Por: Elizabeth Salvatierra /
El estadio Riyadh Air Metropolitano colgó el cartel de lleno absoluto, más de sesenta mil personas se dieron cita para acompañar a Alejandro Sanz en una noche de esas en las que Madrid parece cantar en una sola voz con nostalgia compartida, aires flamenco pop y letras que forman parte de la banda sonora de varias generaciones. Madrid acudió a la cita como quien vuelve a una casa conocida. Y él, madrileño universal, regresó a su ciudad dispuesto a demostrar que sigue siendo uno de los grandes narradores emocionales con su música.
Mucho antes de que comenzara el concierto, ya se percibía el ambiente en los alrededores del estadio. Familias enteras, madres e hijas, parejas que años atrás fueron novios y ahora llegan acompañados de sus hijos, hermanas que caminaron juntas, compañeras de estudio, de trabajo, grupos de amigas fieles desde los tiempos de Pisando Fuerte, Más o El alma al aire. El espectáculo arrancó de forma sobria con la única luz del sol y ese calor de la gente que convertía los 38 grados de temperatura en una calidez emocional que jugaba en el escenario con el atrezo de Sanz, una butaca forrada con motivos madrileños, guitarras de color rojo, azul, negras, verde, beis, que iba alternando en cada tema.
Las guitarras marcaron el pulso inicial mientras Alejandro lanzaba esa voz rasgada y sensual a la que nos tiene acostumbrados, su forma de entonar muestra cierta fragilidad en las notas y la dicción forzada que se ha hecho ya característico en él, un toque personal que ha ido asentándose en el tiempo, cantando tantos versos posibles en pocos minutos como le permiten algunos de sus temas. Inimitable. Hay artistas que buscan la perfección en el tiempo; Sanz parece haber elegido el camino contrario: cantar desde la herida, mantener el hilo conductor de los versos rotos y conservar una capacidad extraordinaria para transmitir emoción a un público que siempre espera encontrarle desde el primer minuto, tan cercano y familiar.
Durante la interpretación de Por bandera, Alejandro Sanz levantó la bandera de la Comunidad de Madrid y la mostró al público, un gesto sencillo cargado de simbolismo en una noche dedicada al reencuentro con su ciudad. Los abanicos se levantaban al unísono para combatir el calor madrileño, componiendo una coreografía espontánea desde el borde del escenario hasta la última fila del estadio. Miles de linternas de los teléfonos móviles no paraban de iluminar los temas más lentos, ¿Lo ves? con sólo el piano, iluminó el estadio.
La banda que acompaña a Alejandro Sanz fue también protagonista de la noche, el cantante sabe dar el lugar a sus músicos, mujeres en su mayoría, especialmente brillante la peruana Gisella Giurfa cuya energía detrás de la batería sostuvo gran parte del concierto y también con el cajón. Alrededor del cantante, convive un grupo de músicos procedentes de distintos países de Latinoamérica, entre ellos Brasil y Venezuela, reflejando la dimensión internacional de la música de Sanz. Esa diversidad de acentos, ritmos y sensibilidades que enriquece cada canción con matices propios.
Al final, quedan las canciones. Y quizá esa sea la mayor victoria de Alejandro Sanz. Porque cuando el público canta más fuerte que cualquier crítica, cuando una voz sigue emocionando, cuando miles de personas se reconocen en una misma letra, todo lo que hay detrás pierde importancia. Madrid acudió a reencontrarse con una parte de su propia historia y a cantar los versos como himnos que ya pertenecen a varias generaciones y compartir las nuevas composiciones que buscan su lugar en la memoria colectiva.
Amiga mía, Mi soledad y yo, Y si fuera ella o No es lo mismo, recibidas como viejos refugios donde el público conoce cada palabra. Palmeras en el jardín, El vino de tu boca, Hoy no me siento bien, Las guapas, canciones que muestran a un Alejandro Sanz más reflexivo y menos preocupado por las certezas, algo que resume el nombre de su gira y que da título a su reciente disco «¿Y ahora qué?» la duda natural de quien lleva décadas en la cima, como la inquietud de un artista que sigue buscando nuevos caminos o simplemente como una mirada honesta hacia el futuro. Sin embargo, la respuesta parecía estar delante de él. Cada vez que el público completaba una frase, encendía una luz o convertía una canción en un coro multitudinario, quedaba claro que Alejandro Sanz siempre encuentra el rumbo en quienes le escuchan. Sabe que cuando suena Corazón Partío, es su punto final perfecto, y deja esa huella en su público que no tiene ganas de marcharse, pero que muy a su pesar volverá a casa con esa sensación de que faltó una canción más.
Fotos: Web AlejandroSanz.com




