Por Oscar Murillo Caballero.
No es frecuente que un primer libro de poemas llegue acompañado de una reflexión tan profunda sobre el tiempo, la memoria y la condición humana. Jonatan García Fernández (Granollers, 1979), afincado en Almendralejo, debuta en la literatura con Las huellas del tiempo (Una Página Propia), una obra en la que convergen la sensibilidad poética y la inquietud filosófica. Formado en el ámbito técnico, pero lector apasionado y estudioso de la filosofía, García Fernández ha encontrado en la poesía un espacio desde el que interrogar la existencia y dejar constancia de aquello que permanece cuando el tiempo parece arrasarlo todo. Conversamos con él sobre este primer poemario y sobre las inquietudes que lo han llevado a dar el salto a la publicación.
¿Cuándo empezaste a escribir?
Empecé por casualidad en primavera del año 1999 tras volver del SMI, cuando unos compañeros de trabajo quisieron mandar una carta al director de un periódico local de Granollers y me ofrecí voluntario para escribirla. Cuando vieron la carta que escribí, un compañero me puso en contacto con el director de otro periódico de la zona y me ofreció escribir en una pequeña columna. Cuando en el año 2005 me vine a vivir a La Zarza (Badajoz), empecé con la palabra poética.
¿Desde cuándo escribes?
Empecé en 1999 de forma intermitente. En el año 2014 me tomé un descanso demasiado largo (8 años) y desde el año 2022 ya no he parado de escribir.
¿Dentro de qué corriente incluirías tu obra?
Poesía ontológica y filosófica.
Ejemplo de poesía ontológica y filosófica al mismo tiempo, una estrofa:
Bajo la huella de mi tiempo
Camino entre arenas invisibles,
preguntándome si el “Dasein” que soy
es apenas un paso hacia la nada,
el testimonio frágil de un instante.
Al intuir que este libro es un testimonio del transitar del Ser por el tiempo, ¿qué huella tuvo que aceptar de sí mismo para poder escribirlo con honestidad?
Las huellas del tiempo es un viaje hacia el interior del Ser; una exploración poética de la conciencia, la memoria y la existencia. En sus páginas, Jonatan camina entre el pensamiento y la emoción, entre la palabra y el silencio. Cada poema es un instante detenido, una forma de resistencia frente al olvido. Heredero de la mirada reflexiva de Machado y de la melancolía de Bécquer, el autor encuentra en la filosofía existencial y fenomenológica su raíz más profunda. Desde Heidegger hasta Freud, desde el amor hasta la herida del mundo, su voz se alza como un testimonio íntimo del paso del Ser por el tiempo. Este libro no pretende explicar la vida, sino habitarla. Y en cada verso, el lector hallará algo de sí mismo; una duda, una certeza, una huella que aún late.
¿Cómo te has documentado o en qué te inspiras?
Por un lado, he estado documentándome durante 21 años sobre filosofía, sobre todo, la filosofía existencialista y fenomenológica, y aún sigo indagando en ella. Cuando empecé a desarrollar el ensayo filosófico en el año 2022 jamás pensé que acabaría haciendo un libro híbrido y entrelazaría la poesía con la filosofía. En la parte filosófica, mi inspiración más importante siempre ha sido Martin Heidegger, incluyendo también a otras eminencias como María Zambrano, Friedrich Nietzsche y Jean-Paul Sartre, entre otros. En la parte poética, mi inspiración desde muy joven siempre fue, de forma incondicional, Antonio Machado. Después entraron en mi estilo Bécquer, Lorca y Espronceda, y como literatos no poéticos, Carlos Ruiz Zafón y Javier Cercas.
Ejemplo de poesía inspirada en José de Espronceda podría ser el siguiente. Valga el comienzo:
Romance del truhan del Tajo
Por el cauce extremeño bajaba
con capa raída y cuchillo al muslo,
un pícaro de risa afilada,
rostro curtido y paso difuso.
¿Con qué se van a encontrar tus lectores?
Mis lectores se van a encontrar con una obra poco habitual dentro del panorama poético actual. Las huellas del tiempo no pretende ser únicamente un poemario, sino una experiencia de reflexión y de introspección. Es un libro híbrido, donde la poesía dialoga por la filosofía, la 5 psicología y la pregunta ontológica sobre lo que somos, lo que perdemos, lo que permanece y aquello que el tiempo transforma en nosotros. Quien se acerque a sus páginas encontrará poemas, pero también preguntas; belleza, pero también incomodidad; emoción, pero también pensamiento. No es una lectura pensada para consumirse deprisa, sino para detenerse, releerse y, quizá, verse reflejado en aquello que muchas veces uno no sabe cómo nombrar. Creo que el lector se encontrará, sobre todo, consigo mismo; con sus heridas, sus recuerdos, sus contradicciones y sus búsquedas. Porque en el fondo, Las huellas del tiempo habla de algo profundamente humano; de cómo el paso del tiempo nos atraviesa, nos rompe, nos transforma y también nos enseña. Podrían ejemplificar lo dicho estas dos estrofas:
El teatro que me olvidó
I. El abismo, mi destino
¡Teatro de mi batalla,
lienzo de mi suerte!
Con el pecho descubierto
te enfrento sin más bandera.
¿No merezco un eco, al menos,
en los muros de tu tierra?
II. Hacia el fuego
Sobre brasas ardientes
mis pasos dejan huellas.
No temo mi destrucción,
ni al juicio de las estrellas.
¿Acaso no arde más hondo
el que cae sin luchar?
¿Qué cuestionamiento a atraviesa el corazón de tu obra?
Tal vez una muy antigua y muy humana, ¿qué hace el tiempo con nosotros? No solo con nuestros recuerdos, sino con nuestra identidad, nuestras heridas, nuestros amores y aquello que creemos ser. En el fondo, Las huellas del tiempo nace de esa búsqueda.
¿Crees que todavía hay espacio para una poesía reflexiva y filosófica en la actualidad?
Precisamente por el ritmo acelerado en el que vivimos, creo que es más necesaria que nunca. Vivimos rodeados de estímulos, pero no siempre de preguntas profundas. La poesía, cuando invita a pensar y sentir al mismo tiempo, puede convertirse en un lugar de pausa, de verdad y de encuentro con uno mismo.
¿Cuál es tu poema más representativo de Las huellas del tiempo?
La raíz y la rama, porque en ese poema están representados, de manera simbólica y orgánica, todos los grandes ejes de la obra.
La raíz y la rama
I. Del norte al sur
Broté de la sal del mar,
del viento de tramontana.
Crecí en paisajes de acero,
bajo un cielo azul inmortal.
Pero mis pasos me llevaron
a la tierra de la encina,
dehesas doradas por el sol,
del calor y la jara.
Allí planté mi hogar.
Una tabla para días sencillos,
una familia tejida con risas,
con brotes de esperanza.
II. En la mesa del hogar
Un bodegón de vida y luz,
con «miajones» del sur,
arde a fuego lento
el paso del tiempo.
La familia crece.
Mi hija juega bajo encinas,
mi mujer cose sueños
con hilos de su tierra.
En mis ojos,
Cataluña;
en mis manos,
Extremadura.
III. La sangre y la rama
Tienes nombre de río,
con alma de agua clara.
Nuestra niña corre descalza,
riega la tierra con su risa.
La tierra donde sembramos
nuestro hogar eterno,
forja raíces nuevas
con palabras de dos tierras.
Mis pasos vienen del norte,
del mar, del viento y del fuego.
Aquí sellan su destino,
en este rincón castúo.

