Por Jesús Cárdenas.
Santiago A. López Navia (Madrid, 1961) pertenece a esa rara estirpe de poetas que han aprendido a convivir con el tiempo sin convertirlo en motivo de lamentación. Desde Tremendo arcángel hasta la antología Vivir es llegar tarde a todas partes (1986-2017), su obra ha desarrollado una reflexión constante sobre la existencia, la memoria y la edad desde una serenidad que evita cualquier énfasis elegíaco. Sus libros más recientes, Deslindes y Reino (Éramos), confirman una voz asentada en el realismo existencial y la tradición meditativa contemporánea, donde la experiencia cotidiana se convierte en una forma de conocimiento.
En Deslindes (Huerga & Fierro), el sujeto poético se observa a sí mismo desde cierta distancia. Ese desdoblamiento no implica fractura, sino una estrategia de comprensión. Así ocurre en «Agenda IX»: «Olvídate de todo unos instantes. / Aléjate un momento de tu centro. / Te sabes vulnerable y contingente». El uso del imperativo confiere al poema un tono moral que remite tanto a la tradición clásica como a la poesía de la experiencia. Sin embargo, la exhortación desemboca en una reivindicación de la atención. López Navia invita a salir de uno mismo para recuperar el contacto con el mundo. Por eso adquieren relevancia versos como: «Confúndete mejor con los colores / que proclaman el triunfo del otoño». La personificación del otoño y el verbo «proclaman» convierten el paisaje en una presencia activa. La sintaxis y el lenguaje son transparentes, pero cuidadosamente elaborados. Hay una poética de la contemplación que culmina en uno de los mejores hallazgos del libro: «que no se para el mundo si te paras / y hay mucho que no hacer de vez en cuando». La paradoja final cuestiona la aceleración contemporánea y reivindica el descanso, la observación y el silencio como formas de sabiduría.
Algo semejante sucede en «Balance», donde el poeta transforma el léxico económico en reflexión existencial: «Baste asentar, sin más, en tu cuaderno / (y ya lo has dicho antes, no lo olvides) / el deber y el haber proporcionados». La vida se convierte en una contabilidad moral donde pérdidas y ganancias forman parte de una misma experiencia. La síntesis posterior resulta ejemplar: «ganar, perder, vivir, haber vivido». La estructura paralelística elimina cualquier jerarquía entre éxito y fracaso. Todo forma parte del aprendizaje. Formalmente, destacan la naturalidad conversacional y un ritmo reflexivo que recuerda, por momentos, la serenidad de Ángel González.
Si Deslindes explora el presente, Reino (Éramos), publicado por Eolas y distinguido con el Premio Antonio González de Lama, se adentra en los territorios de la memoria. El reino del título simboliza el espacio perdido de la infancia y de la educación sentimental. El libro posee una notable cohesión interna y convierte cada poema en una estancia de ese territorio recordado. Entre sus textos más logrados destaca «Escalera»: «Aquel bucle previsible, vertical, / evocaba las entrañas / de un paquidermo amable y cansado». La metáfora sorprende por su capacidad evocadora. La escalera deja de ser un elemento arquitectónico para convertirse en un organismo vivo. La imagen del paquidermo combina lentitud, volumen y ternura, mientras el edificio se llena de sonidos domésticos y voces familiares. Especialmente emotivo resulta este pasaje: «o aquel nombre / dicho en voz baja como una oración, / como una invocación, como un conjuro». La tríada comparativa construye una gradación de gran intensidad lírica. El nombre pronunciado funciona como vínculo con los ausentes y otorga a la memoria una dimensión ritual. En estos versos resuenan ecos de la poesía de Eloy Sánchez Rosillo o Andrés Trapiello, donde lo cotidiano se convierte en emoción perdurable.
Muy distinta es la atmósfera de «Rumor (ciudad a lo lejos)», poema que transforma el despertar urbano en una auténtica composición coral: «Aquel aullido entrañaba los dolores de las cosas, / el rumor de las cloacas, el zumbido de los cables, / la balada de las ruedas entregadas al asfalto». La enumeración genera una sensación de expansión continua. López Navia combina registros líricos y urbanos con notable eficacia: la «balada» convive con las «cloacas» y los «cables», construyendo una imagen compleja de la ciudad contemporánea. El procedimiento acumulativo recuerda una partitura donde cada sonido añade una nueva capa de significado. Más adelante, el ruido adquiere una dimensión humana: «Las mujeres, los hombres, / sus angustias, sus anhelos, sus derrotas». La ciudad deviene en una suma de vidas anónimas, de esperanzas y renuncias compartidas. Y tras toda esa acumulación sonora llega un desenlace de extraordinaria sencillez: «Y al fin amanecía. / Sin más, amanecía». La repetición actúa como revelación. Después del esfuerzo, el ruido y las incertidumbres, el amanecer sucede con naturalidad. La vida continúa.
Ahí reside buena parte de la fuerza de la poesía de López Navia. Sus versos hablan del tiempo y de la pérdida, pero encuentran en la contemplación una forma de resistencia. Deslindes y Reino (Éramos) son dos libros complementarios que recuerdan al lector que mirar con atención sigue siendo una manera de habitar el mundo con plenitud.
Agenda IX
Olvídate de todo unos instantes.
Aléjate un momento de tu centro.
Te sabes vulnerable y contingente,
así que poco más puedes hacer.
Aparta el foco ya de tus asuntos.
Déjate secuestrar por la mañana.
Confúndete mejor con los colores
que proclaman el triunfo del otoño.
Mira que los afanes que te impones,
esclavo de ti mismo, a fin de cuentas,
no desvíen tus ojos de las formas
cambiantes e improbables de las nubes,
ni aparten tus oídos de la historia
que te cuentan al paso los gorriones;
que no pasará nada si te ocupas
de esta misión urgente, improrrogable,
sobrevenida, ajena a tu programa;
que no se para el mundo si te paras
y hay mucho que no hacer de vez en cuando.
Balance
Renuncia a demorarte en los detalles.
Quede para los otros el desglose.
Baste asentar, sin más, en tu cuaderno
(y ya lo has dicho antes, no lo olvides)
el deber y el haber proporcionados:
ganar, perder, vivir, haber vivido,
y no haya otro balance.
No te importen
las inversiones, el lucro cesante,
la volatilidad de los mercados,
los réditos, los pingües beneficios,
y no haya otro balance, y suma y sigue.
*
Escalera
Aquel bucle previsible, vertical,
evocaba las entrañas
de un paquidermo amable y cansado
casi ya fuera del tiempo,
y en cada escalón, en cada descansillo,
detrás de cada puerta, percutía
el tambor arrítmico de su latido:
las radios encendidas, las canciones
entreveradas con el almidón,
que hacían más ligera la colada;
el consuelo hecho silbido de la espita de una olla;
el timbre en orfandad de algún teléfono,
alguna risa, alguna tos, un llanto;
el nombre pronunciado en alta voz
que alguien respondería
o aquel nombre
dicho en voz baja como una oración,
como una invocación, como un conjuro
que encadenaba al mundo a quienes ya no estaban.
El reino, un día más, estaba en orden.
Rumor (ciudad a lo lejos)
Por la mañana, desde la ventana abierta,
enmudeciendo el chillido de los gorriones, pioneros
de los confines difusos del alba,
entraba el bramido de aquel insomne
que ponía en pie su mole suplicante.
Qué desafío imposible, el silencio.
Aquel aullido entrañaba los dolores de las cosas,
el rumor de las cloacas, el zumbido de los cables,
la balada de las ruedas entregadas al asfalto,
la sinfonia acerada de los túneles del metro,
las sirenas de las fábricas y de las ambulancias,
el sonido confidente de las puertas que se abrían,
el ruido sordo
del portazo que dejaba atrás la casa
como el perro que vigila hasta el regreso de su dueño.
Las mujeres, los hombres,
sus angustias, sus anhelos, sus derrotas,
sus renuncias, su esperanza,
eran un solo grito acompasado,
víctima propiciatoria en el altar de un nu día nuevo
donde se alzaba una hoguera inextinguible, insaciable,
en la que ardían las almas sin que se oyesen sus súplicas,
sin que importasen sus lágrimas.
Y al fin amanecía.
Sin más, amanecía.

