Rafael Camarasa (Valencia, 1963) ha publicado los libros de poesía: Cromos, Premio Paiporta de Creación Poética (Denes, 2007); El sitio justo, Premio Internacional Palabra Ibérica (Colección Palabra Ibérica, 2008), con traducción al portugués; Cabos sueltos (Contrabando, 2018 y 2023, 2ª ed.); Sin noticias de Liliput, Premio Internacional de Poesía Barcarola (La Rosa Profunda, 2019); El que mira, Premio Ciudad de Burgos (Visor, 2022) y finalista del Premio de la Crítica Literaria Valenciana. Las vacaciones del escritor (Contrabando, 2026) es su último poemario

En narrativa ha publicado los libros de relatos: Feos, Premio Otoño Villa de Chiva de Narrativa Breve (Denes, 2009); Lo normal (Ediciones Contrabando, 2017) y El día que fui Bill Murray (Ediciones Contrabando, 2021).

 

 

Es imposible que mi cabeza descanse

Javier Gilabert: ¿Por qué Las vacaciones del escritor y por qué ahora?

Rafael Camarasa: Las vacaciones del escritor nace de la constatación de que es imposible que mi cabeza descanse. Creo que cualquiera escritor o artista que lea esto me comprenderá. Siempre estamos en ebullición, por lo que en el caso de que viajes lo haces dos veces: una, físicamente y otra, con tu temperamento creador. Continuamente en marcha. Y es más, cuando estás en una mesa enfrentado al papel, a pesar de tu no desplazamiento, viajas con aquello que escribes. Incluso, si no escribes. Vives sumido en una especie de continuo movimiento. Por lo tanto, un escritor nunca tiene vacaciones. De ahí, el título y su ironía. Es nuestra fortuna y nuestra condena.

Y respecto a por qué se publica el libro ahora, es por la insistencia, siempre halagadora, del editor de Ediciones Contrabando, que es quién me lo publica y donde ya he sacado tres libros, dos de ellos de relatos. Es la primera vez en mi vida que tengo material de sobra para publicar y podría haberlo hecho antes, pero no tengo prisa. Hace más de tres años que publique en Visor El que mira, lo que me llenó bastante, no sólo por el premio que ganó y porque quedara finalista en el Premio de la Crítica Valenciana, sino porque estoy muy satisfecho con él a nivel poético, y quería que mi siguiente paso fuera seguro. Y así lo he hecho. Tengo un par de libros acabados, pero ningún ansia por publicarlos.

 

¿Cómo y cuándo surge la idea de este libro?

Este poemario surge en un viaje a Croacia que me prometí disfrutar sin escribir, física o mentalmente. Fue imposible. El primer día, durante la visita en Liubliana, la capital de Eslovenia, al parque de la Estrella, ya estaba pensando en un poema que, por cierto, es el que abre el libro. A partir de la idea de la que he hablado antes y de la asociación de las vacaciones con el viaje, me propongo hacer un falso libro de viajes. Y digo falso porque las ciudades que aparecen solo son un mero escenario. No son el meollo de la cuestión. El que se nombre algunas es circunstancial. Podrías cambiar el nombre del lugar, y el poema sería el mismo porque no habla de ellas, de sus paisajes o monumentos, sino de las cosas que nos suceden a cualquiera en cualquier lugar del mundo. O sea, la vida. Y luego, precisamente, para alejarme del típico libro de este tipo que muchos autores han practicado, también en poesía, están los viajes interiores. En este libro se habla del viaje de una moneda, de un espermatozoide, de Alicia al País de la Maravillas, de una naranja hasta tus manos, de una maleta perdida… Esto abunda más en la idea de que el tema está tratado de una manera no literal, aparente.

 

Me llevé el libro al terreno que yo quise

¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Ha cambiado tu forma de trabajar con respecto a otros proyectos anteriores?

Es difícil contestarte a esta pregunta porque nunca me detengo en ello cuando estoy en la creación del propio libro, que es cuando podrías percibir los hitos y los matices. Pero, siempre, cuando lo veo en la distancia, me doy cuenta de que no empieza con una idea general. En principio, son los primero poemas de una serie los que, por su semejanza en tema y estilo, te guían hacia una luz que quizá ya estaba ahí y que ellos te desvelan. En este libro, las primeras piezas surgen muy ligadas al periplo viajero en el que me encontraba, pero aceptado el camino que marcaban juntas, fui consciente de la dirección que indicaban y fue entonces que me erigí en un conductor responsable. El color de esos poemas iniciales no suele ser intencionado, pero si el de los del resto. Al ser plenamente consciente de hacia dónde iban, me llevé el libro al terreno que yo quise, no ciñéndome plenamente a lo literal del concepto. Con mi anterior libro, El que mira, me ocurrió igual. Fueron los primeros poemas, que además lo inician, los que me marcaron el tono y el tema. Lo demás, no digo que fuera coser y cantar, pero si como despejar la broza de un camino ya señalado.

 

Son todos viajes íntimos e internos

¿Qué papel desempeña la estructura o la disposición de los poemas en el volumen? ¿Fue algo deliberado o más intuitivo durante el proceso de creación a la hora de armar el equipaje del libro?

Como antes te decía, surgieron poemas que hablaban del hecho del viaje meramente físico, y luego abrí una vía hacía viajes figurados. Ya he nombrado antes alguno, pero por poner un ejemplo, hay un poema dedicado a un no viaje, malogrado por una anulación de un vuelo. Esto ya dividió el libro en dos grandes grupos, lo que me hizo más fácil la clasificación de los poemas. Te podría decir que es una mezcla de intuición e intención a partes iguales, y de un estudio, no siempre fácil, del conjunto para ver a qué especie pertenece cada ejemplar, porque hay alguno que podría estar en ambas partes. Finalmente, opté por dividir el poemario en cuatro partes, si contamos la primera y la última que constan cada una de un solo poema. Es algo que suelo hacer en casi todos mis libros, a modo de prólogo y epílogo. Teniendo en cuenta esto, las partes de libro son Origen, Las casas del viajero, Turismo de interior y Destino. Como te decía antes, las dos partes centrales, que son las más extensas, obedecen una al hecho del viaje real y la otra al metafórico. Pero atendiendo a su esencia, son todos viajes íntimos e internos.

 

En la poesía podemos tener la ilusión de que burlamos a la muerte 

El poema que da título al libro plantea la escritura como un periplo, una excusa homérica para demorar el regreso a Ítaca (y, por ende, a la mortalidad). ¿Son estas «vacaciones literarias” una forma de burlar a la muerte o de «salvar el momento» mediante la palabra?

Me gusta que me preguntes por este poema, porque, además de ser uno de mis preferidos, como tú bien dices, da título al libro. Pero hay que hacer una distinción. Si bien en el poemario el título tiene un carácter irónico, no es así en el poema. Este habla del hecho de la escritura y la creación, donde, a mi parecer, el escritor se asemeja a un dios. En el acto de escribir, damos vida, la quitamos, podemos hacer que la gente muera o se enamore. Y, por supuesto, sobre todo en la poesía, podemos tener la ilusión de que burlamos a la muerte y salvamos los momentos de su fin. Como dice Strand, escribimos de lo que se ha acabado. Por eso intentamos hacer con la escritura que eso a lo que cantamos vuelva o permanezca. Sabemos que no es verdad, que es un espejismo, pero mientras tanto la muerte nos parece indolora, incluso bella. Es el milagro de la poesía. En mi poema, el escritor no quiere volver a casa, salir de la escritura y del poema, porque en ella volverá a ser mortal. Como si escribiendo no lo fuera.

 

Quizá la poesía no sea más que una ilusión

En “Lejos de casa” nos hablas de un viaje a Turín que se cancela, de todo aquello que «casi» fue vivido y experimentado. ¿Qué peso tiene en este poemario la evocación del viaje imaginado o frustrado frente a la experiencia de lo estrictamente real?

Quizá la poesía no sea más que una ilusión, la quimera de que no viajando se viaja, de que el ser querido que has perdido sigue a tu lado, de que la vida tiene sentido, de que no tememos a la muerte… De que, como dice ese poema, aunque no has estado en Turín, que es la ciudad que en él no se nombra, de alguna manera, has estado. La poesía nos consuela, nos ayuda a comprender un poco lo que nunca comprenderemos del todo porque si así fuera no habría necesidad de escribir. Creo que fue Auster quien dijo que los poetas son seres heridos y que la poesía nace como un mecanismo de defensa. Lo que me falta, lo que me duele, intento repararlo. También la mundana decepción por la no realización de un viaje. Es una verdad que la pérdida solo destila belleza en la poesía, en la música… Nos ayuda a aliviar la crudeza de la realidad.

 

La mirada es esencial en cualquier arte

Cuando hablamos a propósito de tu libro anterior, El que mira, me confesaste que «en el hecho de mirar está también el hecho de verte». En tu nueva obra te detienes a observar hasta el rastro humano y temporal que esconde una pequeña moneda lituana. ¿Cómo ha evolucionado esa mirada tuya, tan atenta a lo cotidiano, desde tu obra anterior hasta hoy?

Creo que la mirada es esencial en cualquier arte. Hablo de una mirada propia, de una voz. Voces hay muchas, algunas más afinadas y perfectas que la tuya, pero es la manera de usarla lo que te distingue de lo común. Eso no es fácil, hay que entrenar, salir para ello de los caminos trillados, lo que no es sencillo y no siempre se consigue. A veces, también caes en ellos, pero ese debe ser el objetivo. Leo a muchos poetas técnicamente muy buenos, que vienen a decir lo que otros muchos ya dijeron antes y de la misma forma. No es que yo no lo haga, pero intento, a partir de la destilación de la mirada, hablar mi propio idioma. Puede que no lo logre, pero lo procuro. Y cuando digo mi propio idioma no me refiero a una poesía experimental ni alternativa, cosa que no es necesaria para ofrecerse como original. Es primordial, primero, saberte mirar a ti mismo y a partir de ahí poder mirar a los demás. Solo si eres consciente de tus oscuridades y abismos, también de tu luz, sabrás ver, aunque sea por contraste, las de los demás. Pero no siempre estamos dispuestos a reconocer nuestros monstruos. Como Batman, queremos limpiar Gotham antes que librarnos primero de nuestros demonios interiores.

 

Lo cotidiano, lo pequeño, es lo que une mis dos facetas de escritor

Eres un autor que transita con enorme soltura y reconocimiento por la narrativa breve (Lo normalEl día que fui Bill Murray). ¿Hasta qué punto el Rafael Camarasa cuentista le presta su pulso argumental al poeta en estas vacaciones?

Creo que al principio —muy al principio— mi poesía y mis relatos estaban bastantes unidos. Los dos destilaban mucho sarcasmo y comicidad amarga. Pero conscientemente separé sus caminos. Es indudable que en mi poesía hay ironía, pero es en la prosa donde vierto mi lado más gamberro y libre, incluso punk. Mi narrativa te hace reír pero con amargura, porque pone ante los ojos multitud de situaciones cotidianas que, bien miradas —vuelvo a la mirada—, podrían explicar los males del mundo e incluso de las guerras más atroces. En lo mínimo se contiene lo máximo. En poesía, y cada vez más, soy más sereno y trato de envolver todo con esa ligereza de la que hablaba Ítalo Calvino; quitar, aunque solo sea en apariencia, peso a las cosas. Pero ligereza no es sinónimo de banalidad. Es lo te hace más digerible el ácido, el peso inevitable de todo. Lo cotidiano, lo pequeño, es lo que une mis dos facetas de escritor.

           

Los viajes sólo son el pretexto para hablar de los temas universales

Teniendo en cuenta esta dualidad y tu trayectoria, ¿en qué medida veremos en Las vacaciones del escritor —o no— al Rafael de tus anteriores obras? ¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores antes de que hagan las maletas y se adentren en tus versos?

Creo que Las vacaciones del escritor es una consecuencia lógica de mi obra. Tiene el gen discursivo de toda mi poesía pero, sobre todo de Cabos sueltos (Contrabando 2018 y 2023), la ironía de Sin noticias de Liliput (Barcarola, 2018) y la ternura, la calma y la observación de El que mira (Visor, 2022). A mí, como ya he dicho, me gustaría que la gente afilase la mirada y viera que este libro no es lo que parece. Los viajes sólo son el pretexto para hablar de los temas universales de los que todos hablamos: el paso del tiempo, el amor, el sexo, el paso del tiempo, la muerte… En cierto modo, siempre escribimos el mismo libro y yo no iba a ser menos. Todos mis poemarios están interconectados. Lo que he procurado es que el libro destile esa aparente ligereza de la que ya he hablado. Ese perfume que, cuando el poema acaba, perdura y te dice que aquello que ha parecido fácil de leer no lo es tanto, dejándote con un runrún en la cabeza. Patricia Crespo, poeta que presentó el libro en Valencia, me habló de la agradable sensación que le quedó después de la lectura del libro. Fue entonces cuando me di por satisfecho. Si un libro que habla de la muerte, del paso del tiempo, del amor y el desamor, de la pérdida, como es este, a pesar de todo te deja un buen sabor de boca es porque he conseguido ese fundamento de levedad que siempre persigo en lo que escribo y que no hay que confundir con lo fácil o trivial.

 

 Te pongo en un aprieto, un clásico ineludible de esta sección: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Las vacaciones del escritor, ¿cuáles serían y por qué?

El primero sería el que da título al libro Las vacaciones del escritor, porque explica perfectamente lo que es para mí la escritura. En él, contado como un juego de espejo, aparece el escritor de niño, el propio escritor, y yo mismo que soy los dos y los escribo. El segundo sería Lejos de casa, del que ya he hablado: un viaje hecho a partir de un no viaje. Es un poema de amor, aunque no lo parece hasta el final, y una manera de recuperar con la literatura lo que se ha perdido o ni siquiera se ha tenido. Aquí es un viaje, pero podría ser cualquier cosa. Es el consuelo que nos ofrece el espejismo de la poesía. Y el tercero es En movimiento, que habla del viaje de una moneda lituana hasta tu mano, porque, como dice el poema, una moneda es una especie de pájaro viajero que no sabe en qué lugar se posará mañana. En cierto modo, este poema es un canto a la vida y un agradecimiento.

 

 ¿Supone este poemario un punto de inflexión en tu producción como poeta? ¿Y a partir de ahora, qué?

Es un paso más hacia nuevos proyectos que siguen un camino que me marqué con la publicación de Cromos (Denes, 2007). Tengo un par de libros terminados que avanzan en esa dirección y forman parte de lo que yo considero una obra defendible en la que, salvando las distancias u con humildad, trato de aplicar los puntos que Calvino expuso en su Seis propuestas para el nuevo milenio. Eso sí, cada uno tiene sus particularidades que los hacen distintos al anterior. No se trata de repetir fórmulas. Quizá lo último con lo que estoy si suponga un pequeño giro. Es un libro de poemas dedicados al imaginario popular, donde tienen cabida los personajes de Friends, a los que dedico un poema a cada uno, Harry Potter, Rafaella Carrá, Buzz Lightyear, Mortadelo, la novela Retorno a Brideshead… Como ocurre en Las vacaciones del escritor, todos estos personajes, películas, libros, son tomados como excusas. Casi nunca hablo de ellos literalmente o de sus historias harto conocidas, sino que los utilizo como vehículo para tratar lo humano y divino, llevándolos a lo cotidiano. Este libro quizá si aporta algo distinto a lo que he hecho hasta ahora, aunque es verdad que en él retomo temas de mi primera poesía, muy relacionada con el pop, el cine negro y lo beat, y cuyo espíritu siempre me ha interesado. Lo que he hecho es traerlos a mi presente y tratarlos como el escritor más experimentado que soy ahora, a salvo de veleidades juveniles. Son referencias e iconos que aparecen, sobre todo, en mis libros de relatos, y que ahora he explorado sin tapujos en poesía. Me lo he pasado muy bien escribiéndolo.

 

Por último, como lector, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?

Es imposible, pero me gustaría que me dieran su impresión Leonard Cohen o Chejov. Y de lo vivos, Marcos Ávila, que acaba de publicar Coto de caza (Contrabando).

 

 

***

Tres poemas de Las vacaciones del escritor

 

LAS VACACIONES DEL ESCRITOR

 

Un niño, que es el propio escritor,

ve el mar por primera vez.

 

Como es obvio, no puede ni imaginar

que medio siglo más tarde

abrirá de par en par el balcón

de una casa a la que acaba de llegar,

y otro mar, salpicado de islas,

en la costa de Dubrovnik,

lo volverá a emocionar como alguna vez

debió sucederle al marinero.

 

El que, con la excusa de sirenas y cíclopes,

a través de un periplo

—como lo es la escritura—,

demoró su regreso a casa,

pues allí sería mortal.

 

El propio escritor, que es el niño,

ha vuelto a ver por primera vez el mar

porque, enfrentado en la terraza a este azul,

yo he salvado de la muerte el momento.

 

Y, al adentrarme en el agua de las palabras,

siento su temblor que es el mío,

y vuelvo a ser un rey del mundo

que no quiere regresar a Ítaca.

 

 

 

LEJOS DE CASA

 

La compañía aérea ha cancelado el vuelo

y nada será consumado,

por lo que bien puedes decir

que casi has hecho un viaje:

casi has volado a una ciudad

y casi te has adentrado en sus calles.

 

Casi has visitado sus plazas e iglesias

y un museo dedicado al cine,

donde hay imágenes y carteles

en los que casi has visto a Mastroianni.

 

Casi, en la escalera del Duomo,

te has subido el cuello del abrigo

para protegerte del viento glacial

que peina la cresta de los Alpes

y casi hiela los secretos

ya sellados por los labios.

 

Casi has deshecho el equipaje

que ni siquiera has preparado

y con el que hubieras vuelto, en unos días,

al lugar del que no has partido.

 

Casi, desde un puente del río Po,

has visto luces temblar en las colmenas.

 

Y casi la has echado de menos:

casi, desde allí, la has querido.

 

 

 

EN MOVIMIENTO

 

Una moneda de un céntimo de euro

en la palma de mi mano

parece, por contraste, un agujero

o un pequeño y raro lunar.

La inscripción que lleva grabada

me dice que viene de Lituania,

por lo que muchos han ser los lugares

en los que estuvo antes que aquí.

 

¿En cuántos dedos dejó su tacto?

¿Cuáles le transmitieron frío?

¿Dentro de qué bolsillos ha bailado

y en qué cajas registradoras durmió?

¿Cuántas atmósferas la han oxidado

para tener este oscuro aspecto?

 

Cierro la mano y vuelvo a abrirla,

y la moneda no emprende el vuelo,

aun teniendo el espíritu de un pájaro

que hace del movimiento su casa.

 

En la panadería, con otras monedas,

la entrego para que siga volando,

y ella, como un gentil viajero,

me regala el pan de este día.