Salir del incendio
Por Marina Díez.
Descubrí a Sara Olivas por casualidad, paseando entre las casetas de la Feria del Libro de Madrid, en el Retiro. Fue en la caseta de Valparaíso, una de esas paradas que una hace sin saber que está a punto de encontrarse con un libro que la acompañará mucho tiempo después de cerrar la última página.
La perra de esta casa no es un poemario que se lea desde la distancia. Es un libro que obliga a entrar. A cruzar el umbral de una casa donde las paredes guardan secretos, donde el silencio pesa más que las palabras y donde cada objeto cotidiano —una taza, un sofá, una pizarra en la nevera, unas astillas clavadas en los dedos— conserva la memoria de lo que ocurrió entre sus habitaciones.
Desde el poema inaugural, en el que el nacimiento aparece nombrado como «mi primer trauma», Sara Olivas construye una cartografía íntima del daño y de sus consecuencias. La casa se convierte en el gran símbolo del libro: refugio y cárcel, herencia y herida, ruina y posibilidad de reconstrucción.
La autora articula el poemario en tres movimientos —»Irse», «Quedarse» y «Partirse»— que funcionan como una gramática del trauma. Primero aparece el deseo de escapar; después, la imposibilidad de hacerlo; por último, la fractura necesaria para empezar a construir otra vida.
Hay en estos poemas una voluntad constante de recuperar la voz. Porque una de las intuiciones más poderosas del libro es que el daño no solo habita el cuerpo: también se instala en el lenguaje.
«Hay palabras que no deberían existir. Que no deberían respirar en el vocabulario de la infancia», escribe Olivas.
Su poesía no busca embellecer la herida ni convertir el dolor en espectáculo. Nombra la violencia desde los márgenes de lo cotidiano, desde aquello que sucede en las cocinas, los pasillos y los dormitorios. Lo hace con una escritura aparentemente sencilla, pero de una precisión devastadora.
Pocas veces una encuentra una voz tan consciente de que la forma también es significado. Las repeticiones obsesivas, el uso del espacio en blanco y la disposición visual de los poemas reproducen la lógica del trauma: circular, insistente, difícil de abandonar.
Y, sin embargo, La perra de esta casa no es solo un libro sobre el daño. Es, sobre todo, un libro sobre la posibilidad de romper la herencia recibida. Sobre cómo construir una nueva casa con las piedras de la antigua. Sobre la maternidad entendida como interrupción del miedo. Sobre la escritura como un lugar desde el que volver a nombrarse.
Al cerrar el libro, queda la sensación de haber atravesado una casa que no pertenece únicamente a la autora. Porque Sara Olivas consigue algo que solo logran los libros necesarios: convertir una experiencia íntima en un espejo donde muchas lectoras reconocerán los silencios, las ausencias y las grietas de sus propias casas.
Y comprenderán, quizá, que a veces escribir es la única forma posible de salir del incendio.
No hace cambios en su casa, sólo la pinta algunas veces.
Y si algo se rompe, se tira y ya está.
— Louise Glück
Los días se rompen
como la figurita de boda de mamá y papá.
Observo los trozos en el suelo
y suspiro ante un mundo hecho pedazos.
Lo bello se encuentra en los rotos
y escombros de esta casa.
Solo hay que saber mirar.
*
Llegas tarde,
pero no importa,
has llegado.
— Eva Gutiérrez
Cuántas veces he pronunciado esas dos palabras
metidas en cuatro sílabas átonas
que carecen de significado
solas
por sí mismas.
Llego tarde
siempre.
Al café, al orgasmo,
a la vida.
No fui yo
sola.
Paca ya lo escribió
y después tantas otras
lenguas.
No he vivido
apenas
porque siempre
habrá alguien
encima de mí.
En la cama, en la escalera,
en la vida.
Llegas tarde.
Como siempre.
Pero al menos,
has llegado.
Y eso es lo que importa.

