Beatriz Mori

Seguro que te suena lo que voy a contarte: El protagonista de una película recibe un golpe en la vida. Sufre una injusticia, una pérdida, una traición, un desafío, una llamada interna que lo obliga a enfrentarse a sí mismo. Y, por ello, sin poder evitarlo, inicia su viaje personal: la lucha contra sus miedos, sus errores, sus límites y todo lo que se interponga en el camino. Al final del trayecto, el protagonista se convierte en una versión madura de sí mismo, más auténtica, diferente y, por encima de todo, mejor. Ha cambiado. Ha aprendido. Ha evolucionado. Ha encontrado la paz.

Esta estructura está tan presente en el cine que casi parece una ley natural. Es la base de miles de historias que seguimos viendo una y otra vez. Es el famoso y eterno viaje del héroe.

Quizás no te has detenido a pensar que, desde hace ya un tiempo, también escuchamos esta idea en conversaciones sobre crecimiento personal. Un día nos sucede algo importante que nos cambia la vida, o sentimos que nos falta algo fundamental sin saber bien de qué se trata, pero que no nos permite estar a gusto con nosotros mismos. Entonces, todo nuestro alrededor nos repite que tenemos que comenzar nuestro propio viaje personal: soltar, superar heridas, enfrentar miedos, sanar, evolucionar, convertirnos en nuestra mejor versión. Sin embargo, en la vida real somos más de palabras que de acciones y como tanto las unas como las otras parecen ser siempre las mismas ante cualquier circunstancia de cambio, el desenlace es escandalosamente menos exitoso que en la ficción. Y, sobre todo, mucho más aburrido.

Pero ¿qué ocurre cuando una crisis no saca lo mejor de un personaje, sino aquello irreconocible que siempre estuvo escondido? Hay algo que nos resulta mucho más inquietante y, quizás por eso, más interesante: el cambio a veces consiste en descubrir su verdadera naturaleza. ¿Y eso significa convertirlo -como guionistas- en alguien peor? La respuesta no es tan sencilla, ya que no estamos hablando de personas buenas que un día se transforman en villanas, sino de personalidades complejas, con sombras e instintos mucho más reales que cualquier cliché.

Si hacemos un recorrido por algunas de las películas más emblemáticas de la historia encontramos protagonistas que no mejoran, que no corrigen sus errores, que no encuentran una versión más luminosa de sí mismos. Personajes que no aportan una enseñanza moral ni se convierten en ejemplos a seguir. Y precisamente por eso resultan tan inolvidables y conectan con el público.

¿Y sabes por qué?

Porque todas las historias hablan de nosotros. De ti. De mí. Lo creas o no. De esa parte de nosotros que preferimos no mirar demasiado.

Como espectadores podemos comprenderlos, incluso empatizar con ellos. Y, al mismo tiempo, ver con claridad que algo en su manera de interpretar el mundo los está llevando hacia un lugar peligroso. Ese es uno de los grandes poderes del cine: obligarnos a acompañar a alguien por un camino que no elegiríamos -o eso creemos nosotros desde el sofá de casa. Quizá sea este el cambio que más nos llama la atención, lo que lo hace tan atractivo e icónico, descubrir hasta dónde puede llegar un personaje siendo exactamente quién es en un determinado momento de la vida, descubriendo una parte de sí mismo que no había visto con anterioridad.

Su evolución no es una transformación moral, sino una profundización, una revelación.

En dramaturgia, este recorrido personal se acercaría a la tragedia: el protagonista ya no puede regresar al punto de partida, porque sus decisiones lo llevan a un destino -escrito desde su nacimiento-, que ahora siente con claridad. Afortunadamente el cine contemporáneo suele observarlo desde un lugar menos absoluto y no siempre lo acompaña hasta una caída definitiva; a veces estamos ante un viaje lleno de dificultades del que deseamos que consiga salir, aunque para ello tenga que utilizar métodos cuestionables.

Como ejemplo, tomaré a cuatro protagonistas perfectamente reconocibles de la historia del cine: Michael Corleone (El padrino), Escarlata O’Hara (Lo que el viento se llevó), Arthur Fleck (Joker) y Nina Sayers (Cisne negro).

Corleone es el hijo que ha decidido escapar del destino familiar. No quiere pertenecer al mundo criminal de su clan. Su identidad está construida alrededor de una idea: él será diferente. Pero la película no cuenta simplemente cómo un hombre bueno se vuelve malo. Cuenta cómo alguien descubre que tiene dentro aquello que más rechazaba. Cada decisión que va tomando parece razonable: proteger a su padre, defender a su familia, mantener el control. El espectador puede comprender sus motivos incluso cuando empieza a cruzar límites. Y esa es la tragedia del personaje: no pierde su humanidad de golpe. La entrega poco a poco. El poder y la violencia también son parte de él. Su proceso no es de héroe a villano. Es de negación a aceptación.

Por su parte, Escarlata O’Hara tampoco es una heroína tradicional. Es egoísta, orgullosa, manipuladora y muchas veces incapaz de ver el dolor de los demás, aunque tampoco encaja en el molde de una villana. ¿Por qué? Porque su ambición nace de una necesidad: sobrevivir. Cuando el mundo que conocía desaparece, desarrolla todas las herramientas necesarias para mantenerse en pie. Aprende a negociar, a resistir y a utilizar su inteligencia en un entorno donde la fragilidad no es una opción. Sin embargo, su crecimiento no la convierte necesariamente en una mejor persona. Crea una fortaleza casi instintiva, que la aleja de la persona que fue y por la que paga un alto precio.

Arthur Fleck tampoco vive una transformación clásica. Su historia no es la de alguien que aprende a controlar su dolor y superarlo, sino la de alguien que deja de luchar contra su exclusión y convierte esa herida en su identidad.

Nina Sayers no conquista simplemente su sueño de ser perfecta. El cambio para lograrlo la lleva exactamente hacia la versión de sí misma que estaba intentando evitar. Su conflicto no termina cuando consigue lo que quiere, sino que esa parte oculta que acaba descubriendo, acaba dominándola.

No todos los personajes necesitan una redención. No todos necesitan aprender una lección. Algunos solo necesitan que la historia los ponga bajo suficiente presión para que salga a la superficie una contradicción interna que tienen soterrada. La máscara cae y aparece la persona que estaba ahí desde el principio sin saberlo, esperando una situación límite para mostrarse.

La pregunta para todos -espectadores y guionistas- pasa de ser: ¿en quién se convertirá? a ser ¿quién era realmente? Y esto nos incomoda y nos atrae a partes iguales, porque en el fondo reconocemos que todas las historias hablan de nosotros. Todas hablan de ti y de mí. Incluso las historias de personas que jamás seríamos capaces de ser. O eso creemos, hasta que un guion nos convierta en protagonistas.

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