Sergio Morata
Han pasado apenas unas semanas desde que Javier Calvo y Javier Ambrossi
recogieron en Cannes el premio a la Mejor Dirección por La bola negra. La imagen
recorrió portadas, informativos, redes sociales y programas de televisión. Para
muchos, representaba la culminación de una trayectoria excepcional. Dos creadores
españoles alcanzaban uno de los mayores reconocimientos del cine mundial,
entrando en una conversación históricamente reservada para muy pocos nombres,
al nivel de Luis Buñuel y Pedro Almodovar, nada más y nada menos.

Sin embargo, quizá la forma más interesante de interpretar aquel momento sea otra.
Porque el triunfo de Los Javis en Cannes no es únicamente la historia de dos
directores. Es también la historia de toda una generación que dejó de pedir permiso.
Durante años existió la sensación de que el prestigio cultural exigía ciertos
sacrificios. Si querías hacer cine debías mantener cierta distancia con la televisión.
Si aspirabas a ser considerado un autor debías desconfiar de la cultura popular. Si
buscabas reconocimiento crítico, había determinados lenguajes, géneros o
referencias que era mejor dejar atrás.
La cultura española parecía organizada en compartimentos estancos. El cine de
autor y la televisión popular. La alta cultura y el entretenimiento. Lorca y los realities.
La crítica y el público. Lo prestigioso y lo popular.
Los Javis nunca parecieron especialmente interesados en seguir esas reglas.
Y probablemente ahí se encuentre una de las claves de toda su trayectoria.
Porque observada en conjunto, su obra parece construida alrededor de una
convicción muy sencilla: las historias no tienen por qué elegir entre emoción y
sofisticación, entre cultura popular y prestigio, entre tradición y modernidad. No
tienen por qué renunciar a una parte de sí mismas para ser tomadas en serio.
Todo eso ya estaba presente en La Llamada.
Vista hoy, cuando forma parte del imaginario colectivo de toda una generación,
resulta fácil olvidar hasta qué punto aquella propuesta parecía improbable. Una
historia ambientada en un campamento religioso donde convivían la espiritualidad,
el deseo adolescente, la música pop y el humor. Una obra capaz de hablar de
religión sin cinismo, de identidad sin solemnidad y de búsqueda personal sin
necesidad de ofrecer respuestas definitivas.
Lo que convirtió a La Llamada en un fenómeno no fue únicamente su capacidad
para conectar con el público. Fue la naturalidad con la que abordaba cuestiones que
durante mucho tiempo parecieron incompatibles. Allí donde otros veían
contradicciones, Los Javis encontraban posibilidades narrativas.
La fe no aparecía como una institución a combatir ni como una reliquia del pasado.
Aparecía como una pregunta. Como una búsqueda. Como una necesidad
profundamente humana de encontrar sentido y pertenencia.
Y quizá ahí estaba ya una de las grandes obsesiones de toda su obra.
Porque si algo une a buena parte de los personajes creados por Los Javis es
precisamente su intento de descubrir quiénes son cuando dejan de vivir según las
expectativas de los demás.
Ese conflicto atraviesa La Llamada. Pero también atraviesa el resto de su
filmografía.
Atraviesa Paquita Salas.
Aunque durante años haya sido recordada principalmente por su humor, sus
personajes excéntricos o su capacidad para generar momentos icónicos, la serie
esconde una mirada mucho más compleja de lo que suele reconocerse.
Paquita vive en permanente lucha contra la irrelevancia. Pertenece a un mundo que
cambia demasiado rápido, a una industria que parece haber olvidado a quienes la
construyeron y a una realidad donde el éxito tiene fecha de caducidad.
La serie habla de representantes, actores y castings, pero en realidad habla de algo
mucho más universal: el miedo a quedarse atrás.
El miedo a descubrir que aquello que te definía ha dejado de tener valor.
El miedo a perder tu lugar en el mundo.
Y lo hace sin cinismo.
Los Javis nunca observan a sus personajes desde la superioridad. Nunca convierten
sus defectos en motivo de burla. Incluso en sus momentos más absurdos, Paquita
conserva una humanidad que obliga al espectador a empatizar con ella.
Esa capacidad para encontrar dignidad en personajes que podrían haber sido
simples caricaturas reaparece constantemente en su trabajo posterior.
Y alcanza una de sus expresiones más poderosas en Veneno.
La historia de Cristina Ortiz había sido durante décadas uno de los grandes
símbolos de la televisión española. También uno de sus grandes malentendidos. Su
figura había sido reducida demasiadas veces al espectáculo, al escándalo o a la
anécdota. Gran parte del país creía conocer a La Veneno cuando en realidad solo
conocía una versión parcial y simplificada de ella.
Lo que hizo la serie fue devolverle aquello que tantas veces se le había negado:
complejidad.
En lugar de convertirla en un símbolo, la convirtió en una persona.
En lugar de resumirla en unos cuantos titulares, la mostró llena de contradicciones,
heridas, sueños y matices.
En lugar de utilizarla como objeto de observación, le devolvió la posibilidad de
contar su propia historia.
Más allá de su enorme importancia para la representación trans en España, Veneno
confirmó algo que ya podía intuirse en trabajos anteriores: la fascinación de Los
Javis por aquellos personajes que han sido mal contados.
Por quienes fueron convertidos en estereotipos.
Por quienes quedaron atrapados dentro de relatos construidos por otros.
Por quienes nunca tuvieron la oportunidad de explicar su propia versión de los
hechos.
Esa preocupación por rescatar historias olvidadas o incomprendidas no es una
excepción dentro de su obra. Es uno de sus motores creativos.
Y conecta directamente con buena parte de las preguntas que atraviesan la cultura
contemporánea: quién merece ser recordado, quién tiene derecho a ocupar el
centro del relato y qué historias han quedado fuera de la memoria colectiva.
Todas esas inquietudes reaparecieron con una ambición todavía mayor en La
Mesías.
Probablemente la obra más compleja y arriesgada de toda su carrera.
Si La Llamada fue una declaración de principios y Veneno una demostración de
madurez creativa, La Mesías fue la confirmación de que Los Javis habían alcanzado
una libertad artística absoluta.
La serie funciona como una especie de punto de encuentro entre todas sus
obsesiones. La religión, la familia, la maternidad, el trauma, la identidad, la memoria,
la música y la necesidad de pertenecer aparecen entrelazadas en una narración que
se resiste constantemente a las etiquetas.
Lo extraordinario de La Mesías no es únicamente su ambición formal o narrativa. Es
la confianza con la que asume su complejidad.
En una época dominada por la simplificación y la necesidad de categorizarlo todo, la
serie se permite ser contradictoria. Puede resultar incómoda y emocionante al
mismo tiempo. Puede ser profundamente espiritual y profundamente terrenal. Puede
dialogar con la cultura popular mientras aspira a convertirse en una obra de autor.
Y precisamente por eso representa tan bien la evolución de Los Javis.
Porque a esas alturas ya no parecían interesados en encajar dentro de ninguna
categoría preexistente.
Habían construido la suya propia.
Una mirada en la que conviven referencias que durante décadas parecían
pertenecer a mundos distintos. Lorca y la televisión. El melodrama y la comedia. La
cultura popular y la alta cultura. La tradición y la modernidad.
No porque intenten provocar a través de esas mezclas, sino porque para ellos
nunca han sido incompatibles.
Quizá por eso resulta tan fácil identificar una coherencia interna en toda su
trayectoria.
Sus obras cambian de formato, de tono y de escala, pero todas parecen responder
a una misma sensibilidad. Una sensibilidad interesada en quienes buscan un lugar
al que pertenecer. En quienes intentan reconciliarse con su identidad. En quienes
han sido expulsados de los relatos oficiales. En quienes continúan buscando sentido
en medio del caos.
Y es precisamente ahí donde la historia de Los Javis deja de ser únicamente la
historia de dos creadores.
Porque buena parte de quienes crecieron durante las últimas dos décadas también
aprendieron a moverse entre referencias aparentemente incompatibles. Crecieron
consumiendo cine de autor y televisión popular, escuchando música comercial y
descubriendo referentes culturales clásicos, navegando entre internet, la tradición, la
cultura de masas y las nuevas formas de expresión artística sin sentir la necesidad
de elegir entre unas y otras.
Por eso las obras de Los Javis conectaron con una generación entera.
No porque la representaran de forma explícita.
Sino porque compartían sus mismas contradicciones.
Porque entendían intuitivamente algo que muchos creadores anteriores no habían
necesitado plantearse: que la identidad contemporánea se construye a partir de la
mezcla.
Observada desde esa perspectiva, La bola negra deja de parecer una ruptura.
Y empieza a parecer una culminación.
La presencia de Lorca, la memoria histórica, las identidades silenciadas y la
necesidad de recuperar historias que quedaron fuera del relato dominante no son
elementos nuevos dentro del universo creativo de Los Javis.
Son preocupaciones que llevan años acompañándolos.
La diferencia es que ahora aparecen desarrolladas dentro de una obra de una
dimensión mucho mayor.
Por eso Cannes resulta tan significativo.
No porque haya cambiado la trayectoria de Los Javis. Sino porque la confirma.
Durante mucho tiempo se les consideró demasiado populares para ciertos sectores
de la crítica, demasiado televisivos para determinados defensores del cine de autor
y demasiado emocionales para quienes confundían la sensibilidad con la falta de
profundidad.
Sin embargo, han terminado llegando a uno de los espacios más prestigiosos del
cine mundial sin renunciar a ninguno de los elementos que definían su identidad.
No alejándose de la televisión, sino incorporándola a su lenguaje.
No escondiendo su amor por la cultura popular, sino reivindicándolo.
No renunciando a la emoción, sino convirtiéndola en una herramienta narrativa
fundamental.
No intentando parecerse a otros autores, sino construyendo una voz propia.
Quizá esa sea la verdadera lección que deja su triunfo en Cannes.
Durante años pareció que el reconocimiento cultural dependía de adaptarse a
modelos previamente establecidos. La trayectoria de Los Javis demuestra
exactamente lo contrario. Las obras que terminan dejando huella suelen ser
aquellas capaces de desarrollar una mirada singular sobre el mundo.
Y pocas trayectorias recientes dentro de la cultura española resultan tan coherentes
en ese sentido.
Por eso, cuando Javier Calvo y Javier Ambrossi levantaron el premio a la Mejor
Dirección en Cannes, no estaban representando únicamente el éxito de una
película.
Tampoco estaban celebrando únicamente una carrera.
Lo que se reconocía aquella noche era una manera distinta de entender la cultura
española. Una forma de crear que durante años se negó a aceptar fronteras entre la
televisión y el cine, entre lo popular y lo prestigioso, entre la emoción y la
sofisticación.
Porque la trayectoria de Los Javis nunca ha consistido en elegir entre unos mundos
y otros.
Ha consistido en demostrar que todos podían convivir.
Y quizá por eso su triunfo resulta tan simbólico.
No solo habla de ellos.
Habla también de todos aquellos creadores que crecieron sin entender por qué
debían pedir permiso para mezclar referencias, formatos, géneros o sensibilidades.
De quienes decidieron construir una voz propia en lugar de adaptarse a modelos
heredados. De quienes entendieron que la tradición podía dialogar con la
modernidad y que la cultura popular podía aspirar a la misma profundidad que
cualquier otra forma de expresión artística.
Durante años, muchas de esas apuestas parecían demasiado arriesgadas,
demasiado extrañas o demasiado alejadas de los caminos convencionales hacia el
prestigio.
Hace apenas unas semanas, una de ellas fue premiada en Cannes.
Y quizá esa sea la verdadera importancia de aquella imagen.
Porque cuando Los Javis levantaron aquel premio en la Costa Azul francesa no solo
estaban celebrando el reconocimiento a una película o a una trayectoria.
Estaban representando el triunfo de toda una generación que dejó de pedir permiso
para contar las historias que solo ellos podían contar.

