Por Rosa Campos Gómez.
La poesía habita en Javier Mateo Hidalgo, también la música, dos ramas artísticas que por naturaleza se pueden fundir en una, y en Sinfonía para un solo músico (El sastre de Apollinaire), su último libro publicado, es un claro indicador de que puede ser así. Tengo la fortuna de conocer su trabajo, de amplio recorrido en diferentes géneros literarios*, sobre todo como poeta, y de ir descubriendo en cada nuevo texto una solidez con calidad que no deja de crecer; también es así en esta «Sinfonía», escrita para ser entregada a quienes perciben esa música introspectiva que no cesa de conectar con lo externo, en ese fluir con un proceder en el que lo humilde y sencillo —aun desde lo complejo— lleva la batuta para restar caos y dar paso a la armonía, aproximándonos a la filosofía legada por Lao-Tse.
En la portada, ante un pentagrama con las líneas todavía sin escribir, vemos la imagen de un joven —su abuelo paterno— con la posición de manos preparadas para tocar la flauta, y la calidez, deleite y proceso de la vida musical transmitida, concatenada, se suma ya desde este primer encuentro.
Compartimos lo que Daniel Huerta Goya dice en el prólogo: «Sin la cultura —alimento espiritual o alivio de amargura— no entendería Javier no ya su labor artística, brillante y multifacética, sino ni tan siquiera su condición de hombre, de habitante de este planeta en el que la literatura, la pintura, la música o el cine surgieron para hacernos más amena y soportable la existencia a los que por él pasamos», percepción que emana de la propia obra y del humanismo de quien la escribe.
Está dedicado a Juan Durán, el gran compositor gallego al que le unen amistad e importantes proyectos: autor de la música para el poema «Músicos del metropolitano», del poemario Ataraxia (Almadenes), y de la ópera de cámara Hildegart, con libreto de J. Mateo Hidalgo, recién estrenada y con gran éxito.
Contiene un preámbulo con tres significativos epígrafes que invitan a presagiar el contenido del libro: palabras de W. Whitman, con su eterno «me contradigo, soy grande, contengo multitudes»; de Juan Ramón Jiménez, con su visión de la música, en femenino, corriendo sin ambages por la noche pura; y de María Zambrano, que nos habla de esa música con medida y forma que anida en el pensamiento.
Ya, desde «Último ensayo en el foso», antes de entregarnos la obra completa, nos da cuenta y se la da a sí mismo, como director, intérprete y espectador —recordemos el «contengo multitudes» de Whitman, y la cita, aquí, de Keaton en «La Casa de Juegos»—, de la predisposición a «que todo quede bien explicado». Primeros pasos en los que es fácil observar la conexión poeta-músico-docente que inevitablemente, y para nuestro bien, siempre le acompaña. «Programa de mano» nos pone en antecedentes creativos e influyentes. Karajan entró por su oído y vista cuando era niño, «al que imita hasta su gesto cansado» con palillo/batuta de restaurante chino en mano.
Y entramos en la obra poético-sinfónica que toma como espejo a la «Sinfonía n.º 7» de Beethoven —J. M. H. nos dirá que «tiende a ser una falsificación»—, que aquí refleja tres de sus cuatro movimientos.
El primero, POCO SOSTENUTO-VIVACE, está compuesto por un «Preludio» en el que el sonido de Johann Strauss II, en su famoso vals sobre el Danubio, y los colores de Turner, en sus marinas, aparecen como referentes, anunciando «no un nuevo año, sino un nuevo día», y porque «amanece de naranjas la Tierra», nos invita a mirar «esa belleza del mundo que despierta». En «Sueños y pasiones» conocemos que Berlioz no reparó en manifestarse, se hizo ejemplo, y que ante lo cotidiano y espeso surge ese «impulso de los sentimientos que de las preocupaciones hacen poesía». En «Entrada del solista» se descubre en sus oscuros y en sus claros, porque quiere compartirse desde el alma que «busca emocionar al público». Crea un «Caligrama en dos» para indagar en fondo y forma la herencia recibida de las manos y el corazón de quienes han forjado el instrumento; todo importa: el luthier, quien lo hace sonar, quien se lo regala… Con él alude al violín y al arco, poema con formas que hacen referencia al instrumento que más veces ha estudiado y tocado.
Con ALLEGRETO entramos en el segundo movimiento. Sabemos más de Arriaga, de su ópera «Los esclavos felices» —oxímoron no extraño—, título al canto para evidenciar al amigo, «el haber sido esclavos felices / de una época agridulce» en la que «solo de la noche a la mañana / escribíamos, reintentábamos el mundo», jugosa definición con la que enfrentarse a la vida. Nunca fue ofensa, aunque lo pretendieran quienes le llamaban «el violinista en el tejado»; si te gusta la música, la actuación cinematográfica de Topol, la pintura de Chagall… es halago, así lo sentía, así lo expresa. Los veranos en Navarra, la tierra heredada. Debussy y la intensidad de los cambios atmosféricos, «los brillos en el agua a la luz de la luna», imágenes, rememoradas por el oído, de «la calidez del estío y de la música», del lugar venerado donde ir y experimentar.
Nos sumergimos en DESCANSO, cadencia para reponer fuerzas con sensaciones al punto. Partiendo de un prefacio dedicado a «Maese Pérez el Organista», de un Bécquer imborrable, y otro a Cervantes, con su Quijote trocando fantasía en realidad; evocar a sus abuelos, a Guridi, a la magia del coro en la iglesia y al necesario maestro que la vida ofrece para la crecida: Daniel, su profesor de violín. «Intermezzo», y en él cabe la memoria del viaje a Italia, intuirse renacentista: «sentimos nuestra sangre / empapar aquellas tierras, / llegar a las raíces de la cultura / que nos hermanaba».
Y llega, como un remanso de contagiosa nostalgia, «Bohemios», revivir con él otros tiempos, transferidos, en los soportales de la Plaza de los Fueros en un día de lluvia, jugando a la pelota, mojándonos, mientras escuchamos la banda municipal tocar el «Intermedio» de «Bohemios», de Amadeo Vives —desde la imaginación y desde una grabación de orquesta, mientras esto escribo—. Resonar con el recuerdo compartido, sumándolo al nuestro. Acto seguido, el realismo con «Adiós a la bohemia», acompañado del maestro Sorozábal sobre literatura de Baroja.
Ya en PRESTO, tercer movimiento que se inicia con un tema ineluctable que de ordinario se suele aplazar, mas no en esta partitura. Tempo en el que sabemos de «La muerte y la doncella» —lied de Schubert sobre el poema de Matthias Claudius—, porque «con el tiempo vamos perdiendo / el miedo a la ausencia del latido. Pero en la penumbra que hay detrás…», no se elude la incógnita; sin embargo, hay que seguir con la vida y gozarla. Y avanzando escuchamos «Kreisleriana», un bello estímulo ya desde el inicio, con la maravilla de mensaje de Robert Schumann a Clara Schumann… La influencia de Hoffmann, la pugna de la economía queriendo sobrepasar al amor —reto perdido—, la profunda historia de dos enamorados de quienes sabemos más y del amor que se agranda con el tiempo y que encuentra puerto seguro nos acogen en estos versos de oír visible: «Mujer amante, mujer hecha música, / así te recreo, en cada movimiento / de esta pieza única. / Por ti pasan todos los amores: / años de pasiones efímeras, desengaños, / hasta llegar al que desemboca / y es embalse, lámina de azogue única».
«Evocación», a modo de conclusión, a sus referentes músicos, sobre todo a Albéniz, a su Iberia y a Cuentos de la Alhambra de W. Irving; de nuevo, también en su pensar, la literatura y música en fusión. «Lo que yo ignoraba / es que la belleza podía ser / todavía / más bella», y es fácil ver cierto paralelismo entre estos versos y lo que dijo la bióloga y escritora estadounidense Rachel Carson: «Cuanto más claramente podamos centrar nuestra atención en las maravillas y realidades del universo que nos rodea, menos inclinación tendremos hacia la destrucción», y convenir con ella y con nuestro poeta en que construir es lo que nos salva, nos place y espolea, sin contradicción alguna.
Seguimos recorriendo caminos y ríos en poemas. Smetana y el Moldava…
Velázquez en el cielo madrileño, y ese paseo que pone el hoy en un ayer que junto a él recorremos: el Retiro, acercarnos a la Cuesta Moyano, a Baroja hecho escultura… Y la resuelta «Coda», tras la que se desliza el telón sobre un escenario donde ha sonado una partitura que integra.
Javier Mateo Hidalgo, con su Sinfonía para un solo músico, converge con el concepto que el filósofo Hartmut Rosa viene a decir sobre el término «resonancia»: aprender a escuchar el mundo, a relacionarnos con él sin prisas, a dejar de querer controlarlo. Todo lo que nos relata en forma de poesía es porque sabe escuchar la vida en su escala de gamas de color, con variedad de grises incluidos, y trasladarla al pentagrama. Resuena su convivencia con las personas y con el sonido de los instrumentos, también con los personajes con cuyas obras se ha nutrido. Todo deja su esencia para que esta reverberación siga su proceso y germine su efecto ya desde ese inicio en clave de sol, signo musical interior que él irradia con su particular forma de crear versos y de construir encuentros.
* Poesía: El mar vertical (Ayuntamiento de Madrid, 2019; Accésit del Certamen Literario Leopoldo de Luis); Ataraxia (Almadenes, 2022); La imagen sonora (Vitruvio, 2023); Arquitectura del sueño (Huerga y Fierro, 2024); Novela (La Tortuga Búlgara, 2024); Exposición permanente (Huerga y Fierro, 2025). Investigación: De la llegada en tren a la salida en caravana: 126 hitos de la historia del cine (1895-2021) (Editorial NPQ, 2022). Colabora en diferentes periódicos y revistas culturales.

