Cintia del Río
En algún punto de la evolución de las tribus urbanas, cierto colectivo de chicas de clase alta y calcetín bajo empezaron a utilizar “gordi” como apelativo cariñoso para sus amigas. El oído no entrenado puede interpretarlo levantando la ceja con desagrado, pero después de seis capítulos se le coge cierto cariño y se vuelve algo reconfortante.

“Se tiene que morir mucha gente”, basada en el libro homónimo de Victoria Martín, nos presenta a tres mujeres que simplemente sobreviven. La crisis de los 30, las amistades imperfectas y el sopor de la vida moderna se siguen alzando como temas principales de las series contemporáneas que buscan emular el desastre aspiracional y la acidez de Girls o Fleabag.
Nuestras protagonistas no representan una generación entera, pero en ellas reconocemos arquetipos reales con los que todos nos hemos topado en algún momento de nuestras vidas. Lejos de edulcorar la realidad, muestra la crudeza de cómo se relacionan estas personas con un tono amargo que se siente fresco y que aporta un valor diferenciador. Se agradece que, tras el intento fallido de Valeria, la trama se haya ensuciado más esta vez.
Bárbara (Anna Castillo, “El Olivo”, “La Llamada”, “Paquita Salas”) tiene depresión, depende de pastillas para superar el día a día trabajando como redactora en un programa casposo y conversa con su voz interior, encarnada en una versión malhablada de sí misma de niña (Sofía Otero). Maca (Laura Weissmahr, “Salve María”, “Los Aitas”) es actriz de teatro, o eso intenta, trabajando de camarera y siendo una lesbiana romántica de las que se mudan a las dos semanas. Elena (Macarena García, “La Llamada”, “La Mesías”) está embarazada de un ricachón dos décadas mayor que ella y ha llegado a su límite dentro de la jaula de oro.
El cóctel se bebe solo, se disfruta sin grandes sorpresas y sin grandes decepciones. La serie nos deja frases lapidarias como la de Bárbara cuando su jefe le inquiere sobre su futuro si se va de la empresa: “No tengo putos sueños”. Una frase que define el estado anímico de toda una generación que, llegados a este punto, solo quiere estar tranquila. Aquí reside la genialidad, en la realidad que se refleja.
Al igual que en series predecesoras, un tema en el que se ahonda sin miramientos es la desmitificación de las amistades femeninas. Bárbara y Maca no soportan a Elena, pasan gran parte del tiempo criticando cada uno de sus movimientos a sus espaldas y envidiando abiertamente su modo de vida. No es hasta la recta final, tras las turbulencias emocionales a las que se ven sujetas, que se logra una reparación y un acercamiento real.
Cualquiera podría decir que el odio hacia la misma persona une más que cualquier cosa, pero no: entre Bárbara y Maca también surgen conflictos constantemente debido a su cercanía y confianza. Al mismo tiempo, Elena, víctima de conjeturas, mira por encima del hombro a sus amigas y se aprovecha de su situación menos privilegiada para tener el escapismo que necesitaba. Estas decisiones favorecen que la serie habite sus grises y aceptamos que, aun con todo, ellas son así y siguen siendo amigas.

Aunque la historia cae en tópicos y sobreexposiciones, nuestras protagonistas saben defender su arquetipo y poco a poco se ganan la simpatía del público. Están lejos de querer mejorar en muchos aspectos, y eso también es reconfortante.
Se echa en falta algo más de complejidad de los arcos narrativos debido a la corta duración de los capítulos. Nos quedamos sin conocer la naturaleza real de Elena y Maca, cuyos arcos de personaje terminan de forma muy similar a como empiezan. Por el contrario y a su favor, vivimos como un logro personal la explosión de Bárbara, liberándose de su yugo interno y dando su merecido a su jefe. La serie termina más arriba incluso de lo que empezó, rara avis; con un parto, una ex dando explicaciones y una colonoscopia.
Como la vida misma, nuestras protagonistas siguen sus caminos, cada una en su pequeño mundo y cada una conectada a la otra por lo que realmente une a las personas hoy en día: el hastío y la gracia que te puede llegar a hacer.

