y deseo: «Cansada de mantener abiertos los ojos, / que duermen a mi lado, sin complejos, sin culpa, los poemas» (Deseos). El poema aparece entonces como compañía y como condena. Está ahí, respirando junto a la autora, incluso cuando ella ya no puede sostener la vigilia. Tal vez por eso conmueve tanto la sencillez de ciertos versos: «Apartaré los libros y / me dejaré abrazar un largo rato» (Tras un aguacero repentino). Después de tantas reflexiones sobre el lenguaje, la escritura y la conciencia, emerge la necesidad elemental del contacto humano. Como si el libro entero condujera hacia esa conclusión humilde: las palabras nos sostienen, sí, pero no sustituyen el calor del mundo.
Hay un motivo especialmente hermoso que recorre Sol y sombra: el del hilo. Hilo textual, hilo vital, hilo mitológico. «El hilo de la vida avanza / con sensibilidad y gozo / a través de la palabra» (Textura, textiles, textos). Y más adelante: «Para envolverme no tengo más que palabras, / sutiles palabras que surgen del mito / —Ariadna, Aracne, Nausícaa, Penélope— / desde tiempos remotos» (El hilo de la vida). La imagen del tejido remite inevitablemente a Penélope y a la tradición femenina del cuidado, de la espera y de la resistencia silenciosa. Pero también al acto mismo de escribir: entrelazar palabras para no desaparecer. Aquí la autora dialoga de manera implícita con una genealogía de escritoras que han entendido la escritura como costura de la memoria: desde Chantal Maillard hasta Idea Vilariño. El poema se convierte en telar, en espacio donde reparar —aunque sea precariamente— las roturas de la existencia.
La dimensión doméstica del libro merece una atención especial. No hay grandilocuencia en esta poesía. Los objetos cotidianos —la cocina, los libros, el teclado, la tela— adquieren una resonancia simbólica sin dejar de ser objetos reales: «No suena igual el mismo poema / en la cocina o el salón» (Abro mi libro y leo). El verso encierra una verdad profunda: la poesía depende también del lugar, de la atmósfera, del cuerpo que la escucha. El poema cambia según el espacio donde respira. Esa capacidad para descubrir zonas de revelación en lo aparentemente insignificante acerca a Mercedes Escolano a la mejor poesía de lo cotidiano. Pero, a diferencia de cierta corriente experiencial excesivamente anecdótica, aquí cada detalle se abre hacia una dimensión meditativa. Incluso un gesto tan humilde como limpiar un teclado puede adquirir una intensidad afectiva inesperada: «Quitarle el polvo supone una caricia diaria, / un homenaje y un milagro» (Teclado QWERTY). La emoción surge precisamente de esa delicadeza de la mirada.
Hay además en Sol y sombra una conciencia muy aguda de la muerte. Pero tampoco aquí encontramos solemnidad retórica. La muerte aparece humanizada, incorporada al tejido de lo cotidiano. «Ella metía la Muerte en una caja de bobinas y le susurra: “Espera un poco, aún tengo que coser un par de vestidos”». El humor tenue de la escena no elimina la gravedad; la vuelve más cercana, más soportable. La muerte no es una abstracción filosófica, sino una presencia doméstica con la que se negocia cada día. Sin embargo, en otros momentos el tono adquiere una oscuridad casi órfica: «Descenderé al Infierno sin Virgilio» (La muerte de M. E.). El verso, inevitablemente dantesco, condensa una experiencia radical de soledad. Ya no hay guía posible. El descenso debe hacerse a ciegas. Y, aun así, el libro nunca se entrega del todo a la desesperación. Hay una extraña confianza subterránea en la continuidad de la vida. «Si algo hemos hecho la vida y yo / es compartir un trecho de la Vía Láctea» (La Vía Láctea). Pocas imágenes resumen mejor la relación que la autora establece con la existencia: una convivencia fatigosa, a veces amarga, pero finalmente compartida.
La poética explícita del libro aparece formulada en varios textos decisivos: «La labor de la poesía es seducir / y hallar en trance de inesperado /…/ intuir lo impalpable y palpar la intuición» (Poética). La afirmación podría parecer sencilla, incluso obvia, pero encierra una ética de la autenticidad literaria. En una época donde tantas escrituras parecen fabricadas desde la pose o la imitación, Mercedes Escolano reivindica la fidelidad a una voz interior. Esa voz, en su caso, se caracteriza por la transparencia expresiva. No hay oscuridad deliberada ni exhibicionismo cultural. Pero tampoco complacencia. La claridad aquí no simplifica: ilumina. Como en los mejores poemas de Wisława Szymborska, la inteligencia se pone al servicio de una emoción compleja: «No solo tener inteligencia / para solucionar nuevos retos / y poner en práctica hipótesis distintas, / sino saber guardar el secreto» (La vida secreta de las plantas).
Resulta particularmente hermosa la definición que ofrece en Ser poeta: «La labor del poeta consiste / en conocer su voz y hacerla reconocible». Ahí está, quizá, la clave última de Sol y sombra: darle cuerpo a aquello que normalmente se escapa. Por eso el libro conmueve tanto cuando habla del amor y de sus imposibilidades. «He amado mucho lo que no puede amarse». El verso posee una desnudez devastadora. No necesita explicación. Contiene en sí mismo toda una biografía emocional: «Podría escribir sobre mi vida / pero este largo cansancio me lo impide». Y, junto al amor imposible, la noche. «¿Qué pedir a la noche / sino la noche misma?». La pregunta recuerda ciertas iluminaciones de José Emilio Pacheco o de Idea Vilariño: la aceptación de que hay experiencias cuya plenitud consiste precisamente en no prometer redención.
Quizá el mayor mérito de Mercedes Escolano sea haber escrito un libro donde pensamiento, emoción y materia verbal encuentran un equilibrio muy poco frecuente. Nada sobra. Nada parece escrito para exhibir talento. Incluso cuando el poema roza la reflexión filosófica, conserva una temperatura humana. Hay versos que permanecen mucho tiempo después de cerrar el libro: «Te regalaré un poco de mi muerte, / así me ayudas a llevar tanto peso» (Ascenso). O aquel otro: «como si la vida no fuera / suficiente castigo, suficiente premio» (Negra la noche). Son líneas donde la experiencia individual alcanza una dimensión compartida. En el fondo, Sol y sombra habla de algo muy antiguo y muy simple: la necesidad de encontrar sentido en medio de la fragilidad. La escritura aparece entonces no como salvación absoluta, sino como forma de acompañamiento: «Las palabras nos protegen» (Al final de la playa hay un rizado de viento). Las palabras «nos protegen», sí, pero de manera imperfecta. Y quizá precisamente por eso resultan verdaderas.
Al terminar el libro, uno tiene la sensación de haber atravesado no solo una colección de poemas, sino una conciencia. Una conciencia que duda, se agota, ama, teme y, aun así, sigue nombrando el mundo. En tiempos de ruido verbal y sentimentalismo prefabricado, esa honestidad resulta extraordinaria.
Mercedes Escolano ha escrito un poemario de madurez: un libro donde la experiencia vital se transforma en respiración poética sin perder nunca su aspereza original. Un libro que entiende que la poesía no consiste en decorar el dolor, sino en escucharlo hasta que revele alguna forma de música. Y acaso esa sea la verdadera lección de Sol y sombra: que vivir y escribir pertenecen al mismo tejido incierto. Que el poema no elimina la herida, pero le da una forma habitable. Una casa. Un hilo. Un pequeño resplandor obstinado en mitad de la noche.

