
Juan José Cerero (Sevilla, 1987). Es periodista. Ha publicado la plaquette Sombras y Silencio (Suplementos de Girándula), Oro (Ediciones de la Fundación de Cultura Andaluza, 2007) y Una confusión y otros relatos (El toreador de Pájaros, 2012). (Númenor, 2026) es su segundo libro de poemas.
Javier Gilabert: Juan José, bienvenido a esta sección. Es una alegría recibirte en Culturamas, y es inevitable arrancar hablando del tiempo. Publicaste tu anterior poemario, Oro, en esta misma y exquisita colección de Númenor allá por 2007. Han pasado casi veinte años hasta la llegada de Mientras hay una luz. ¿Por qué se rompe ese largo silencio poético precisamente ahora y con este libro?
Juan José Cerero: Supongo que hay dos detonantes principales. El primero de ellos, la vuelta a la escritura de forma más asidua después de unos años en los que había estado más parado. Aproveché para volver a releer y corregir todo el material que había ido dejando en cajones desde la publicación de Oro; en ese proceso, me di cuenta de que había algunas cuestiones troncales que se repetían y que podían articular un libro. El segundo de ellos es el nacimiento de Mateo, mi primer hijo, a quien está dedicado el libro. Me pareció que un punto y aparte vital como ese también podía justificar hacerlo en el terreno literario. Hablé de estos asuntos con Fidel Villegas, director de la colección Númenor; por suerte, le gustó la idea y aquí estamos.
Ya desde el umbral, el libro nos plantea un choque frontal, casi un oxímoron vital. La esperanza que sugiere el título colisiona brutalmente con la rotundidad del primer verso: «morir es el trabajo de los vivos». ¿Cómo y cuándo surge la idea de vertebrar un libro en torno a esta tensión constante entre la luz y el absurdo de la finitud?
Es una de esas cosas que en realidad no ves con mucha claridad hasta que alguien te lo señala. En mi caso, no fui plenamente consciente de ello hasta que leí el prólogo. Por otra parte, una vez que te lo señalan, entiendes que en realidad no puede ser de otra forma: esa pulsión entre la esperanza y el nihilismo es la pelea interior que vertebra la persona que soy, así que me imagino que los poemas no tienen más remedio que reflejarla.
La curiosidad es un elemento fundamental en la observación poética del mundo
A lo largo del poemario nos arrastras a la experiencia de una existencia marcada por la extrañeza. Escribes: «cómo puedo / llamar a este lugar mi propia casa». ¿Qué papel desempeña esa sensación de alienación, de no reconocer el propio entorno, a la hora de enfrentarte a la página en blanco? ¿Es el poema el único hogar posible?
Para mí, esa extrañeza es una especie de reverso tenebroso del asombro. A mi entender, la curiosidad es un elemento fundamental en la observación poética del mundo. Sin la capacidad de asombro o de extrañeza, en mi opinión, hay poca poesía posible; Chesterton fue un gran filósofo del asombro en este sentido. Ese asombro corre siempre el peligro de volverse alienación, y entonces nos pasamos a esa observación que hay, por ejemplo, en el cine de Béla Tarr. El poema ocupa en este sentido un lugar extraño: es una destilación de la vida, pero también la traspasa y la trasciende, y si volvemos a Chesterton o incluso a Tarr, tendremos que reconocer que vivir una vida luminosa es mucho más rico y satisfactorio que la literatura. En cualquier caso, lo mejor sería que ambas confluyeran en aquella intención de Romain Rolland: «Ver el mundo tal cual es, y amarlo».
No hay aspiración mayor como poeta que conseguir mirar con los ojos del niño
Frente al peso innegable de la muerte y la irreversibilidad del tiempo que atraviesan el libro, brilla la bellísima dedicatoria inicial: «Para Mateo, porque el mundo fue hecho solo para que lo mires». Da la sensación de que esa mirada limpia es el contrapeso a todo lo demás. ¿Es Mateo esa luz a la que alude el título del libro, la razón para seguir sosteniendo la mirada al mundo?
Mateo es, desde luego, una luz, una brillantísima, llamada además a seguir dando luz cuando yo me haya ido. Pero no es la única. Creo que parte de aprender a vivir es encontrar, guardar, buscar y usar como guía las luces que la existencia te regala de vez en cuando: la pareja, los amigos, los libros, las
películas, los discos. Si imaginamos que por la vida pasamos a tientas como por una serie de galerías oscuras, estas luces son los fanales que nos permiten tal vez imaginar un camino. Desde luego, además, para mí no hay aspiración mayor como poeta que conseguir mirar con los ojos del niño. No es en absoluto fácil.
En tu profesión trabajas constantemente con la inmediatez, con lo efímero, con la urgencia del titular; mientras que la poesía busca detener el tiempo y requiere de una cocción muy lenta. ¿Cómo conviven en ti el periodista y el poeta? ¿De qué manera alimenta la sala de redacción a tu poesía, o viceversa?
Son dos maneras de ver la realidad bastante distintas, por lo general. De hecho, los primeros años de profesión periodística fueron los que más en blanco dejé en términos literarios. El registro de escritura es muy distinto en ambos casos. El periodismo, y más, por desgracia, hoy, funciona en ocasiones como una producción de palabras al peso, que por momentos confunde más que aclara en su anormal abundancia; la poesía, por el contrario, requiere deshacerse de todo lo accesorio hasta construir la forma de observar y encontrarse con una suerte de verdad elemental.
Sólo en el proceso de cincelar la palabra encontramos lo que realmente queríamos decir
Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde tus anteriores publicaciones (Sombras y Silencio, Oro, o tu libro de relatos Una confusión…), ¿cómo ha sido el proceso de escritura de Mientras hay una luz? ¿Ha cambiado sustancialmente tu forma de trabajar el verso con respecto al poeta que eras hace unos años?
Cuando era más joven, los poemas solían aparecer como fogonazos; algo o alguien me dictaba de repente un verso o dos, que aparecían ya formados en la cabeza, y mi objetivo era construir un andamiaje que los soportara sin desmerecer. En los últimos años, el proceso ha cambiado en general bastante: comienza con una idea, una nebulosa que no sé formar con claridad en palabras —eso en realidad es la poesía, creo, tratar de acercarse a lo que no se puede decir—, y a lo largo de los días siguientes, que pueden ser tres o treinta, trato de ir encontrando la manera de encontrándome con ella. Sólo cuando lo tengo más o menos claro me siento a intentar articular una suerte de forma definitiva, lo que en muchos casos en realidad acaba tirando por tierra todo el acercamiento previo; como en muchas labores artesanales, me imagino, solo en el proceso de cincelar la palabra encontramos lo que realmente queríamos decir. En ese sentido sí que podríamos establecer un nexo de unión con el periodismo: lo que en ocasiones parece una historia sencilla acaba siendo una madeja sorprendente cuando se empieza a tirar del hilo.
Alejandro Martín Navarro firma un prólogo estupendo que contextualiza muy bien tu obra. Pero, si dependiera de ti, ¿qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores antes de adentrarse en tus versos? ¿Qué efecto esperas que provoque en ellos este golpe de luz?
Volviendo sobre lo que hemos hablado anteriormente, si he sido capaz de transmitir en uno solo de los poemas el asombro que en muchas ocasiones produce lo elemental, si de algún modo he conseguido descorrer la cortina que abre la ventana de lo que hay de sagrado en un mundo triste y gris por lo demás, daría mi trabajo por más que hecho. Y si además he conseguido hacerlo poniendo los acentos en su sitio, miel sobre hojuelas.
Llegamos al aprieto clásico de la sección, al que no escapa nadie. Si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de Mientras hay una luz, ¿cuáles serían y por qué?
Uno de ellos sería Lechugas, porque intenta abarcar precisamente estas cuestiones de las que venimos hablando de manera directa y es quizá uno de los más representativos de lo que vengo escribiendo en los últimos años. Otro sería Las naranjas, que algún buen amigo poeta considera quizá lo mejor que haya escrito, y no seré yo quien entre en esa discusión; sí diré al menos que toca varias de mis obsesiones: la infancia, el papel de la naturaleza, la construcción del yo a través de los muertos y de los ausentes, la vida como una suerte de presente continuo que se informa a sí mismo a cada paso; en esta misma línea, y por cerrar, Calles de Carmona, uno de los poemas escritos a raíz de la muerte de mi padre, que vertebra una de las secciones del libro.
El poeta que soy o intento ser o no ha cambiado sustancialmente en estos años
Al mirar por el retrovisor hacia tus obras anteriores, tanto poéticas como narrativas, ¿en qué medida veremos en este nuevo poemario —o no— al Juan José Cerero de tus inicios? ¿Hay un hilo conductor inquebrantable o una ruptura consciente con tu voz del pasado?
Quienes hayan leído el poemario anterior encontrarán una línea conductora clara; no puede ser de otra forma, ya que algunos de los poemas del libro están escritos pocos meses después de la publicación de Oro, y porque en todo caso el poeta que soy o intento ser o no ha cambiado sustancialmente en estos años. Quitando algún poema que supone un escarceo con formas algo menos habituales en mi manera de escribir, como Mudanza, el que cierra el libro, por lo general me he mantenido siempre en la tradición literaria del verso limpio y bien medido en la medida de lo posible, que es también el que me gusta leer.
Mientras sienta que hay cosas que no puedo decir de otro modo que con la poesía seguiré escribiendo
¿Supone este poemario la vuelta definitiva a la publicación asidua? ¿En qué nuevos proyectos estás trabajando actualmente?
No sabría qué decir. Creo que no produzco tanto, y menos tanto de una calidad que yo considere suficiente para publicar, como para que haya asiduidad en la publicación. En todo caso, he escrito alguna cosa inédita desde que el libro comenzó el proceso de publicación, y mientras sienta que hay cosas que no puedo decir de otro modo que con la poesía seguiré escribiendo.
Por último, como lector, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión” en esta revista?
Si me permites un pequeño ejercicio de ficción poética y de viaje al pasado, imagínate haber abierto un día una revista como esta y haberte encontrado con una entrevista y tres poemas del Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez. Como para caerse muerto. Es verdad que a veces cuesta darse cuenta de la importancia de las cosas hasta que el tiempo hace su trabajo de filtro, pero creo que en este caso el golpe hubiera sido tremendo de todas formas.
***
Tres poemas de Mientras haya una luz
LECHUGAS
Mi recuerdo primero es la barbilla
de mi abuelo Damián como un erizo blanquísimo
llevándome en el carro al mercadillo del Jueves.
He aprendido hace poco a mirar hacia arriba
—el único lugar donde está todo—
y su rostro arrugado es como un mapa
de lo sagrado mismo. El sol entero
cabe en sus palabras que todavía no entiendo.
Mi abuelo se abre paso en la espesura
de hombres que gritan, sudan, ahuyentan a los pájaros.
Como un aventurero, que nunca está perdido
pues cada nuevo paso es ya su propia meta,
otea los puestecillos en busca de Luis.
Luis vende lechugas a la sombra
de un tenderete verde y amarillo
como un maizal en julio. Es hoy y siempre
un mostacho tupido y azabache,
unos ojos cansados en un volcán de pliegues
cincelados por soles que curtieron su espalda
y unas manos de lija que tal vez
sepan también caricias como las del abuelo.
Vendremos cada jueves. Las lechugas
de Luis son las mejores
pues son las más amargas, me explica mientras juega
con mis rizos de miel recién templada,
y su voz atraviesa de repente las décadas
como un caballo blanco una arboleda
y llega hasta esta noche y a este hombre
que está cruzando el puente que lleva hacia la sombra,
y con el mismo amor que ensortijaba
el pelo del que un día será mi hijo
me recuerda el verdor de la lechuga
y el amargor, que es el sabor del tiempo,
el latido incansable de la tierra
que conoce el dolor y no se rinde
y entrega en cada hoja toda el agua de un río
que vence a los inviernos para criar jazmines.
LAS NARANJAS
Como pesadas recuas que han dejado
entre los barros secos su andadura,
adivino el olor del cisco largo,
de las tardes aquellas encendidas.
Hoy está lejos el jarrón azul,
la foto en blanco y negro de mi abuela,
la leche hirviendo en el perol de lata.
Dadme aquel pueblo, las callejas lentas
de casas encaladas por un frío
que siento que no arrecia. Todo parte
por una sombra antigua. Las naranjas
que recogí de niño siguen dando
su zumo dulce y agrio como entonces.
CALLES DE CARMONA
He vuelto en el insomnio por las casas
de la vieja Carmona que algún día
vi solo de pasada, en las ajadas
fotos de algún arcón de casa de la abuela.
Es ahora de noche, y yo tan niño
estoy ya deshaciéndome. Me observo
y soy una naranja que se pudre,
que cae del árbol ya de tan madura
y cruje contra el suelo, estalla y rueda
por este lodazal que es solo mío,
calado de humedad hasta los ojos
turbios, que ni su casa reconocen.
En patios desolados, maduro, deshaciéndome,
me detengo y pregunto:
padre, padre, ¿eres tú?
Llévame de la mano. Tengo miedo.

