Juan Carlos Sales

Chiyoda, no lejos del barrio de embajadas de Tokio, encuentra bocanadas underground donde aliviar aquella otra seriedad, la de los edificios tan altos y brutales, así como resquicios de bares alternativos donde el café hirviendo se sirve incluso en los días de más calor. Salimos, en mi opinión, demasiado pronto de allí; se hace tarde para visitar todas las salas de nicho desperdigadas solo en Shinjuku, y aun así lograremos entrar en una multitud cercana de cines pequeños y medianos. Curioso para mí: en la mayoría de ellos las últimas películas independientes se postulan junto a reposiciones de algunos clásicos de Occidente: Scarface o The Big Lebowski. Más extraño todavía para mí: dar en uno de esos lugares de nostalgia anochecida con la promoción de un próximo estreno internacional, y para aquel justo fin de semana de mi visita: Sirāt se estrena el sábado. Y no era yo el único interesado en acudir. En otra sala, en la emblemática Bunkamura, céntrica como solo lo puede estar lo crecido en Shibuya, la presentación formal incluía no otra cosa que una rave con DJ en directo simulando y sampleando los ritmos originales del film. Very crowded.
Sirāt en Bunkamura y yo, que ando con la retina fresca tras meses sin luz de proyectores, aunque sí con los colores vivos de Kansai o Chūgoku y sus naturalezas de verde furia, siento escocida la vista todavía. El día del estreno no conseguí hacerme entender: quería la última fila de la sala y me fue asignada, por equivocación, la primera, bien adentro del desierto, colocado para el paseo entre los planos emblemáticos, gigantes, la vista hacia su aridez, cordilleras surgiendo muy de cerca. Un sonido de universo indómito, a la vez. Pienso si se puede llegar a comprobar aquí la consistencia del ruido en el ánimo, si exalta necesariamente a una sociedad de silencios, y en la posibilidad de las bombas como elemento para el desprecio de las etiquetas morales. Miro atrás, nadie junto a su semejante: ojos en la tersa pantalla. Nadie abre la boca si no es para sorprenderse.

Al adentrarse en la cinta, la estructura se revela con nitidez. Volviéndose analítico, por un lado existe la figura del Padre suficientemente arquetípica. Formalidad, cumplimiento estricto del deber, pragmatismo humorístico junto a una fría lógica de supervivencia. En el extremo opuesto surgen los raveros: seres más bien impulsivos cuya mente solo habita la fiesta, carentes aparentemente de cualquier plan de presente, pasado o futuro que vaya más allá de la siguiente concentración. En medio del choque se encuentra el Niño, un lienzo en blanco que absorbe todo desde el inicio y siente, sin culpa, atracción por la danza ininterrumpida de los parranderos. Tras el baile sube el polvo y mi mente nublada desea entonces trazar un paralelismo entre esta estructura bipartita y la propia idiosincrasia japonesa, ya que ellos, aquí, conviven de común con esa dualidad: la cara diurna, formal y corporativa del «padre» frente a la liberación visceral de una noche salvaje de izakayas. Alguien me lo dijo solo una vez en un inglés agitado: «Si me conoces en el trabajo, no me estás conociendo». Dos caras, la misma sociedad japonesa; es un hecho para todo el mundo que se acerca.

Y es precisamente en este choque de arquetipos donde la cinta se vuelve un espejo frente a otra realidad, la de la palabra Sirāt: el camino hacia una región de ultratumba donde, por si fuera poco, el juicio nos encara ante nuestros actos innobles. Esta fuerza escatológica es con probabilidad la parte menos conectada a la cultura japonesa, basada mayoritariamente en elementos sintoístas, donde no existe la presión en torno al recuerdo fustigador de las faltas cometidas en vida, y es posible que hasta la rememoración de la felicidad sea una traición para su sentido último del zen. No tuve la oportunidad de acceder a multitud de viviendas privadas japonesas, pero cuando lo hice evidencié que los altares son para las cosas muertas, como las personas, y si las encuentras apostadas en imágenes ya rancias, ya nuevas, con velas a los costados y su graciosa y diversa simbología, no es porque se empeñen en recordar a los desaparecidos, sino porque, para ellos, no se han ido. Están tan presentes como cuando andaban por la casa, en ocasiones incluso más.
Y sin embargo no conozco tanto esta cultura. ¿Cuántos gritos pueden llegar a ahogar? ¿Por qué cuesta tanto oír, en los días de sol elevado? Caminar en recto paso sin abrir los ojos representa la valentía, la audacia y la divinidad integrada en cuerpos algo ya podridos. Ellos también se pierden cada atardecer, después del trabajo o de la reunión familiar. Algunos acudirán aún al café con nombre en kanji o katakana, apurarán el café, el humo, sus tazas y pasos igual a su propia rave diaria, que es como decir su libertad. No importa tanto si hay ruidos, los de esta cinta no son los propios. No se inmutan, a menudo han escuchado a otras muchas personas explotar en otras noches. Y al final todo termina. ¿Qué fue de sus vidas, cómo acabaron sus combates? Pero nadie en esta sala se mueva todavía, que los créditos quedan rodando y es mandatorio no salirse; sirva esta nuestra acción para mostrar respeto (a productores, a vestuario, a los de efectos especiales, colaboradores locales e internacionales) y al fin sí, una luz vuelve y se levanta el público y sale, como en cada cine del mundo, y también a este se le abre un cielo nuevo, lejos ya el desierto.

