Por Alberto García-Teresa.
¿Es posible escribir una epopeya poética a día de hoy y ofrecer una visión fresca del género? Eso es lo que lleva a cabo Paula Melchor (El Real de la Jara, 2000) con Un conjuro. La autora desarrolla una originalísima propuesta con la base de una narración extremadamente lírica de la peripecia de una niña en un mundo donde se cruza lo mítico y lo medieval transmitida en pasado en primera persona.
Ante todo, destaca el tono especial y la singular atmósfera con la que Melchor teje la obra en una lectura verdaderamente inmersiva. Se trata de una fusión de ingenuidad (aprovechando la perspectiva de la protagonista), maravilla y delicadeza apoyada con firmeza en la evocación paisajística y las evocaciones oníricas. Se distribuye a través de textos en verso y en prosa, aunque siempre se mantiene un registro y un ritmo narrativo. Cada pieza contiene su propio cierre, pero continúa la historia.
El relato comienza con la toma conciencia de la protagonista de su singularidad humana en medio de la naturaleza, en un bosque idílico, en la que se encuentra sola. Su mirada está llena de amor hacia las otras criaturas, en especial a un cervatillo que le acompaña: «Yo cantaba y el cervatillo saltaba / para cazar la luz de los árboles». Podría considerarse un Génesis (no en vano, alude a «la creación / del mundo antiguo») con la aparición de la primera persona en medio de un Edén. Pero, a diferencia de en La Biblia, es una mujer. Ella tiene sentimientos puros, movidos por la bondad. Vive ajena a la civilización y, cuando surgen (literalmente, «brotan») los otros humanos, los observa con curiosidad pero con distancia. Melchor aprovecha esa posición y la inocencia de la protagonista para juzgar las relaciones sociales: «Yo siempre acababa olvidando toda la violencia»; «pensé: el amor los hará buenos». Porque, en efecto, cuando contacta con otras personas irrumpe en un mundo regido por otros valores muy diferentes a los suyos. «Los hombres me dan miedo porque me quitaron a mi cervatillo», revela. Y, entonces, recogiendo la idea de la poesía como vínculo auténtico y saludable con todo el entorno, decide dedicarse a la juglaría porque «quería / sobre todas las cosas / ser amada». A partir de ahí, la poeta puede realizar una denuncia del amor romántico y contra la violencia de género. Así mismo, exalta la sororidad como forma de hacerlos frente. El recuerdo del cervatillo, además, surge como un anhelo de utopía, de la inocencia perdida. Esa continua tensión entre proclamación de la inocencia y quienes actúan movidos por el odio articulará el resto del volumen.
Finalmente, como toda epopeya, en el fondo, late, por debajo, una lectura alegórica que, en este caso, apela a la emancipación, al respeto y, sobre todo, al amor como relación básica con todo lo vivo.

Paula Melchor
Un conjuro
126 páginas
Letraversal, 2025

