Leyendo a Walt Whitman (he completado la hazaña nada desdeñable de acabar Hojas de hierba; lo he hecho en la edición bilingüe de Eduardo Moga en Galaxia Gutenberg), ha vuelto a llamarme la atención la cantidad de referencias deportivas, o quizás en este caso corresponda más decir atléticas, que aparecen en esta extensísima obra. Pero no puedo decir realmente que me haya sorprendido, porque hay algo indefinible pero muy evidente en su poesía que la emparenta estrechamente con el ejercicio físico. No en vano, Whitman es, quizás, el gran poeta del cuerpo humano y de la fuerza muscular: de una parte, como es sabido, celebra y canta la vida terrenal y los dones naturales que hay en ella; de otra, quiere levantar con sus versos todo un país del tamaño de un continente y un sistema democrático a su altura. No es de extrañar que la pujanza física de los estadounidenses encuentre en sus poemas un correlato en la pujanza ética de su Estado, o que la potencia física de los hombres se refleje en la altura moral de la humanidad.

Por ello, y en primer lugar, el ejercicio físico tiene una enorme presencia en Hojas de hierba y se asocia frecuentemente a la fuerza vital del individuo o de “la plenitud de la madurez”, como puede verse en el “Canto de las alegrías”: “¡Oh, la alegría del luchador fornido, plantado en la arena, en óptimas condiciones, consciente de su poder, ansioso por enfrentarse a su oponente!” Se trata, en realidad, de la capacidad de enfrentarse a los oponentes, llamémoslos, trascendentales que se nos presentan en nuestra existencia, los “trances terribles” a los que toda persona se enfrenta algunas veces en su vida, puestos ante ella bien por la naturaleza, bien por la sociedad, por la fortuna o por uno mismo. Ante ellos, la “plenitud”, las “óptimas condiciones” son una forma de autodominio que nos permite vencer cualquier dificultad: “Yo y lo mío, siempre gimnásticos, / para aguantar el frío o el calor, para apuntar bien con el arma, para gobernar un bote, para manejar caballos, para engendrar hijos soberbios, / para hablar con soltura y claridad, para sentirme en casa entre gente humilde, / y para sobrevivir a trances terribles en la tierra y en el mar”.

Se puede intuir ya en estos versos una dimensión social o colectiva que, en efecto, aparece por todas partes (por ejemplo, en “la atlética matrona americana que se dirige a una audiencia multitudinaria” de “Nuestro viejo feuillage”) y que se relaciona con una suerte de protección común de unos a otros, como buenos camaradas (una palabra repetida constantemente en Hojas de hierba), incluso de carácter militar, como puede verse en el libro Redobles de tambor, escrito en los años de la Guerra de Secesión. Allí los soldados unionistas son “hombre[s] erguido[s] y fuerte[s], […] de cuerpo bien compuesto [y] voz poderosa” y “rodillas flexibles” que recogen en su figura el ideal atlético de Whitman. Por descontado, este ideal no es solo corporal (nada lo es en Whitman por más que sea el más corporal de los poetas) sino ante todo espiritual, en el sentido ético-político que tiene todo lo espiritual para Whitman en su propósito de cantar y fortalecer la democracia norteamericana. Así, por ejemplo, en el primero de sus “Pensamientos” de los Cantos de despedida, libro de cierre que sintetiza su poética, opone los “modelos ya superados” de “la casta, los mitos, la obediencia, la compulsión y la infidelidad”, a los “modelos que ya han llegado”, es decir, “los atletas, los Estados del Oeste, o la libertad y la espiritualidad”, y aún añade “yo veo a los atletas, y veo el resultado de la guerra gloriosa e inevitable, y cómo conducen a otros resultados”. Es evidente que los “atletas” del cuerpo y del espíritu son la condición necesaria para el triunfo de la democracia estadounidense y que esta es, por su parte, su consecuencia necesaria e inevitable, que ya se puede proclamar proféticamente: “Anuncio miríadas de jóvenes, hermosos, gigantescos, de sangre dulce, / anuncio una raza de ancianos salvajes y espléndidos”.

La vertiente política de la ética, la democracia, está a su vez indisolublemente unida a su manifestación individual, y desde este punto de vista el ejercicio físico y el deporte tienen un valor formativo, educativo para el individuo (no hay que olvidar que estos son los años del nacimiento de la “educación física”). Whitman, por ejemplo, equipara en el apéndice a la edición de 1856 de Hojas de hierba la importancia de los periódicos o de la literatura recogida en cualquier biblioteca rural a la de las “revistas deportivas”, incluidas junto con los anteriores en una larga lista de lecturas que proporcionan “un alimento tan útil como cualquier otro”. Hasta tal punto se preocupó por esta relación que en 1858, bajo el pseudónimo de Mose Velsor, publicó en el New York Atlas una serie de columnas sobre “La salud y el entrenamiento masculinos” que hoy pueden leerse en forma de libro y traducidas al español y que se abren con un anuncio de todo “lo que implica el entrenamiento”, muy expresivo:

¡El entrenamiento!

En su pleno sentido, engloba

 

la ciencia entera de la excelencia,

la educación, la belleza y el vigor masculinos,

y no deja de tener estrechos vínculos

con la naturaleza moral e intelectual.

 

El deporte, queda claro, es en esencia un camino para el perfeccionamiento espiritual, para el autodominio y la elevación disciplinada sobre “los más terribles golpes”. Hablando de boxeo, por ejemplo, “¿no hay un alto grado de heroísmo en la disposición y la capacidad de sufrir los más terribles golpes de un contrincante, y mantenerse en pie ante ellos mientras los músculos del cuerpo respondan al dictado de la mente?”

Por otro lado, la camaradería o “fraternidad masculina” bordea siempre en los poemas de Whitman el homoerotismo. Esto es evidente, por ejemplo en el poema “En senderos no hollados”, que desde el título afirma “valores no proclamados todavía” y promete “sin avergonzar[se] ya” no escribir “sino cantos de fraternidad masculina […] legando, desde hoy formas de amor atlético”, brillante sintagma con el que celebrar el placer de la camaradería (palabra que Whitman emplea, según insiste él mismo, “con un sentido mucho más categórico y reconocido que el que ha tenido hasta ahora”) entre hombres.

No es de extrañar, por tanto, que en otros poemas se cante la belleza del cuerpo cincelado por el deporte, al modo de los antiguos escultores griegos, como en el poema “El corredor”, de inspiración fundamentalmente pictórica:

Por un camino llano corre el corredor, bien entrenado:

es delgado y fibroso, y tiene las piernas musculadas;

lleva ropa ligera y se echa hacia adelante al correr,

con los puños entrecerrados y los brazos un poco levantados.

Más aún, la fuerza, la musculatura desarrollada por medio del ejercicio físico parece sencillamente necesaria para la belleza, hasta el extremo de que “es de todo punto inútil pretender que existe, o puede existir, belleza auténtica en un hombre débil o enfermizo”. Diría, quizás con poco rigor, que para Whitman, como un nietzscheano demócrata y optimista del Nuevo Mundo, la belleza física, correlato de la fuerza vital, es la expresión material de la belleza y fortaleza del espíritu, y que los hombres elevados son necesariamente bellos. En realidad, el ser humano que Whitman canta y celebra es, en la armonía universal con que sueña, bello y perfecto: “toda brizna de hierba, y los cuerpos y espíritus de hombres y mujeres, y cuanto les incumbe, son milagros indeciblemente perfectos”.

Todo Hojas de hierba es, en este sentido, una celebración materialista (teniendo siempre en cuenta que en Whitman la materia no se opone en ningún modo al espíritu, sino que lo expresa o lo concreta) que “tras haber considerado el cuerpo, concluye que todos sus órganos y partes son buenos”; y por eso, lo que los fortalece, como el remo, “es un ejercicio noble y viril”. Los hombres y mujeres de Whitman, por tanto, serán “completos, de porte enérgico y ágil [y] disfrutarán plenamente de lo material” sin contradicción ninguna, frente a la moral puritana tradicional, con la altura espiritual: “No creo”, dice Whitman en el poema “Excélsior”, “que nadie posea un cuerpo más perfecto o enamorado que el mío”.

Por ello, dice Whitman en el New York Atlas, a las ventajas del deporte, en este caso de la natación, cabe añadir “la limpieza y el disfrute”, y parece haber aquí un valor simbólico del agua como elemento asociado a la purificación y por tanto, en el mundo de correspondencias del autor, a la belleza. Así, los nadadores pueden ser “hermoso[s]” o “mudos” pero fascinantes entre otras presencias naturales que hay “En el mundo bajo las aguas”, como la posidonia, el cachalote o el tiburón, y son en todo caso un ideal que perseguir, un símbolo del vitalismo arrojado que propugna Hojas de hierba:

Llevas mucho tiempo vadeando el agua, temeroso, aferrado a una tabla, en la playa.

Ahora quiero que seas un nadador sin miedo,

que te arrojes al mar, y que emerjas, y me hagas señas, y grites, y rompas, entre risas, el agua con el pelo.

El nadador puede ser también un símbolo de la soledad radical del hombre en el universo, empeñado en luchar contra el frenesí destructor de la naturaleza sin conseguirlo nunca, pero dejando tras de sí en el intento una estela de belleza que, aunque se borre con un simple batir de las olas, es hermosa mientras permanece:

Veo a un hermoso y gigantesco nadador que nada desnudo por la mar gruesa:

tiene el pelo castaño liso y pegado; bracea con determinación; se impulsa con las piernas;

veo su cuerpo blanco; veo sus ojos impávidos;

detesto esos velocísimos remolinos que quieren estamparlo contra las rocas.

¿Qué hacéis, olas brutales, chorreantes de sangre?

¿Mataréis a este valeroso gigante? ¿Lo mataréis en la flor de la edad?

Lucha y lucha sin desmayo,

aturdido, golpeado, magullado: aguanta mientras le quedan fuerzas;

su sangre salpica los remolinos que baten: lo arrastran, lo arrollan, lo zarandean, lo revuelcan;

los remolinos se tragan su hermosos cuerpo, y lo lanzan contra las rocas;

el cadáver del valiente se aleja y enseguida se pierde de vista.

Belleza fútil como la del mismo universo, cuyos “orbes y sistemas […] practican sus vertiginosos juegos en el aire” o, como dice el original inglés, “play their swift sports through the air”, porque, conociendo el significado profundo del deporte para Whitman, ¿no es todo lo que existe un gran juego deportivo, es decir, vital, vertiginoso también, bello, noble, saludable y elevado?

La poesía de Whitman pretende también reflejar y celebrar esa realidad y por tanto se concibe sub specie deportiva, tanto de estilo como de propósito. Se trata de transmitir el impulso vital, bello y violento, que alienta en todo lo que existe aunque ello implique arrastrar, como un río caudaloso, desechos o sedimentos de fealdad o imperfección: “En todo caso”, dice Whitman en el prefacio a la edición de 1872 de Hojas de hierba, “he pretendido sugerir los cantos del esfuerzo vital y de la evolución del hombre, y de [sic] aportar algo a las razas de atletas que viven al aire libre, antes que elaborar rimas perfecta o ser el rey de los salones”. 

Por ello puede proclamar con todo derecho en el fragmento 47 del celebérrimo “Canto de mí mismo” con orgullo de pionero o fundador: “Soy el maestro de los atletas”. Y es que posiblemente no haya habido nunca, en efecto, una poesía tan corporal, tan deportiva o atlética, como la Walt Whitman, para quien, como hemos visto, democracia, belleza, nobleza y deporte son distintas regiones del mismo inmenso y apasionante territorio pendiente de conquistar que es la vida humana.