Rafael Escobar Sánchez es natural de Belmonte (Cuenca) y nació en 1979. En 2001 se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Castilla-La Mancha y desde 2003 ha trabajado como profesor de enseñanza secundaria en varios centros de la región. Actualmente ejerce la docencia en el IES Lorenzo Hervás y Panduro de Cuenca. En 2005 ganó el primer premio del Certamen de Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha en la modalidad de poesía. En 2009 obtuvo el XXV Premio de Poesía Joaquín Benito de Lucas por la obra Todo el mundo debería ser apedreado, editado por Melibea de Talavera de la Reina en 2010. En 2012 publicó los poemarios (recopilados en un solo volumen) Repartir los huesos y Caridad y claridad en la editorial valenciana Cocó. Con el sello Tigres de papel ha publicado los poemarios Cerca de la herida (2014), Sino a quien conmigo va (2017) y Lover, lover, lover (2021). Recientemente, en el sello Mahalta de Ciudad Real ha aparecido su primera novela, Botas de siete leguas (2023). Acaba de ver la luz Confortablemente muerto (Tigres de Papel, 2026), su nuevo poemario.
Javier Gilabert: Rafael, bienvenido a Culturamas. Es una alegría tenerte con nosotros. Llegas a la sección con Confortablemente muerto (Tigres de Papel, 2026). El título evoca una suerte de anestesia existencial o de plácida rendición. ¿De qué se compone ese estado de estar «confortablemente muerto» que da nombre al poemario?
Rafael Escobar: Confortablemente muerto basa su título en un pequeño homenaje a la que considero una de las mejores canciones de la historia del rock, el “Comfortably numb” de Pink Floyd. Pero también es una sensación recurrente para mí y hasta un símbolo de cómo me siento ante la existencia: no del todo vivo por falta de convicción o energía, a medio gas, medio muerto… pero con vías de placer abiertas muy intensas, como los libros, la música y los seres queridos, que me crean esa sensación de confortabilidad entre la nada.
Tuve una infancia muy de estampa de película almodovariana
En el poema «Yo que tanto visité los cementerios» recuerdas tu infancia correteando entre lápidas con total naturalidad, jugando con los huesos como si fueran juguetes. ¿De qué manera marcó esa familiaridad tan temprana con la pérdida tu sensibilidad poética posterior?
Tuve una infancia muy de estampa de película almodovariana… no en vano soy manchego. Por ejemplo, esa afición de las mujeres de mi familia a visitar los cementerios. Cuando era niño, para mí no dejaban ser un espacio similar a un parque, un lugar donde podía correr y jugar. Y supongo que por eso mi relación con ellos no es estrictamente dramática, tiene otras connotaciones que enlazan con la serenidad y el recuerdo. Ya en la adolescencia, esa afición a los cementerios se alimentó también de literatura, de los poetas románticos relacionados con la estética gótica, de Espronceda a Poe, que me crearon verdadera fascinación.
La poesía hímnica, celebrativa, es tan posible y, sobre todo tan necesaria, como la elegíaca
«Desde que soy feliz, ya no escribo», sostienes en uno de los poemas del libro. Es una declaración de una honestidad sobrecogedora. ¿Significa esto que la poesía está irremediablemente ligada al conflicto o a la carencia? ¿Qué le ocurre al creador cuando finalmente alcanza un puerto tranquilo?
Ese es un poema que, en el plano vital, es todo desgraciadamente ficticio e inventado, no transcribe algo que me haya sucedido. No, la palabra no tiene por qué asociarse necesariamente a lo melancólico aunque a menudo se utilice, y yo mismo lo hago, como “catarsis” o desahogo de sensaciones pesimistas o agobiantes. La poesía hímnica, celebrativa, es tan posible y, sobre todo tan necesaria, como la elegíaca. Pero sigue siendo en buena medida un reto para mí, un frente literario que me gustaría explorar mucho más ampliamente de lo que hecho hasta ahora.
Tengo fe en las posibilidades de la palabra
En tus versos dedicados a la memoria del pueblo, a la abuela y a la dureza del pasado, leemos: «qué arcilla pobre es la palabra». ¿Por qué definir la herramienta del poeta como una «arcilla pobre» precisamente cuando se intenta rescatar del olvido la memoria de los que ya no están?
Pese a sus limitaciones, no muy diferentes a las de cualquier otra creación humana, tengo fe en las posibilidades de la palabra, en su poder para dar
oportunidad de expresar y contar. Esa definición melancólica como “arcilla pobre” no deja de ser una especie de contagio de la tristeza que circunda todo el poema. Porque su inicio es de línea “costumbrista”, de reflejo realista de la cotidianidad de la vida de los pueblos pero va adquiriendo un sesgo dramático a medida que intenta afrontar otra cuestión más cruda: la vida de las mujeres de la posguerra como una síntesis de todas las pobrezas, las físicas y las morales y éticas de la represión y la irrelevancia que sufrieron. El franquismo destrozó a las mujeres españolas, borró de un plumazo todo lo que se estaba construyendo ya en los años previos para darles un papel en la política, la ciencia o la cultura.
Soy poco amigo de premeditar lo que escribo
En 2009 ganaste el Premio Joaquín Benito de Lucas por Todo el mundo debería ser apedreado. Desde entonces han visto la luz varios poemarios. ¿En qué aspectos dirías que ha madurado tu voz y qué elementos has preferido ir dejando atrás en el camino?
Desde aquel primer libro publicado, que queda ya un poco lejano en el tiempo y que supongo estará descatalogadísimo, ha habido como dos “frentes” en los que he intento trabajar, uno estilístico y otro de temática y visión del mundo. El primero, hacer una poesía menos hermética, buscar una elaboración formal de un registro más coloquial; el segundo, y en relación con lo que hemos comentado antes, darle más protagonismo a lo esperanzado y vital e intentar mantener un poco a raya la inclinación natural a la tristeza. Con todo, soy poco amigo de premeditar lo que escribo. Me gusta que avance espontáneamente y casi colgado de la misma mano que la vida.
Este es tu cuarto libro publicado bajo el sello de Tigres de Papel (tras Cerca de la herida, Sino a quien conmigo va, Lover, lover, lover). ¿Qué complicidades has encontrado en esta editorial para seguir confiándoles tus versos a lo largo de más de una década?
A pesar de lo denostadas que están a menudo las redes, sigo pensando que, bien utilizadas, te pueden deparar todo tipo de hallazgos humanos y artísticos y constituyen una herramienta eficaz para la transmisión de la cultura. Conocí a mis editores, Paco Moral y Mara Troublant, en Facebook… un entorno que creo ha tenido y sigue teniendo una enorme relevancia para un mundo de difusión tan pobre como el de la poesía. Les debo la inyección de autoconfianza de que creyeran en mí, un don que no me han negado nunca en catorce años que dura ya con ellos mi relación profesional y humana, en un momento en que lo que escribía me suscitaba muchas más angustias y dudas que satisfacciones. Y desde entonces los considero sencillamente, amigos. Y de esa raza especial de amigos que están bordeando con el ser familia.
Para el lector que se asome por primera vez a las páginas de Confortablemente muerto, ¿qué le sugerirías para que disfrute plenamente de la experiencia?
El libro tiene tres bloques temáticos (con una estructura simétrica de doce poemas cada una) claramente definidos salvo quizá el tercero. Los dos primeros se centran en la muerte (el proyecto “original” era escribir un poemario sobre este tema exclusivamente, pero me pareció excesivo) y el amor respectivamente y el último es más “híbrido”, aunque predominan los poemas relacionados con la memoria vital, a menudo acerca de vivencias biográficas concretas. Supongo que, de existir alguno, el itinerario de lectura ideal sería uno no lineal sino que intercale en un orden un poco anárquico (un no-orden) textos de diferentes secciones. Para evitar el efecto monocorde de la reiteración temática que podría hacerlo un poco tedioso.
Llegamos a la pregunta obligada de la sección. Si tuvieras que elegir únicamente tres poemas de este libro para dar a conocer tu poética a alguien que no te ha leído nunca, ¿cuáles escogerías y por qué motivos?
Al margen de los ya comentados, quizá me quedaría con “Pudridero” porque representa una faceta importante del libro para mí como es la del humor negro, presente también en la portada y que forma parte del empeño más global de afrontar la muerte desde otros tonos que no sean la expresividad trágica. También “Quien amaré” por el contraste que supone el ser un poema escrito con una intención cómica, con la voluntad de que hiciera un contrapunto a un poemario marcado por la tristeza… y el hecho de que acabe afrontando temas “serios” a la vez de mi propia intimidad y el estado de la sociedad y el mundo. Mi última elección, en la parte final del libro, sería “Anestesia”, por ser un recuerdo biográfico estricto pero que se intenta contar de tal manera que sea una reflexión existencial un poco más genérica aunque no deje de estar relacionada con la propia intimidad.
Para mí no existe una línea divisoria muy marcada entre la narrativa y la poesía
¿De qué modo dialogan en tu cabeza el novelista y el poeta? ¿Sientes que ambos se nutren de la misma materia prima o exigen miradas completamente incompatibles ante la realidad?
Para mí no existe una línea divisoria muy marcada entre la narrativa y la poesía. De hecho, Botas de siete leguas es novela por la continuidad de espacios y personajes y la pequeña trama que contiene pero al ser fragmentaria y lírica bien podría ser también una sucesión de poemas en prosa. Y durante el proceso de escritura de esta novela continué escribiendo algunos de los poemas que integran Confortablemente muerto. Es interesante comprobar cómo los géneros se hibridan, cómo esa convivencia hace la poesía más “prosaica” y que la prosa recobre, a su vez, parte de ese lirismo perdido. Sí me parecen géneros muy diferentes en sus técnicas de trabajo. Lo limitado del caudal de palabras que requiere utilizar, permite que la poesía busque la precisión, la exactitud del vocablo que no da igual sustituir por otro sinónimo porque esa otro término quizá no tiene ni la connotación ni la música pretendida. En la narrativa, con sus riadas inacabables de palabras, hay que sacrificar parte de esa exactitud y que el sentido se vaya desprendiendo de manera un poco más genérica.
Ser profesor de literatura te hace tener un contacto cotidiano y frecuente con los clásicos
Trabajas como profesor de Secundaria en Cuenca desde hace más de dos décadas. ¿En qué medida afecta tu relación diaria con las aulas y con los clásicos que explicas a tus alumnos a la hora de enfrentarte a tu propia escritura?
La experiencia docente te proporciona cada día, de manera indiscriminada y gratuita, dos elementos esenciales de la literatura: vidas humanas… y un poco de dolor. Y en concreto ser profesor de literatura te hace tener un contacto cotidiano y frecuente con los clásicos que creo es beneficioso porque al fin y al cabo si han logrado ese estatus es porque son escritores de vigencia indefinida que merece la pena releer. Un poema de este libro, “Recorrerá tu piel”, recrea una escena “costumbrista” en el aula, como la manera peculiar que tienen los adolescentes de recibir la literatura amorosa cuando sus pocos años aún no les han permitido tener esa experiencia vital.
Conviene en el aula “desmitificar” un tanto la poesía
En un mundo marcado por las pantallas y la inmediatez, ¿mediante qué estrategias logras despertar en tus alumnos el interés por una lectura pausada y atenta como la que exige la poesía?
Es una tarea complicada y que cada vez parece que sube más su nivel de dificultad porque los alumnos suelen percibir los libros como una forma de “ocio”… y en ese sentido tienen todas las de perder ante medios digitales que se los pueden proporcionar de manera más inmediata y sin menos esfuerzo. Creo que conviene en el aula “desmitificar” un tanto la poesía, hacerles ver que no está desligada de la vida cotidiana y que el talento concreto de un autor para ese campo no lo convierte en una persona al margen de la vida cotidiana o lo que podríamos entender, aunque no me gusta el término, como “normalidad”. Por los problemas actuales de comprensión lectora, los alumnos no pueden ya prácticamente leerla, ni aunque sea sencilla, de manera autónoma, necesitan la supervisión y la práctica oral en clase ante el profesor para que se les señalen los puntos de interés en temas y estilo y se les resuelvan las dudas que les plantea su interpretación.
Para finalizar, ¿de qué escritor o escritora te gustaría conocer su “Primera impresión” en las páginas de nuestra revista?
Muchos… pero creo que voy a elegir un nombre destacado de las últimas promociones de la literatura española que he comenzado a leer hace algunos meses: el de Raúl Quinto. Había leído reseñas y escuchado comentarios muy elogiosos de Martinete del rey sombra y, a la vez por calidad estilística y originalidad temática, me parece una de las últimas novelas españolas que se pueden adivinar como “canónicas” en un futuro inmediato. Por su temática y la relación de esas cuestiones con mi vida profesional, me interesa conocer La ballena azul. Y también, claro está, su producción poética de la que hasta el momento solo han caído en mis manos algunas piezas sueltas.
***
Tres poemas de Confortablemente muerto
PUDRIDERO
Qué mal se nos está pudriendo usted,
majestad,
relaje ese ceño de urraca,
desfrunza ese mohín de manzana arrugada,
así solo conseguirá ponerse lacia, correosa,
y hacerse estrías en su cutis sin piel.
Sí, ya sé que un día fue su beldad la leyenda
que inspiró el juego perverso de mil trovadores,
pero… ¿no ha leído usted a Jorge Manrique,
sus versos sobre fiestas de cortesanos
hechos rastrojo y estiércol de arrabal,
no ha leído usted a François Villon,
sus lamentos de vieja al derrumbarse el cuerpo,
sus rufianes haciendo sonar sus huesos como xilófonos
mientras el viento los mece en el cadalso?
Deje ya de lucir tan envarado y serio,
majestad,
ya no me señale más su cinto y su sable,
de poco ha de servirle su cetro
en esta palangana de orín
en que se lavan los pies todos los muertos.
Dejen ya de rezar, por Dios,
(aunque la expresión resulte paradójica),
nunca se curaron ustedes del vicio de imaginar
a nuestro Creador como un buen papá dominguero
que debiera atender a sus más insignificantes caprichos,
nunca tuvieron la piedad de compadecerlo
tan ocupado como está
con un universo vastísimo al que darle cuerda.
Si Dios existe,
ya les ha regalado su mejor don,
el privilegio feliz de vaciarse,
de deshacerse lento como una caricia
en su nada tan confortable
y tan éticamente democrática.
Esto es la muerte,
disfruten de sus prestaciones y sus vistas, majestades,
su arrullo como la música
de un caramillo hecho con el espinazo
de un animal que no existe,
qué importa ya quiénes fueron,
gocen del placer más genuino,
porque en su tedio solo aparente
es el único al que jamás tendrán que renunciar.
QUIEN AMARÉ
Quien amaré
es un hombre común, caído sin retorno en la madurez,
total o parcialmente calvo,
que acude a recoger su analítica semestral
con la excitación de saber
qué nueva cifra en rojo simbolizará el discreto
pero implacable desplome de su cuerpo,
(un caserón viejo siempre deja intuir la grieta
pero nunca el hueco preciso donde incuba su morir),
y celebra como el triunfo de la vida que sin duda es
el (momentáneo) fluir a cero de sus marcadores tumorales.
Quien amaré
es una víctima con las manos atadas de la rutina,
de su cacofonía de sonidos repetidos
que acelera el trauma de la velocidad del tiempo,
sufre pesadillas de argumento distópico
por culpa de gobernantes mesiánicos, fariseos,
de psicología plana como villanos de la Marvel
y su cohorte de adolescentes que no leen
y consideran cool o subversivo el neofascismo.
Quien amaré
es como Franz Kafka (pero ojalá no sea escritor…),
tiene problemas en la oficina,
con el amor que levantó sus cirros y estratos
lejos del verdín de sus huesos,
con el padre con el que siempre le unió
una sórdida incomunicación
y al que cuidará en una última oportunidad
de convertir ese dolor de niño
en el largo perdón que ambos necesitan.
Quien amaré
sufre por la caída del censo de gorriones
en la ciudad, por el calentamiento global,
por la I.A. y sus maniquís y flores de plástico
desagradables como un cenicero lleno de colillas,
sin sospecharme,
sin adivinar ni un rastro de mi humo
en la hemorragia de los días,
riéndose con inocente sarcasmo
si acaso alguien le dijera
que un profesor de Cuenca,
de apariencia inofensiva y ligeramente asexuado,
es el criminal que habrá de hacerle más daño.
ANESTESIA
Mi primera anestesia fue a los seis años
en una clínica de Quintanar de la Orden.
El pediatra me sentó junto a la mascarilla
y aunque era un anciano bondadoso
que me regalaba caricias y bombones
y estudiaba tratados voluminosos para curarme,
yo lo imaginaba como un carnicero
que me acercase un odre de sangre a la cara,
sentía una mano viscosa en la frente,
una costra violeta en los labios
y los ojos desencajados de miedo,
respiraba como un ave de corral
gorgoteando su agonía con el cuello cortado.
Mi primera anestesia me la suministraron mis padres
con el oficio hermoso de su amor,
como parte de esa promesa
de quien pare la luz de un corazón
con la que juraron
defender mi vida como un don precioso.
El resto de las que me han adormecido
el dolor todos estos años
(los discos, los libros, los hombres que amé),
me las he administrado yo solo,
sombrío, delirante de rencor,
con esa vileza metódica que solo puede tramar
quien descubre dentro de sí mismo
el olor de un enemigo.

