Por Jesús Cárdenas.

Jugar es una de las formas más serias del conocimiento. La literatura lo sabe desde siempre: cambiar una palabra de sitio, asumir una voz ajena, alterar una perspectiva o cuestionar el significado constituye una manera de explorar la realidad tan válida como cualquier discurso serio. En Palabras de paso, Pablo Llanos convierte esa capacidad lúdica de la escritura en el eje de su propuesta poética. El poema aparece como un territorio de prueba, de desplazamiento y de reinvención, donde el lenguaje dejó de servir para nombrar el mundo, por ello se emplea para ponerlo en duda, reconstruirlo o imaginarlo de nuevo. Así, no es de extrañar que Jesús Aguado, en el prólogo, defina el «yo» como posibilidad y como juego. Buena parte del libro se levanta precisamente sobre esa convicción: escribir consiste en ensayar otras formas de ser. Editado por Piezas Azules en una cuidada edición limitada y numerada, acompañado por las ilustraciones de Carmen Hurtado, notas del autor y un aparato bibliográfico que revela algunas de sus filiaciones literarias, el volumen se presenta además como un objeto artístico donde cada elemento participa de un mismo proyecto de sentido, gracias también a la intervención de las editoras, Patricia Lodín y Andrea López Montero.

La primera sección, «Documento de identidad», funciona como una inteligente deconstrucción de las categorías administrativas con las que pretendemos definir una vida. Nombre, origen, filiación o nacionalidad aparecen sometidos a una mirada crítica que mezcla ironía y extrañamiento. En «Nacionalidad» leemos: «las grúas construirán, / levantan, / has arruinado». La brusca ruptura sintáctica -de tercera a segunda persona verbal- genera una sensación de inestabilidad que refuerza el contenido del poema. El paisaje natal aparece transformado por la especulación y el progreso mal entendido. La segunda persona introduce además un tono acusatorio que desplaza la experiencia individual hacia una reflexión colectiva. Del mismo modo, en «Hijo de» encontramos una de las formulaciones más sugerentes del libro: «empeñarse en ser niño / durante tanto tiempo como para / conseguir convertirse en padre» La paradoja articula una reflexión sobre la herencia y el crecimiento. Formalmente, el poema avanza mediante un encabalgamiento suave que conduce al lector hasta el desenlace conceptual. La identidad deja de entenderse como un dato fijo para convertirse en un proceso.

La segunda sección, «Lenguajes de paso», amplía el foco y convierte el propio lenguaje en protagonista. Cada poema aparece acompañado por citas de autores tan diversos como Walt Whitman, Fernando Pessoa, Juan Ramón Jiménez o Frida Kahlo, entre otros muchos. Se trata de una forma de construir una genealogía literaria. Las voces ajenas entran en conversación con las del autor y multiplican las posibilidades interpretativas. Llanos experimenta con registros diversos, alternando verso y prosa, definición y aforismo, humor y reflexión. En «Lenguaje técnico» aparece uno de los fragmentos más logrados: «Remendar el lenguaje como saben / las madres, metiendo la noche / en lejía hasta dejarla blanca». La imagen resulta significativamente eficaz. El lenguaje es concebido como un tejido roto que necesita reparación. La comparación con las madres introduce una dimensión afectiva y doméstica, mientras la metáfora de la noche blanqueada mediante lejía convierte la experiencia cotidiana en imagen poética. La composición concluye con una formulación que resume buena parte de la ética del libro: «Querer sanarlo todo / y nada / estropear». La disposición escalonada del verso subraya el contraste entre la ambición reparadora y la conciencia de los límites. Aspecto este último también tratado en diversas composiciones. Ello da pie a contemplar los límites del lenguaje poético, refiriéndose a [mis poemas] dirá: «De algunos, cuando logro / percibir su fulgor, / ya están muertos».

La tercera sección, que da título al volumen, tal vez constituya su núcleo más lírico. Aquí la reflexión sobre el lenguaje se vuelve más imaginativa y musical. En «Juegos prohibidos de palabras se alza en favor de la concepción lúdica, a contracorriente de lo esperable: «Intento escribir juegos prohibidos de palabras». Destaca especialmente «¿Sueñan los poetas con endecasílabos eléctricos?», poema galardonado previamente y que arranca con un guiño evidente a Philip K. Dick: «Y si cansado el poeta de asombros, / de sinapsis mentales y oxímoros / descansa con un sueño cotidiano». La combinación de tecnicismos contemporáneos y figuras retóricas produce un interesante efecto de extrañamiento. El poema contrapone la hipertrofia intelectual a la sencillez de un «sueño cotidiano». Esa tensión entre complejidad y claridad recorre buena parte del libro. También sobresale «Esa es mi poética», donde Llanos define la escritura mediante imágenes inesperadas desde su inicio: «Para dar nombre al hueco / entre los dientes de un tenedor. / Escribir para convertir las ruinas / en solares no edificados». La poética se construye aquí desde lo mínimo y lo aparentemente insignificante. Nombrar aquello que no suele ser nombrado constituye una forma de resistencia frente a la invisibilidad. La imagen de las ruinas convertidas en «solares no edificados» introduce además una sugerente idea de posibilidad: la escritura abre espacios nuevos para imaginar el pasado.

Para finalizar, «Códigos genéticos», mediante una serie de prosas poéticas donde memoria y literatura se entrelazan. Libros, discos, entradas de conciertos, cuadernos y objetos cotidianos conforman una arqueología sentimental que explica cómo se construye una vocación. Así hacia el final de la composición «Cuadernos garabateados» leemos:

Aprendí a mirar con extrañamiento, a cerrar bares, a indignarme, cerrar mares, leer de forma crítica, amaestrar pisapapeles. Sin embargo, no puedo crear literatura, porque no sé hace todo lo anterior a la vez.

Quien hace literatura vive en el tiempo real de la escritura.

Entre composiciones en prosa poética, juguetea el breve poema que la encabeza resume perfectamente el tono del conjunto:

¿Para qué escribimos poesía?
Para cambiar las cosas.»

Y aquí ando
cambiando las cosas
de lugar.

El juego verbal transforma una declaración solemne en una ironía reveladora: cambiar el mundo quizá sea imposible; cambiar nuestra mirada sobre él, no.

En las páginas finales encontramos una reflexión especialmente significativa sobre el aprendizaje literario: «mirar con extrañamiento». Ese extrañamiento constituye, en realidad, la esencia de Palabras de paso. Heredero de la tradición metapoética contemporánea, con huellas que van de Pessoa a Valente, de Whitman a la poesía experimental más reciente, Pablo Llanos construye un libro donde identidad y lenguaje permanecen en constante movimiento. Un libro para ser degustado con calma. Precisamente ahí, en esa capacidad de transformar la escritura en exploración y sorpresa, es donde reside su mayor logro.