Magdalena Otsu del Río

Corredora es una película que aborda las presiones de ser una atleta de élite y las consecuencias de las exigencias que demanda la competencia, que acaban afectando la salud mental de Cristina, una joven promesa del atletismo. Aquí el villano no toma forma en un competidor, un entrenador abusivo o un comité deportivo injusto, sino en las limitaciones humanas. ¿Qué tanto se puede exigir a uno mismo antes de quebrarse por dentro y colapsar?

Laura García Alonso debuta con esta ópera prima intimista, visitando nuevamente la temática sobre salud mental como lo hizo en su cortometraje Tormenta de verano (2020). Cabe destacar que este fenómeno, más aún en el mundo del deporte de alto rendimiento, cuenta con una escasa representación en la ficción, especialmente desde un lugar tan honesto como lo hace Corredora. Existe una incomodidad, un «de esto no se habla» en torno a estos temas, y la directora es consciente de ello. Se puede apreciar un claro enfoque en entregar un relato complejo y reflexivo sobre los efectos que un episodio de estas características acarrea tanto para quien lo atraviesa como para su círculo cercano.

Alba Sáez, en su primer protagónico, encarna a una joven autoexigente que empieza a sentir la paranoia de que alguien la persigue y la quiere sabotear. Sufre un brote psicótico, un fenómeno que presenta un quiebre con la realidad y que no permite distinguir entre las alucinaciones y el plano real. Su personaje, Cristina, se enfrenta a sus fantasmas a través de una intensa actividad física que la lleva al límite. El quiebre con la realidad, la psique y la identidad de la protagonista se plasman en una actuación sutil y contenida. Esta interpretación aterriza la situación y refleja el anhelo por un atisbo de normalidad irrecuperable. La actriz realizó un extenso trabajo de preparación con la directora y el desarrollo completo del proyecto tomó cerca de seis años antes de llegar a los cines.

La dedicación y el minucioso trabajo, tanto delante como detrás de cámara, se perciben en todo momento, llegando a hacer eco del compromiso que requiere la disciplina que retrata la historia. El equipo técnico se compone de mujeres brillantes del mundo audiovisual. Miriam Porté encabeza la producción y vuelve a trabajar con la directora de fotografía Gina Ferrer García tras el éxito de su colaboración en Sorda. Una vez más se deja ver el sello de una imagen naturalista e inmersiva que construye la emocionalidad y la sensibilidad, esta vez desde el desgaste mental.

Laura García Alonso deja ver una mirada sensible, de la mano de un equipo de mujeres, tanto delante como detrás de cámara, que crea una historia alejada de la estigmatización y más cercana a lo cotidiano. Paradójicamente, esto le otorga un carácter aún más inquietante al derribar la barrera de lo lejano, poniendo sobre la mesa los problemas de salud mental en un entorno familiar. Una joven rodeada de gente que quiere lo mejor para ella, pero sin las herramientas necesarias para ayudarla, desemboca inevitablemente en la frustración de ambas partes. Hay una puesta en escena milimétrica, por lo que impacta con fuerza esa imagen de control que se construye y se rompe para presentar la psique fracturada de la protagonista.

El tratamiento sonoro cumple el rol de exteriorizar el tumulto interno de Cris, a través del cual se desenmascara un precario estado mental alterado in crescendo. La repetición y el carácter rítmico del trote se convierten en un leitmotiv del estado trastocado que va siendo cada vez más inquietante y urgente. El uso del techno subraya esa repetición con el tema You Are Free to Do as We Tell You, que se traduce como «eres tan libre como te dejemos ser», sintetizando el principal conflicto del filme. El montaje también acompaña esa puesta en escena elegante y meticulosa, sosteniendo planos de larga duración y transiciones entre el día a día y los constantes entrenamientos que construyen de forma orgánica una atmósfera sofocante.

La pasión por el deporte también esconde un subterfugio que alberga la desesperación y el agobio de algo mucho más profundo que la presión de una competición. La herida psicológica cala mucho más hondo que una física y el camino de recuperación es duro y lleno de obstáculos. Se trata de una lesión que no empezó de un día para otro; se fue alimentando durante años hasta desbordarse hacia fuera. La mochila que lleva Cristina carga mucho más que el miedo a dejar de ser la joven promesa que ganaría los campeonatos nacionales: es una lucha íntima con su niña interior y con heridas de abandono. La persona más cercana a entender su aflicción y servirle de refugio es su hermana, interpretada por Marina Salas, quien entrega, junto a Àlex Brendemühl como un padre pragmático pero preocupado, el retrato de una familia rota que se mantiene unida a pesar de las circunstancias.

Poco a poco, la película va calando en el abismo y en la sensación persecutoria hasta que el espectador se siente igual de atrapado que la protagonista. Aquí, en ningún momento se emite una sentencia contra ella; el guion convierte al espectador en cómplice de sus métodos para manejar sus temores, haciendo que predomine la empatía antes que el juicio. El momento en que logra transmitir qué hay detrás de su afán por volver a las pistas es uno de los puntos culminantes del filme, humanizando la experiencia aun sin ofrecer soluciones inmediatas. En ningún momento está dispuesta a rendirse; sin embargo, debe negociar con una nueva realidad que ya no se corresponde con la vida que había imaginado.

No se podría decir que se trata de una película luminosa; más bien es una obra agobiante, pero su resolución y su tratamiento se adentran en un terreno maduro y realista sobre lo que supone atravesar un episodio como este. Cristina se enfrenta a todo aquello de lo que ha estado huyendo, figurativa y literalmente, desde mucho antes de su incidente. La película le concede una notable capacidad de decisión sin dejarla sumida en la impotencia. No hay un podio final, ni hace falta. La pista es mucho más amplia y larga. La carrera no termina tras un par de vueltas: continúa, silenciosamente, día a día.

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