Sara Armenteros Monterroso
Cuando Euphoria llegó a HBO en 2019, traía algo que la televisión para
adolescentes rara vez había intentado, retratar el dolor de una generación. Sus
personajes femeninos sufrían y cada sufrimiento tenía su propio color, voz e
identidad propia.

Rue (Zendaya) era la protagonista y, a la vez, narradora que nos mostraba su
propio infierno sin tapujos, una búsqueda incesante de aceptación por parte de
Jules, y retrataba a una Cassie que deseaba ser amada por encima de todo y no
podía evitar caer una y otra vez en el pozo de ser deseada. Por su parte, Kat
descubría el poder de dejar de ser invisible al sentirse empoderada. Lo que hacía
valiosas las dos primeras temporadas no era el caos que mostraba, sino la
inteligencia con que se retrataba ese caos.
Siete años después, la tercera y última temporada de la serie ha confirmado lo
que las señales de alarma venían anunciando: Sam Levinson casi destruye lo
que había construido piedra a piedra. Y digo casi porque las audiencias y las
conversaciones en redes mandan. No obstante, no hablan de lo que podría
suponer una última temporada de una serie tan icónica y querida.
Muy a nuestro pesar, la mayoría de sus personajes han sido sexualizados y/o
reducidos a meras marionetas sin pensamiento crítico ni voluntad propia. Podría
haber funcionado, podría haber una moraleja, un aprendizaje y que el arco de
los personajes hubiera tenido sentido. Ese salto temporal de 5 años desde la
segunda temporada a la tercera hubiese podido permitir que los personajes
crecieran, que sus traumas adquirieran perspectiva, que el caos de la
adolescencia diera paso a una vida adulta compleja pero coherente. Si lo
pensamos fríamente: ¿qué son cinco años después del instituto? ¿Recuerdas
algo de esa etapa? ¿Realmente cambiaste sin haber ocurrido algún evento
trascendental en tu vida?
La serie ofrece una mirada misógina donde los hombres mandan y avanzan con
su vida y las mujeres “simplemente” tienen relaciones. Desafortunadamente, su
creador sigue viendo a esas mujeres que aparentemente evolucionaron y
crecieron como cuerpos que se mueven entre el deseo ajeno y su necesidad de
gustar. Todas excepto Rue, que es leída por los guionistas como un hombre más
en todos los aspectos. Si en lugar de Rue, el nombre del personaje fuese
Rudolph, no habría ningún cambio sustancial en la trama.
Paradójicamente, el director también añade tintes religiosos que en su tercera
entrega llegan a su nivel máximo con distintos “huevos de Pascua”,
conversaciones entre personajes y Rue llevando una Biblia consigo todo el
tiempo. Esto hace que la última temporada tenga un aura más turbio y
enrarecido si cabe.

El caso de Cassie es para mí el más vergonzoso de todos. Su personaje parte de
una inocencia y una sexualidad leída por las personas que la rodeaban, excepto
por ella misma. Había una crítica y una tristeza honestas.
En la segunda temporada, su necesidad de ser amada creció y mostró una
desesperación por destacar, sin terminar de creer en sí misma como una mujer
deseable. Pero en la tercera temporada, la vemos posando disfrazada de perrita,
de bebé, mostrando sus encantos al desnudo con la excusa de que en cinco años
ya se ve capaz de explotar su potencial y hacer dinero en la red. Levinson nos
hace creer que en tan poco tiempo y tras años de ser humillada por Nate, que
claramente opina de todo lo que hace, no solamente no ha perdido autoestima,
sino que su ego es más grande que ella misma al mostrarnos sus delirios de
grandeza. También se equivoca en el tono con que lo hace, ya que no se muestra
empatía, distancia crítica o propósito claro más allá de mostrar por mostrar.
Hay una escena que chirría aún más que los desnudos gratuitos y es el momento
en que Lexi se encuentra en la sala de guionistas que critican a Cassie y la
desprecian por “ser guapa” y exponerse en redes. El equipo de ejecutivas la
reduce solo a eso, no hay ningún tipo de valoración de talento. Levinson se
olvida de que las mujeres, al igual que los hombres, son dueñas de su cuerpo y
pueden decidir libremente qué hacer con él. Cassie no oculta en ningún
momento cuál es su ocupación actual y finalmente, todo se reduce a “las
mujeres son las peores enemigas de las mujeres”. No hay espacio para la
sororidad en el universo de Levinson. No hay cabida para que una mujer pueda
apoyar a otra por el mero hecho de ser mujer. No existe la posibilidad de ayudar
o comprender a otra mujer si no existe relación alguna entre ellas. Por si todo
esto fuera poco, Levinson hace una propuesta grotesca para simplemente
recrearse, pero sin llevar al espectador a ningún lugar concreto.
Lo más revelador es lo que la temporada hace con sus ausencias: Kat Hernandez
(Barbie Ferreira), Gia Bennet (Storm Reid) y Leslie Bennet (Nika King). Por
sorprendente que parezca, Kat no regresa aún siendo el personaje que la serie
había construido con mayor consciencia feminista tras ser oprimida por no tener
un cuerpo no normativo, ni tampoco regresan la madre de Rue y su hermana
pequeña, los dos personajes que representaban el cuidado y la contención.
El final de la serie, sin spoilers y que confirma que no habrá cuarta temporada,
funciona como un veredicto: unas sin apenas presencia escénica, otras reducidas
a meras marionetas a manos de los hombres y otras simplemente juiciosas con
las otras mujeres.

Y es ahí donde reside la única conversación posible en redes porque el público
que creció con estos personajes los reconoce y reconoce también lo que les ha
sido arrebatado. Han perdido toda personalidad y libre albedrío, han perdido
capacidad de raciocinio, empatía y, lo más importante, dignidad.
Desafortunadamente, Sam Levinson filmó tres temporadas mirando a sus
personajes femeninos como si fueran el problema.
Nunca entendió que eran la solución.

