Víctor Roque González

No es muy común salir de la sala de cine con cierto malestar cuando estás habituado a consumir terror con frecuencia. Menos común es, aún, que el director de Backrooms (2026), Kane Parsons, tenga tan solo 20 años. Pero empecemos por el principio…

The Backrooms es un creepypasta, o lo que es lo mismo, una leyenda negra de los foros de internet: en 2019 alguien sube a una web una foto de lo que parecen ser unas oficinas vacías con papel de pared amarillo y todos los usuarios construyen un mito a su alrededor. El terror liminal, aquel que produce incomodidad hacia el vacío de algún lugar que normalmente no lo estaría, es un terror primario, instintivo; una calma que percibimos artificial y que nos aterroriza, pues a ese entorno le falta aquello para lo que fue creado: el componente humano. Es un terror del que ya se han valido obras míticas y famosas del género como Cube (1997), de Vincenzo Natali, por ejemplo.


Kane Parsons, además de youtuber, es zoomer, es decir, nacido en la Generación Z, el rango de edad más apropiado para trasladar un creepypasta a la gran pantalla. La conexión de dicha generación con internet va más allá de la que han podido tener otras anteriores porque directamente es la primera en criarse con las redes en su máxima expresión. Parsons es, de hecho, un claro exponente, pues ya de adolescente autoproduce con los medios a su alcance una serie web sobre este creepypasta en YouTube, creando su propia mitología y lanzando el cortometraje The Backrooms (Found Footage) (2022), lo que le sirve de catapulta para que la productora A24 se fije en él.

Ahora hablemos de Backrooms (2026).

Un arquitecto venido a menos, Clark, regenta una tienda de muebles en la nada más desolada (nunca llegaremos siquiera a intuir ningún cliente). Divorciado, alcohólico e iracundo, acude con frecuencia a una psicóloga, Mary, que intenta hacer ver a Clark su reclusión con respecto a todo y todos. Una noche, nuestro vendedor, que incluso duerme y hace vida en su propia tienda, descubre que el sótano contiene una puerta-no-puerta que conduce a un «lugar».

Si bien la idea no es totalmente original de Parsons, nadie puede arrebatarle el mérito de aportar una dirección y seguridad encomiables en la puesta en escena, hipnótica en todo momento, así como un guion sólido y muy eficiente en su traslación a la gran pantalla de lo que en realidad es una multitud de posibles hilos narrativos en foros web acerca de qué está aceptado en el universo The Backrooms. En definitiva, los aspectos formales parecen propios de un cineasta con mucha más experiencia, y el terror… Bueno, digamos simplemente que Backrooms es realmente terrorífica.


El terror de su ópera prima atiende a un miedo que es difícil expresar en palabras, y funciona, en gran parte, por esta mitología que incorpora de su arsenal personal: «Imagina que describes un perro a una persona que jamás ha visto uno, y esa persona lo dibuja. El resultado sería algo que se parece a un perro, pero cuanto más de cerca lo observases más evidente resultaría que no lo es. Eso es este lugar».

Con pequeños trazos, y sin recurrir apenas al diálogo expositivo (hubiera sido lo fácil), genera en el espectador una inquietud genuina desde el prólogo, dejando que sea el entorno, absolutamente fascinante y claustrofóbico a partes iguales, el que propicie las mismas sensaciones que a sus protagonistas.

Aun valiéndose del found footage, es harto complicado hacer creer la realidad de un «lugar» que, por su propia idiosincrasia, es aleatorio y surrealista; ya no hablemos de transmitir la urgencia de sentirlo como un sitio prohibido que jamás deberíamos haber descubierto y que es mejor abandonar cuanto antes. Milagrosamente, Kane lo consigue, y es en su imprevisibilidad, en las normas que el espectador desconoce —aunque la cinta no pare de dar pistas (esa señal de STOP al revés)—, donde esta pequeña joya del terror (lo digo ya) se vuelve juguetona y refrescante, porque todo es posible, y eso es aterrador. Al salir de la sala no será fácil olvidar esas oficinas infinitas de papel amarillo que quizá no estén tan vacías como parecen… Y no estoy hablando del mobiliario.

En cuanto al giro, la posible explicación, sin hacer spoilers, me recuerda a lo que sucede cuando eliminamos un archivo en la papelera de reciclaje: no desaparece como tal, sino que va perdiendo información y calidad, capa tras capa, hasta no ser nada más que una distorsión apenas reconocible. De nuevo, la Generación Z y su relación con el medio, resuelto en una decisión final que me parece brillante y estremecedora, responsable de los mejores y más terroríficos minutos de la película; además, resulta curioso el paralelismo que puede percibirse con el desarrollo tan inquietante de la IA que vivimos día a día, tan hija de su tiempo en ese aspecto.

Como ya sucediera con los hermanos Phillippou hace unos años (Háblame [2022], Devuélvemela [2025]), se repite el fenómeno «youtuber arrasa en cines con producción de terror», y es que, en el momento de escribir estas líneas, la película de Kane Parsons lleva recaudados 220 millones a nivel internacional, con un presupuesto de 10; un éxito producto de la originalidad y el amor de unos nuevos creadores en contraste con el aparato viejo y deslucido del Hollywood ejecutivo.

 

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