Ainhoa Escarti

Marjane Satrapi tuvo la fuerza suficiente para llevar su novela gráfica a la pantalla desde el minimalismo de sus toscas y personalísimas líneas negras. Fue capaz de adaptarse a otro medio en movimiento y conquistarlo, haciendo que el idioma del cine pareciese su lengua materna.

En 2011, con la misma fuerza pero con más lirismo, nos entregó la segunda adaptación de una novela gráfica suya. Otra vez una historia con Irán de fondo, con la historia tocando los pies de los personajes. Pero «Pollo con ciruelas» es, sobre todo, un testimonio vital.

Nasser-Ali es el protagonista, un músico virtuoso que pierde su instrumento. Es su instrumento con letras mayúsculas; no es uno cualquiera, es aquel capaz de hacer sonoro su mundo interno, ese que languidece por las decisiones tomadas. Lo estimulante de Satrapi es su humor negro, a veces tan honesto que roza lo sádico y lo despiadado.

Hay una delicadeza soberana en el salto a la película no animada, pero donde los escenarios son diseñados como cuadros. Se nos presenta a veces con el grafismo de la novela y, en otras ocasiones, con la delicadeza propia del pincel que quiere atrapar la luz mejor que la realidad. Satrapi, que entiende el cómic como el arte de la simplificación, aplica esa misma economía al cine. Si en el papel el trazo define la esencia, en la pantalla el personaje de Azrael se convierte en el trazo definitivo: una línea oscura que cierra el relato del músico.

Pero aunque el escenario sea hermoso, la vida para Nasser-Ali no lo es. Su incapacidad para encontrar un instrumento sustituto le lleva al quid de toda la película y la novela gráfica. Nasser-Ali no quiere, no puede vivir. Su decisión de morir está envuelta con cinta de regalo desde el primer fotograma, donde no es otro que Azrael, con su voz en off, quien nos cuenta su historia.

Se nos presenta así uno de los personajes más logrados de la mitología propia de la obra de Satrapi. Bebiendo de las fuentes abrahámicas, la mitología persa se apropia de este arcángel que, en la mitología clásica iraní, era quien separaba el alma del cuerpo tras la muerte.

Azrael es oscuro; apenas lo separamos de las sombras por tenues toques blancos en ojos y boca, pero no es un ente terrorífico ni temible; es simplemente un espectador de la existencia que, sin juzgar, normaliza lo que ha de suceder.

Mientras alrededor de la decisión de Nasser-Ali todo es ruido y drama, junto a Azrael el alma descansa, porque simplemente espera, aguarda lo inevitable sin juzgar las cosas que van a suceder. Convirtiéndose en un objeto cotidiano en los últimos días en la vida del violinista.

Sin duda, los silencios forman parte de los diálogos del personaje, que deja patente su naturaleza cuando interviene verbalmente. Hay algo clave para toda la historia cuando Azrael dice:

«No te preocupes por ellos. Ellos no te comprenden».

Esta es quizá la frase más reveladora del personaje en la obra. Azrael, al estar fuera del espectro humano, es el único que reconoce la alienación de Nasser-Ali. Mientras los demás intentan «salvar» al músico bajo sus propios códigos morales (la familia, el deber), Azrael valida que, efectivamente, no hay comprensión posible entre ellos. Es una validación cruel, pero liberadora. Siendo así Azrael el único hombro donde descansa el deseo de Nasser-Ali.

Ahora que Marjane Satrapi ha decidido irse, puedo imaginar la escena en la que ambos se encuentran, esa en la que Azrael le dice lo mismo que a Nasser-Ali.

PD: La vida siempre tiene motivos para seguir

sucediendo.