Beatriz Mori
Por encima de todo, ¡no seáis aburridos!, exclamó Liebmann, el veterano director de guionistas de cine en 1931 a su equipo de Berlín, entre los que se encontraba un jovencísimo Billy Wilder. El guionista de veinticinco años tomó ese consejo —orden, más bien— como el profesional avispado y ambicioso que apuntaba ser, y lo convirtió en un mantra a la hora de escribir a lo largo de su carrera. Lo logró de tal forma que algunas de sus películas han pasado a ser ejemplos de guiones perfectamente elaborados, donde nada se echa en falta ni nada sobra. Con diálogos brillantes y los giros justos para sorprender al espectador, engancharlo hasta el final y dejarlo con un inmejorable sabor de boca.

Para las generaciones nacidas a partir de los ochenta puede que Wilder sea un total desconocido, pero para el séptimo arte es uno de los indiscutibles. Cualquiera de los jóvenes que desee trabajar en el gremio o sencillamente disfrutar de la historia del cine en general acabará llegando a alguno de sus films ineludiblemente. Escenas de La tentación vive arriba o Con faldas y a lo loco forman parte de nuestra cultura audiovisual del mismo modo que La Mona Lisa o las fotos tintadas de Andy Warhol son algunos de los ejemplos más populares de la iconografía occidental.
Ver las películas de Billy Wilder es una de las mejores apuestas para toda aquella persona que desee dedicarse a dirigir películas, elaborar guiones o incluso escribir literatura. Internet permite ocupar un espacio infinito para hablar de cualquier tema, pero limita el tiempo dedicado a hacerlo de forma inversamente proporcional, así que mostraré en 20 tomas algunas características de las comedias de Wilder como acicate para adentrarse en la lectura de otros libros sobre el autor. O como guía para ver qué directrices básicas defendió siempre en su obra y en las que reconoceremos la base de nuestro actual sentido del humor cinematográfico y televisivo. Si a partir de ahora analizamos muchas películas y series de televisión —que tanto aplaudimos— rápidamente descubriremos su legado.

Toma 1. La HISTORIA era lo más importante. Si la historia estaba bien escrita, contarla en imágenes sería sencillo. Wilder solía decir: «Es tan duro eso de escribir y tan agradable el dirigir». Defendía que toda creación cinematográfica complicada y angulosa solo escondía una historia débil y un no saber hacer. Bromeaba sobre lo fácil que resultaría escribir y realizar una película típica de festival y de culto para los críticos. En cambio, su objetivo principal era que el público olvidase que había alguien detrás de la cámara y acudiese masivamente a las salas. «Cine, mitad arte, mitad lucro: es cine americano».
Toma 2. Cuanto más sólida es la historia básica de una comedia, tanto más cómica resultará. A menudo citaba como ejemplo Una noche en la ópera de los Marx, donde ese ambiente teatral aportaba un serio telón de fondo. Así lo hizo en Con faldas y a lo loco, cuyo escenario controlado por gánsteres y la ley seca fue una dura realidad para la sociedad norteamericana.
Toma 3. El guion debía estar muy elaborado. Los diálogos se discutían exhaustivamente, palabra por palabra.
Toma 4. Concedía la máxima importancia al inicio de las películas, especialmente a los primeros veinte minutos.
Toma 5. Le gustaba dividir cada escena en tres actos, como bien aprendió de otro grande, Howard Hawks, de quien defendía su máxima: «Hazlo del modo más sencillo».
Toma 6. Lo más difícil en una comedia es sacarle partido al ritmo. Buscaba trucos para que el público no perdiese los chistes ahogados por las risas del gag anterior. Ejemplo: en Con faldas y a lo loco, Daphne (Jack Lemmon) toca las maracas tras cada frase en la que explica su decisión de casarse con Osgood; al público le da tiempo a reírse y a escuchar las réplicas de Geraldine (Tony Curtis) sin que la escena se detenga como sucede en el teatro.
Toma 7. El trabajo de cámara tenía que ser simple y directo. La mayor parte de las veces colocaba la cámara a cierta distancia de los intérpretes y se limitaba a rodar la escena. La acción se desarrollaba dentro del marco que abarcaba la cámara. La línea argumental del diálogo no quedaba nunca subordinada a gags visuales o efectos exagerados. «No me gusta que el público tenga conciencia de los trucos de cámara»; «¿Para qué rodar una escena desde el punto de vista de un pájaro o de un escarabajo?»; «Tengo entendido que a eso lo llaman elegante o ingeniosamente ideado; para mí son zarandajas para engatusar a los críticos y asombrar a los burgueses».
Toma 8. Evitaba el uso excesivo de planos cortos y rápidos. Los planos cortos debían ser usados con moderación y con mucho sentido.
Toma 9. Evitaba las imágenes sórdidas o explícitas. Prefería el ingenio, la ambivalencia. En 1995 declaró en una entrevista: «Hoy en día el cine son todo efectos especiales y mezzopornografía».
Toma 10. No solía gustarle rodar en exteriores.
Toma 11. El storyboard se cumplía. Nunca realizaba planos recurso —no forman parte de la planificación del rodaje, pero pueden servir para salvar cualquier fallo que se aprecie en la sala de montaje o para dar variedad visual a la edición final—. No perdía el tiempo en ello. En la sala de montaje prácticamente no sobraba nada.
Toma 12. En el plató siempre le acompañaba su supervisor de montaje, que observaba la escena desde diferentes ángulos y le hablaba al oído para corregir cualquier plano que pudiese impedir un montaje sin costuras. En todo momento su máxima: el público debía olvidar que había alguien detrás de la cámara.
Toma 13. Una acertada elección y dirección de actores. Destacaba su paciencia en el rodaje; sirva de ejemplo su trato hacia Marilyn Monroe, que podía retrasarse horas encerrada en su camerino.
Toma 14. Wilder aprendió de Ernest Lubitsch a respetar la inteligencia del espectador, a que el público sacase sus propias conclusiones: no había que dárselo todo hecho. Los dobles significados y los juegos de palabras eran requisitos básicos en sus guiones.
Toma 15. Siempre jugaba con los límites de la permisividad del público americano. Se dice que sin el alcance de su influencia el cine comercial de Hollywood no hubiese madurado tan rápidamente. Rompió tabúes tratando temas como el adulterio, la prostitución y la identidad sexual.
Toma 16. Sus guiones estaban protagonizados por personajes corruptos, engañados, buscavidas, sinvergüenzas y compasivos. La imagen del antihéroe era una de sus favoritas. Aprendió del director Von Stroheim que había que ser muy ingenioso para ser al mismo tiempo bueno y ruin.
Toma 17. La farsa. Le fascinaba la usurpación de identidades, el hacerse pasar por otra persona, el disfraz interno y externo. En bastantes ocasiones recurrió a la pareja explotador-explotado.
Toma 18. Se reía de todo, a veces con una crueldad típica del humor negro y otras con sutileza, con un cinismo que escondía una visión amarga y un lado tierno, que también está ahí y es algo genuino. Porque hay que recordar que Wilder ha escrito algunas de las frases más románticas de la historia del cine: «Es medianoche, medio París se decide a hacerle el amor al otro medio» (Ninotchka).
Toma 19. En el cine es difícil y controvertido catalogar algunas películas dentro de un género. En el caso de Wilder, no puede definirse como un cineasta clásico ni innovador propiamente dichos. Él se catalogaba de conservador a la hora de dirigir, pero temerario a la hora de escribir, aunque si ponemos de ejemplo Con faldas y a lo loco, vemos que la diferencia sustancial respecto al resto de comedias realizadas hasta la fecha no solo radica en el travestismo perfectamente asumido por uno de los protagonistas (Jack Lemmon), sino en la mezcla de ese humor cáustico y de enredo (screwball) con la dureza y la trama de uno de los géneros más representativos del cine americano de los años cuarenta: el cine negro.
Este proyecto fue clasificado como «El disparate de Wilder». El famoso productor David O. Selznick, tras escuchar la descripción de la película que iba a realizar, le advirtió: «No conseguirás que funcione: la sangre y los chistes no hacen buena pareja». Como se ha visto en las últimas décadas —y salvando la distancia generacional—, esa combinación se trataba de una fórmula interesante que no iba a hacer más que empezar: El día de la bestia, Pulp Fiction…
Toma 20. Poca gente sabe que Billy Wilder no escribió ni un solo guion a lo largo de su carrera en Hollywood. Todos sus trabajos los creó junto a otros profesionales guionistas. ¿Por qué?
La respuesta… ya es otro artículo.

