Hay un cierto tipo de personas a las que, cuando les presentas un tributo a, no sé, Sabina, te miran con desdén y lees en su mirada: «¿De verdad?».

Y es que, por genial que sea el grupo, lo natural es pensar que tiene la calidad de una copia china. Tal vez a cierta distancia pase por buena, pero de cerca se le ven las costuras. La voz del (llamémosle) tributario puede parecerse tanto a la original como queráis, que, en el momento en que se vaya un poco, alguien dirá que, como el flaco de Úbeda, ninguno.

Lo mismo nos ocurre a los escritores. Los hay de primera y de segunda. Para entenderlo mejor, volvamos al ejemplo anterior. La banda del tributario seguro que tiene canciones propias. Si propone interpretarlas a un ayuntamiento, quizá pasen de ella (es otra más), o quizá le negocien un precio muy inferior que difícilmente reportará algún beneficio, cuando no convierta el show en una pérdida económica por amor al arte. Pero adhiriéndose a la celebridad como un tatuaje temporal, la ventana de la oportunidad se abre considerablemente.

Imagínate en una librería. Qué digo imagínate, proyéctate. Paseas por la sección de novedades y encuentras las últimas obras de los habituales y, quizá, entre ellas, la nueva perla de los pocos afortunados que han firmado con un gran grupo. De ahí vas a la fantasía, de importación anglosajona. Al terror, tres cuartos de lo mismo. Y cuando superas los géneros patrios (histórica, negra), que ocupan el mayor porcentaje del espacio disponible, te preguntas cuántos de los casi noventa mil libros que se publican al año han pasado por aquellos anaqueles.

La triste realidad es que un gran porcentaje no valen ni el papel usado para imprimirlos (sí, me refiero a vosotros, basura escrita por IA). Pero ¿y los demás? ¿Qué ocurre con la novela de grietas interdimensionales que el autor vasco publicó en una editorial independiente madrileña? ¿Y esa de terror que está dando tanto que hablar en el nicho? ¿Por qué no mencionar a esa cofradía del thriller recluida en las redes sociales a la que, casi por piedad, se le permite participar en un par de ferias locales?

Quizá les ocurra como a las bandas de los tributarios. Su propia voz, sus propias canciones, son la leche, pero nadie les ha dado la oportunidad de exponerlas al juicio de miles de personas para que lo confirmen (o para que, a ritmo de tomatada, les aconsejen regresar a Sabina ahora que se ha bajado de los escenarios). Y cómo hacerlo, si tanto los autores autopublicados como las editoriales pequeñas tienen muchos menos recursos, y el espacio es el que es.

El autor de segunda es, por naturaleza, terco. Pasa de la publicación anual escrita en tres a seis meses a cambio de un pastizal y del resto de año de documentación vacacional y se deja la vista cada noche, o al amanecer, moldeando incansablemente historias que sabe que no pasarán de los cien o doscientos lectores en su primer año. Pero ¡eh!, que quizá sea esta la buena. Quizá sea la que llame la atención del gran grupo, o scout de turno, y lo catapulte a los reservados donde los autores de primera se reparten el desigual mercado español.

Porque los escritores de segunda somos, ante todo, eso: escritores. Y si de algo vivimos es de esperanza. Una que, pasados los años, solo conservamos nosotros y nuestro círculo interior, al menos de boquilla. Y en ese tiempo vemos como a aquel, el elegido por los dioses, se le abren todas las puertas, le invitan a todas las fiestas, ponen su nombre a alguna calle franquista. Mientras, la pregunta: «¿Qué me falta?», asociada a un «¿Qué tiene él que no tenga yo?».

Por lo general compartiremos la misma anatomía y el acceso a un procesador de textos, así que la respuesta debe hallarse en otro lado.